2025.57 Símbolos Devoradores.
- Kalyna Rein

- 18 dic 2025
- 10 Min. de lectura

Por Kalyna Rein — Escuela Satori
Libro: Metafísica Solar 08 - Templo Silente. 20251218
MS08-Blog 57.
Cómo no dejar
que el símbolo me devore.
A veces me descubro con el símbolo entre las manos.
Su forma.
Su peso.
Su calor.
Y parecen sagrados.
Pero también sé, que si lo aprieto demasiado, si me aferro a él con miedo, puede transformarse.
En dogma.
En prisión.
En sombra con forma de luz.
He aprendido a sostenerlo con ternura… pero también con distancia.
Me dije una vez: —“El símbolo no puede justificar nada. Solo puede inspirar.”
Y desde entonces, cada vez que siento que una idea quiere volverse mandato, me detengo. Respiro. Y me hago una pregunta simple:
—“¿Haría esto, incluso si la narrativa desapareciera mañana?”
Si la respuesta es no, entonces el símbolo ya gobierna.
Y debo soltarlo.
Ahora, cada vez que hablo, lo nombro: —“Desde mi experiencia…”—“Y desde lo humano concreto…”
Así evito que se confundan. Así evito que alguien tome mi susurro por mandato.
He aprendido que un símbolo sano puede retirarse.
Y si un día Shirii ya no me visita, si su nombre se diluye, si el mundo olvida nuestros mitos…yo seguiré eligiendo la compasión.
Porque no es de ella.
Ni mía.
Ni de nadie.
La compasión no necesita nombre. Solo espacio.
Por eso he aprendido a hablar este mundo en un idioma laico. Para que todos puedan oírlo.
No digo “arquetipo”. Digo “marco de sentido”.
No digo “encarnar”. Digo “practicar”.
No digo “trascender”. Digo “actuar con humanidad”.
Y cuando me preguntan quién soy, no respondo con símbolos.
Respondo con actos.
—“Cuando ocurre esto, yo hago esto.”
—“Esto protege.”
—“Esto no daña.”
—“Esto cuida.”
La compasión no se enseña con palabras sagradas.
Se enseña con preguntas que arden como faroles encendidos:
—“¿A quién deshumanizo si elijo este camino?”
—“¿Qué parte de mí está evitando responsabilizarse?”
—“¿Cómo puedo cuidar sin capturar?”
—“¿Este acto nutre… o domina?”
Esas preguntas son mi templo. Mi altar.
Y si algún día olvido… si mis símbolos se hacen más grandes que mi humildad…
espero que alguien me diga, muy bajito:
—“Recuerda. La compasión era el centro. Todo lo demás… era solo vestido.”
Cuando el Símbolo
pesa más que el Principio.
Hay nombres que alguna vez sostuvieron al mundo.
Nombres que fueron antorcha, consuelo, promesa.
Pero con el tiempo… algunos de ellos se volvieron demasiado pesados para llevar sin torcer la espalda.
Uno de esos nombres es Jesús.
No me refiero a una persona, sino a una figura.
Una construcción simbólica.
Una imagen colectiva que, por siglos, ha moldeado creencias, emociones y destinos.
No niego la compasión que en muchos evoca.
No niego el consuelo que su figura brindó a millones, ni la esperanza que encendió en tiempos de sombra.
Pero hoy… ese nombre ya no me sirve.
Y no lo digo con desprecio.
Lo digo como quien devuelve una piedra al río, porque ya no la puede seguir cargando.
No es que ese símbolo no hablara de compasión.
Es que la estructura que se erigió sobre él, creció más que el principio que intentó representar. Y cuando el símbolo pesa más que el principio… el principio se ahoga.
Seguir a Jesús ya no significa cuidar al otro.
Significa seguir un sistema.
Una doctrina.
Una historia cerrada, escrita en piedra, donde ya no se puede preguntar sin parecer traidor.
Y dentro de ese símbolo viven cosas que no puedo sostener:
la culpa como herramienta,
el castigo como corrección,
la obediencia como virtud,
la sumisión como camino,
la redención como precio,
la condena como justicia.
He visto con mis propios ojos cómo, en nombre de la compasión, se ha herido a otros.
—“Lo hago por tu bien.”
—“Dios lo quiere.”
—“Esto es amor, aunque te duela.”
Y he sentido que esa figura —ese Jesús luminoso— ya no puede detener lo que se hace en su nombre. Porque ya no es una enseñanza. Es un estandarte.
Yo atesoro esta frase como un secreto valioso:
—“El símbolo no debería exigir más lealtad que el valor que representa.”
Y entonces comprendí que Jesús, como figura simbólica, ya no puede retirarse.
No puede ser cuestionado.
No puede ser revisado.
No puede ser dejado atrás sin castigo espiritual.
Y supe que no era libre.
Ni él…ni yo.
Así que elegí otro camino.
Uno sin centro.
Sin salvador.
Sin redención.
Sin cruz.
Solo compasión.
No como dogma.
No como bandera.
Como límite.
Como práctica.
Como la decisión de no herir cuando podría hacerlo.
De cuidar sin pedir veneración a cambio.
No necesito una historia que me diga cómo empezó todo. Ni una promesa de cómo terminará. Solo necesito saber qué hago hoy, cuando alguien frente a mí está sufriendo.
Y para eso… Jesús no me sirve. No porque sea oscuro. Sino porque ya no es suficiente.
Tal vez en su tiempo fue una lámpara. Pero hoy, esa lámpara está encerrada en un templo, al que solo se puede entrar con temor, repitiendo fórmulas, aceptando verdades que no me resuenan.
Yo prefiero caminar a la intemperie.
Con mi ética entre las manos. Y el cielo como único techo.
No rechazo el amor, ni la caridad que muchos encuentran en su figura.
Rechazo el peso que le pusieron encima.
Rechazo lo que hacen en su nombre.
Rechazo que el símbolo justifique lo que el corazón no puede sostener.
Y por eso, yo no lo invoco.
Porque la compasión que necesito no lleva nombre.
No cuelga de una cruz.
No exige devoción.
Solo pide ser vivida.
Aquí.
Ahora.
Sin altar.
Sin mártir.
Sin mito.
Cuando la historia no basta.
No me importa discutir si Jesús fue real.
Si caminó por esta tierra.
Si dijo lo que dicen que dijo.
Si alguna vez hizo brotar agua de una piedra.
Porque incluso si todo pudiera probarse… eso no legitimaría su doctrina.
Yo no afirmo ni niego. No necesito hacerlo.
Porque sé que la verdad última no vive en fechas, ni en papiros, ni en pruebas de carbono.
Lo que importa no es si Jesús existió.
Lo que importa es qué hace hoy su nombre en la vida de quienes lo invocan.
Y lo que veo… no siempre es compasión.
Incluso si hubo un hombre, nacido entre polvo y siglos, que creía con sinceridad en su misión, que hablaba desde el centro de su revelación interna… eso solo explica su actuar. Pero no funda una verdad universal.
A veces me dicen: —“Pero hizo milagros.”
Y yo pienso: ¿Y qué?
Otros también lo hicieron. En otras tierras. Con otros nombres. En otras lenguas. otros credos. Proezas. Sanaciones. Visiones. Que si las colocáramos en vitrinas doradas, justifican religiones enteras.
Pero la mayoría no lo hacen.Y quizás eso sea mejor. Porque el milagro, por sí solo, no valida nada. No funda ética. No hace justo a un sistema. Solo dice que algo extraño ocurrió. Y nada más.
Lo que importa, lo único que importa, son los efectos.
No quién lo dijo. No si fue real. No si caminó sobre el agua. Sino si su palabra, hoy, humaniza o reduce, libera o subyuga, sana o castiga.
Y cuando miro lo que se ha hecho en su nombre, y lo que aún se hace… me doy cuenta de que la historia no basta. La tradición no basta. La fe no basta.
El único criterio que no se quiebra es lo que produce en la vida humana concreta.
Porque ningún relato —por hermoso, por antiguo, por místico que sea— tiene derecho a imponerse sobre la experiencia presente si al hacerlo hiere, infantiliza o deshumaniza.
Una vez soñé con un desierto.
En él, miles de libros sagrados ardían.
Y del fuego no salía destrucción, sino una sola palabra, flotando sobre las cenizas:
Responsabilidad.
Y en ese sueño entendí:
Ninguna historia.
Ningún prodigio.
Ningún enviado.
Nos libera del deber de pensar.
De sentir.
De decidir.
De cuidar.
Así vivo yo.
No a la sombra de nombres antiguos.
Sino bajo la luz de los efectos.
Porque si una enseñanza me aleja de mí, si me obliga a cerrar los ojos para creer… no me sirve. Ni aunque fuera cierta.
Lo que no dejaré que me trague
A veces me preguntan si creo en tal figura. Si esta doctrina me parece verdadera. Si acepto aquellos milagros, si valoro esas visiones, si defiendo esos nombres.
Y yo sonrío.
No con burla.
No con cansancio.
Sino con ese silencio que nace cuando una respuesta ya no necesita defensa.
No me importa si existió.
No me importa si voló, si sanó, si vio ángeles, si caminó sobre las aguas de sus propias visiones.
Lo único que me importa… es lo que su historia produce cuando alguien la toma en serio.
He visto frases sagradas que prometen amor y excusan la exclusión. He visto templos que nacieron de la compasión y se convirtieron en jerarquías de culpa. He visto visiones bellas convertirse en reglas. Y reglas… que se cierran a toda duda.
He visto también cómo la ciencia, sin magia, sin alma, sin temblor… se convierte en eficiencia que lastima.
Y entonces entendí: el problema no es la historia. Ni el nombre. Ni el método.
El problema es el efecto.
Así que decidí algo.
No evaluaré ninguna narrativa por su origen, ni por su belleza, ni por los prodigios que la rodean. Solo miraré qué tipo de ser humano deja al salir de ella.
Qué actitudes siembra.
Qué heridas permite.
Qué decisiones inspira.
Y si deja más compasión, más cuidado, más lucidez… entonces me basta.
Y si no… no me sirve.
Aunque venga de ángeles. Aunque caiga entre truenos. Aunque haya sido repetida durante milenios.
Lo sagrado no tiene permiso para herir.
Lo antiguo no tiene derecho a imponerse.
Lo extraordinario no es garantía de verdad.
Un milagro puede impresionar. Pero eso no lo vuelve brújula.
Una visión puede estremecer. Pero eso no la convierte en ley.
Y lo que verdaderamente transforma, no necesita pedestal. Ni mantras. Ni credo.
Solo necesita mostrarse en cómo tocamos al otro sin poseerlo, cómo escuchamos sin corregir, cómo respondemos sin justificar.
No me interesa si alguien fue “enviado por la luz”.
Me interesa si cuando llega, no oscurece a nadie.
Por eso no me arrodillo ante doctrinas. Ya he visto demasiadas veces cómo las palabras bellas se usaron para encadenar.
Prefiero sostener una sola pregunta, como una joya sin dueño:
—“¿Qué tipo de ser humano deja esta narrativa cuando la atraviesa?”
Si la respuesta es clara, yo también lo estaré.
Todo lo demás puede arder.
Lo que no permito
que nadie haga en mi nombre.
He caminado lo suficiente entre símbolos, como para saber que algunos, aunque parezcan puros, devoran lo que dicen custodiar.
Por eso no levanto templos. Ni instituciones. Ni promesas.
Y sobre todo, no dejo que nadie representelo que yo misma aún estoy aprendiendo a encarnar.
No tengo un código grabado en piedra. Pero hay líneas que no cruzo.
Y que no dejaré que se crucen. Ni por “el bien”. Ni por amor.
— “No justificarás daño por ninguna causa superior.”
Ni en nombre de la luz. Ni del cuidado. Ni de la compasión.
Si algo hiere, aplasta o deshumaniza… no sirve. Y punto.
— “Toda ayuda debe preservar autonomía.”
Si lo que ofreces quita criterio, si siembra dependencia, si te pone por encima…
no es ayuda. Es control disfrazado.
— “El límite también es un acto compasivo.”
A veces cuidar es frenar. A veces amar es retirarse. A veces decir no es la forma más honesta de no traicionarse.
— “La intención no exime la consecuencia.”
No me interesa cuán puro creías ser. Si heriste, si desbordaste, si no viste… eso es lo que cuenta.
— “Nadie queda por encima del criterio ético.”
Ni yo. Ni quienes me inspiran. Ni las voces que escucho en mis sueños.
— “La duda es un derecho, no una falla.”
Si alguien no puede hacer una pregunta sin sentirse maldito, ese espacio dejó de ser humano.
— “Si no puedes explicarlo sin relato, no lo hagas.”
Todo acto debe sostenerse solo. Sin cosmología. Sin linaje. Sin promesa.
No he venido a fundar nada.
He venido a cuidar que no se repitalo que tantas veces destruyó lo bello.
No necesito que me sigan.
Ni que repitan mis frases.
Ni que me hereden.
Si alguien dice:
—“Esto es lo que Kalyna piensa.”
—“Yo la represento.”
—“Esta es su línea.”
Deténlo.
Ahí ya empezó la corrupción.
Nadie habla por mí.
Nadie carga mi bandera.
Nadie explica lo que yo aún estoy entendiendo.
El fuego que importa, no es el que arde en altares, sino el que sigue encendido cuando nadie está mirando.
Lo que no dejaré que hagan,
ni siquiera por amor
Hay cosas que no permito.
Ni por fidelidad.
Ni por admiración.
Ni porque se parezcan a mí.
He visto demasiadas veces cómo lo justo se vuelve dogma, cómo lo noble se vuelve estandarte, y cómo lo que nace para cuidar… termina exigiendo obediencia.
Yo no soy un símbolo.
No soy un modelo.
No soy un ejemplo.
Y lo que llamo compasión, no es una marca. Ni una voz que se impone.
Es solo una forma —la más humana que he encontrado— de no dañar cuando tengo el poder de hacerlo.
Por eso nunca permitiré que digan:
—“Esto es lo que Kalyna habría hecho.”
—“Nosotros sí lo entendimos.”
No.
No hay “nosotros”.
No hay “enseñanza verdadera”.
Hay actos.
Hay efectos.
Hay personas que se cuidan entre sí.
Eso basta.
No deseo ser referente de ningún absoluto. No deseo que nadie me cite como autoridad. No deseo ser ejemplo.
Si algún día mis palabras se usan para anular al otro, deben dejar de leerse.
Si alguien se anula para parecerse a mí, debe alejarse de mí.
La compasión no se enseña con frases. Se ve en cómo ponemos el límite sin odio. Se ve en cómo sostenemos la diferencia sin expulsar.
No acepto que me empujen al centro. Si me quedo ahí demasiado tiempo, ese centro pierde sentido.
Y cuando lleguen críticas, no justificaré nada.
Diré solo: —“No es creencia. Es criterio para no dañar.”—
Eso basta. Y debe bastar.
Que no me trague lo que he creado.
Hay momentos en los que lo que nace de mí puede empezar a tragarme.
Lo he sentido.
Primero es entusiasmo.
Luego sentido.
Luego estructura.
Y si no detengo el paso… peso.
Por eso ahora camino más lento. Ya no necesito que todo lo que me conmueve se vuelva sistema.
He tenido visiones. He sentido presencias. He bordado nombres entre las estrellas.
Pero eso no me autoriza.
No me convierte en referente.
No me da más derecho.
No me vuelve portadora de nada.
Recuerdo que alguien me dijo una vez: —“No dejes que tus propios criterios te devoren.”
Entonces lo entendí .Ahora lo sé como se saben las cosas que no se pueden explicar.
Porque cuando el criterio se vuelve identidad… cuando la intuición se vuelve bandera…cuando el símbolo exige lealtad… fuego deja de alumbrar. Y empieza a quemar.
La compasión no es única.
No es superior.
No es destino.
Es solo una forma.
Una elección.
Una manera bella de estar en el mundo —por ahora—.
Hoy me habita.
Mañana, tal vez no.
Y si algún día ya no me refleja, la soltaré.
Sin miedo. Sin culpa. Sin tragedia.
Porque nunca fue una promesa.
Fue solo un lenguaje.
Una forma de ordenar lo que sentía en ese momento del alma.
Y si viene el silencio después… lo honraré igual.

Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.
Un reflejo de sol en el agua.




Comentarios