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2023.14 Juramento.

  • Foto del escritor: Kalyna Rein
    Kalyna Rein
  • hace 13 horas
  • 6 Min. de lectura
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Por Sensei, Kalyna Rein — Escuela Satori

Libro: Metafísica Matrix 06 - Ecos del Sistema. 2023

MM06-Blog 14. Versión ATP 2025. 20230621


Juramento.

Condenados hasta en el más allá.


La noche del 21 de junio de 2021, mientras la Tierra giraba como siempre —pero el cielo parecía más pesado de lo habitual—, un susurro colectivo se extendió entre las almas que buscaban respuestas.


Allí, en el pequeño templo virtual que habíamos construido con palabras, imágenes y memorias, una conversación brotó como río que no puede ya contenerse.

El tema era antiguo. Antiguo como las piedras, como las marcas en la frente de los que han prometido demasiado.

Juramentos. Pactos. Votos.


Aquellas cadenas suaves que se disfrazan de fidelidad… y terminan arrastrando nuestra esencia a lo largo de vidas que ya no recordamos.

Yo misma lo dije, lo sentí en cada hueso astral: nuestra vida no es tan libre como creemos. Jugamos con la ilusión del albedrío, mientras en los pasillos invisibles se despliegan contratos, firmados por manos que a veces fueron nuestras, en un tiempo tan lejano que nos parece ajeno.

— “Recuerdo que alguien me dijo: ‘La verdadera prisión no tiene barrotes, tiene palabras grabadas con fuego en el alma.’”


La ofrenda del sacrificio.

La imagen de un presidente jurando sobre una Biblia brilla con la solemnidad de un acto vacío.

Porque si los mismos textos sagrados advierten:

“No jures… porque de mal procede”, ¿qué fuerza nos obliga a seguir haciéndolo?

Yo lo vi.

Juraban ante libros que no comprendían.

Ponían su vida —y la nuestra— como garantía.

Y sellaban con voz firme promesas que nunca cumplirían.

Pero había algo más oscuro allí.


Una vez escuché aquellas palabras: — “Cada juramento público es una ofrenda. Y si no sabes a quién se la estás haciendo, no deberías pronunciarla.”

Y eso hacen.

Ofrecen a sus pueblos.

Nos colocan, sin pedirnos, como rehenes del dios que habita en ese libro.

Y ese dios… no es mi dios.

No es el Sol que me habla.

No es la Luz que me guía.

Es el mismo que exigió sangre en el Sinaí, que impuso leyes desde naves camufladas como milagros, que transformó un pueblo entero en ejército.

Desde entonces, se tejió la red.

Yahvé la dirigió. El sionismo la activó. Y la Matrix la perfeccionó.


Pero no es el judaísmo el que condeno.

No es al pueblo humano lo que denuncio.

Es a ese puñado de entidades, que usaron la idea de “elegidos”para justificar la esclavitud del resto.


Contratos.

Aquel día, en el grupo, alguien preguntó:

—“¿Qué hay de los contratos de vida?

¿Somos acaso contenedores puestos aquí solo para que otros se eleven con nuestro sufrimiento?”

Y respondí, sin rodeos, con la llama encendida:

Sí. Existen contratos. En esta Matrix y más allá.

Son hilos que atan deberes y derechos.

Son acuerdos que se firman con fuego, aunque no sepamos leer las letras.

Aquí, como allá, los contratos se honran.

No importa si no los comprendimos del todo.

Pero sí, sí se pueden romper.

Y cuando se rompen, algo se libera en el viento.


— “Buenos días, Kalyna… ¿cómo se rompe un contrato?”

Preguntaron con voz temblorosa.

Y respondí, desde la quietud que da la experiencia:

No hay fórmula sagrada. No hay decreto universal.

Hay actos de verdad, donde uno se planta como es, ante la otra parte del contrato, y dice:

“Ya cumplí. Ya no soy la misma. Ya no pueden exigirme aquello. Ya no acepto este yugo.”

Entonces, se convoca una fuerza mayor.

El Yo que habita más allá del yo.

La voz que nos conoce desde el principio.

Y si esa voz confirma… entonces, las cadenas se rompen.


Claro que a veces no alcanza con palabras.

A veces hay que resistir con luz.

Porque la otra parte no quiere soltar.

Y nos exige… y nos culpa… y nos grita.

Y ahí, necesitamos aliados.

Un guía. Un ángel. Un testigo del alma.


He visto pactos antiguos deshacerse en medio de lágrimas.

He sentido cómo los cuerpos tiemblan cuando el alma se libera.

He sostenido manos en silencio, mientras una mujer pronunciaba el fin de una promesa que la ataba desde antes de nacer.


Así se hace.

Con fuego.

Con verdad.

Con un amor tan firme que ni siquiera la oscuridad puede burlarse de él.

Y aunque el ritual sea pequeño, aunque no se escuche más allá de una habitación cerrada…en el otro lado, las columnas del contrato se agrietan.


En la última escena que guardo en mi memoria, una joven cerraba los ojos, sostenía en su pecho una piedra y decía en voz baja:

—“Yo cancelo este juramento… no con rabia, no con miedo… sino con la certeza de que ya no soy la que lo firmó.”

Y entonces, en el aire, algo invisible se quebró como si un cristal se deshiciera bajo el canto de un ave que nunca supo que también tenía alas.



Juramentos. Pactos. Votos. Maldiciones.

Son palabras que crujen como huesos antiguos cuando se las nombra, palabras que tienen raíz en mundos que no siempre vemos, pero que nos habitan.

A veces, en las noches en que la Matrix afloja sus costuras, llegan preguntas que son más fuego que duda.

— “Kalyna, ¿tú puedes ver si una persona tiene contratos pendientes?”

— “¿Podrías intervenir para anularlos?”


Y entonces yo cierro los ojos, y recuerdo cuántas veces descendí por túneles de sombra con el alma como única lámpara, para encontrar los hilos que atan a quienes aún sueñan con alas que no se han abierto.

Sí.

He intervenido.

He visto pactos ocultos en la médula del alma.

He enfrentado, no pocas veces, a seres que se alzan en nombre de leyes que nadie firmó despierto.

He negociado en su idioma.

He hablado con firmeza, pero también, cuando fue necesario, he hecho tronar mi autoridad en nombre del fuego que me respalda.

Porque en este mundo —y en otros— no todo se resuelve con dulzura.


— “Kalyna, ¿cómo es que se da por terminado un contrato cuando una encarnación ya terminó?”

La encarnación no termina con la muerte del cuerpo.

Eso es lo que muchos no comprenden.

Una vida termina cuando el propósito para el cual fue diseñada, ya no puede cumplirse, ya ha sido cumplido, o ya ha sido sustituido.


Y sí, hay veces en que un contrato puede romperse antes del cierre natural… porque ha sido manipulado, porque ya no resuena con el alma, porque fue firmado bajo engaño o amenaza, o porque la persona ha cambiado tanto, que ya no es la misma que lo firmó.

Pero no es sencillo.

No se rompe con una frase bonita copiada de internet.

Una vez escuché aquellas palabras:

— “Pensar que un decreto puede romper todos los contratos es como pensar que una llave abre todas las puertas del universo.”

Cada contrato tiene su lenguaje. Su raíz. Su peso. Su guardián.

Y también su grieta.


He visto con mis propios ojos cómo se manipulan los caminos, cómo las entidades se disfrazan de guías o maestros y fuerzan las experiencias con tal sutileza que la persona cree que todo es parte de “su plan”.

Pero no lo es.

La Matrix es astuta.

Y su diseño no premia la justicia. Su objetivo es la prisión.


— “Kalyna, yo rompí un voto de pobreza tomado en otra vida.”

— “También sané una idea de aborto cuando estaba en el vientre de mi madre.”

Así me lo contó una mujer con la voz quebrada y los ojos encendidos.

Y sí… he acompañado a muchos en ese proceso.

Votos pronunciados cuando éramos monjes o novicias.

Pactos de sangre hechos en guerras.

Promesas gritadas en el lecho de muerte.

Sentencias dichas por nuestras madres mientras aún nadábamos en su vientre.

Todo deja una marca.

Todo vibra.

Y todo puede romperse, si se encuentra la raíz y se convoca la fuerza adecuada.


La Gran Matrix se basa en contratos.

En acuerdos visibles e invisibles.

En palabras que sellan caminos.


Y lo más desgarrador es esto: los planos superiores… los que creemos luz… también respetan esos contratos, incluso cuando son injustos.

Porque no se rigen por emociones. Sino por estructura.


Cada ser, cada entidad, cada región del más allá cumple un diseño.

Una programación. Una tarea.

No todos saben de otros tiempos. Muchos no comprenden líneas paralelas, ni ciclos. Solo conocen su presente, su rol, su ley.

Pocos son los que cuestionan. Muy pocos los que se rebelan.


Y esa es la gran diferencia entre un Ego generado por la Matrix y un Alma despierta.

El Alma verdadera desarma pactos.

Cuestiona tronos.

Abandona guiones.

Y busca su propio Nombre.


He compartido estos caminos con quienes se atreven.

He sido espada, espejo, viento, testigo.


Y por eso, a quienes me preguntan cómo se rompen los pactos, les digo:

Se rompen con consciencia. Con visión. Con ayuda si es necesario.

Se rompen con actos de verdad, con fuego real, no con fórmulas de papel.

A veces ,se requiere exorcismo. Otras veces, un recuerdo exacto.

Y en ocasiones, se necesita revolución.

De adentro. O de afuera.


La noche que entendí esto, estaba sola en un templo astral.

Una puerta frente a mí, cerrada con palabras que no eran mías.

La toqué con la palma abierta y dije en voz apenas audible:

— “Este no es mi nombre. Este no es mi camino. Este ya no es mi pacto.”

Del otro lado, alguien gritó. El viento cambió. Y la cerradura cedió.

En ese instante, una flor de fuego brotó en el centro de mi pecho.

Y la sentí abrirse, suave, inmensamente suave, como si por fin recordara que era libre.



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Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.

Espada y llave.


Nota: versión adaptada APT (apta para todo público).

La versión original se reserva para estudiantes avanzados de la Escuela Satori.

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