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2025.50 Sufrimiento, conciencia y partida.

  • Foto del escritor: Kalyna Rein
    Kalyna Rein
  • 2 dic 2025
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 15 dic 2025

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Por Kalyna Rein — Escuela Satori

Libro: Metafísica Solar 08 - Templo Silente. 20251202

MS08-Blog 50.


¿Quién habita un cuerpo envejecido?

Un susurro sobre la conciencia, la vida y la partida.


Una mujer me escribió, con voz temblorosa y clara al mismo tiempo, una pregunta que, aunque sencilla en forma, llevaba en su centro una hondura que pocos se atreven a mirar de frente:

—Mi mamá ya es muy anciana. No camina, pero está lúcida. Sin embargo vive con constantes padecimientos físicos, su cuerpo se ha tornado delgadísimo. Mi inquietud es… ¿quién habita ese cuerpo?

Y enseguida, como si temiera su propia osadía, añadió:

—No sé si lo que estoy preguntando va en contra de alguna ley universal…

Pero también dijo:

—Por favor, necesito ayuda. Claro que voy a acompañarla en su proceso.


Recuerdo que una vez alguien me preguntó lo mismo:

—¿Hay alguien ahí? —refiriéndose a un anciano con demencia, como si la lucidez fuera el único parámetro de presencia.


Y yo respondí desde lo más profundo de mi certeza: Mientras haya vida, hay alguien.


Esa frase sencilla contiene un universo. Porque lo que nosotros llamamos persona no se reduce a la materia. Ni siquiera al cerebro. A nivel humano, lo que entendemos como identidad, como "yo soy", es una construcción compleja, hecha de historia, emociones, pensamientos, anhelos, heridas y recuerdos. Una arquitectura energética que se teje en paralelo al cuerpo, desde el inicio de la gestación hasta el último aliento.


Ese conjunto que llamamos "ego temporal" —nuestro personaje terrestre— no es un simple capricho de la mente: es un cuerpo bioenergético, compuesto por capas sutiles pero reales.

  • El cuerpo etérico (que sostiene la vitalidad),

  • el cuerpo emocional (donde viven los afectos) y

  • el cuerpo mental (donde pensamos, recordamos y decidimos).


Juntos forman nuestra máscara visible, nuestra personalidad…Y sí, mientras el cuerpo esté vivo, esa estructura sigue allí. Aunque la voz se apague, aunque los ojos ya no reconozcan, aunque la memoria se difumine.


Ese ego temporal es, en esencia, la persona que has conocido toda tu vida. No ha desaparecido. Tal vez se ha replegado. Tal vez habla ahora con otros lenguajes. Pero está.


Sin embargo, hay más. Siempre hay más.

El ser humano no se agota en su parte inferior. También posee un reflejo perfecto de sí mismo, inmaculado, intacto, situado en un nivel más alto de vibración.


A eso lo llamamos Yo Superior.

Es una copia luminosa del cuerpo etérico, emocional y mental. Un espejo sin grietas, sin traumas, sin enfermedad. Ese "Yo Superior" está presente durante toda la vida, aunque muchas veces permanezca silenciado, como una melodía lejana que apenas recordamos haber oído.


En circunstancias difíciles —dolores profundos, enfermedades limitantes, pérdidas graves— puede ocurrir que esta conciencia elevada asuma el timón, o incluso se proyecte hacia otros espacios de experiencia. He visto a muchos ancianos, en condiciones que parecerían insoportables para el cuerpo, mantener una serenidad inexplicable. Como si algo en ellos ya no habitara el mismo lugar que nosotros.

Y en cierto modo, es así.


La "Proyección Astral" no es un mito, ni una rareza. Es una forma natural de vivir cuando el cuerpo ya no permite vivir plenamente.

Los bebés, durante la gestación, pasan la mayor parte del tiempo proyectados. Los durmientes, cada noche, cruzan los velos del mundo físico sin saberlo. Y muchos ancianos, cuando el dolor o la limitación son grandes, también se deslizan hacia esa otra manera de estar.


No han muerto. No se han ido. Simplemente se han apartado del cuerpo por momentos, buscando aire en otro lugar. Desde allí pueden mirar, escuchar, sentir. Pueden estar presentes de un modo distinto.


No es raro que acompañen a sus familiares en silencio, como si fuesen ángeles invisibles a su lado. No es raro que sonrían, aunque su cuerpo no se mueva.


¿Se puede hablar con ellos?

Sí. Siempre. Incluso si no responden con palabras.

Uno puede hablar con el alma de otro desde la mente, desde el corazón, o desde una meditación profunda. Si uno también se proyecta, puede incluso verlos, abrazarlos, oír su voz clara y dulce como cuando eran jóvenes.


Pero incluso sin técnicas, sin nada especial… si hablas con amor, si hablas con respeto, te escuchan. Te escuchan aunque no puedan responder. Te ven aunque parezca que sus ojos están cerrados. Te sienten, más allá de las formas.


La despedida.

Y aquí hay un secreto que he aprendido con el tiempo…

Muchas almas permanecen en un cuerpo envejecido no por necesidad propia, sino por amor. Por no causar dolor con su partida. Por no dejar solos a sus hijos, nietos, o a esa pareja que aún los llama por las mañanas.


Pero si tú le hablas a esa alma y le dices:

—Te amamos. Y si necesitas irte, está bien. Vamos a estar bien…

—Te vamos a extrañar, sí, pero no nos romperemos.

—Puedes partir en paz, si así lo sientes…


Esa alma, al fin, se siente libre. Libre de la culpa, del miedo, del apego. Y muchas veces, entonces, el cuerpo se apaga suavemente, como una vela que entrega su llama al cielo.

Por eso, los tránsitos no deberían ser caóticos ni trágicos. Deberían ser ceremonias de ternura. Despedidas dulces, como cuando alguien emprende un viaje largo y le damos el último abrazo sabiendo que lo volveremos a ver.

Porque la muerte no es el fin. Solo es una puerta. Y del otro lado, siempre hay alguien esperando.


Yo he asistido a muchas personas, de éste y del Otro lado, a realizar este paso con amor, seguridad y paz. Porque tu y yo, podemos ser ángeles para nuestros seres queridos, así como muchas veces ellos, eligen serlo para nosotros. En estos momentos, es sabio, solicitar con el corazón, la asistencia de quienes, ya viviendo en mundos de luz, vengan a recibir y acompañar a este nuevo viajero. Creánme, la amorosa asistencia llegará, y el momento será una experiencia trascendental y sublime, para quién parte.


Así que sí.

Tu madre sigue viva, está allí. Está contigo. Tal vez más cerca de lo que imaginas. Aunque no pueda caminar. Aunque su cuerpo esté flaquísimo. Aunque no diga nada.

Sigue siendo la mujer que conociste toda tu vida. Sigue siendo habitada por su alma. Sigue siendo un sol encarnado.


Y si algún día decide partir… Que sea con la bendición de tus palabras y con el murmullo de tu amor envolviéndola como un manto de luz.


En alguna parte del tiempo, donde el cuerpo ya no duele y la conciencia vuela libre, ella seguirá siendo. Y tú la recordarás no por lo que perdió, sino por lo que permanece:

ese latido eterno,

esa mirada de alma,

esa ternura sin edad que un día fue tu madre.



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Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.

La que va y viene de los mundos del más allá...


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