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2025.56 Shirii, la Luz sin trono.

  • Foto del escritor: Kalyna Rein
    Kalyna Rein
  • 18 dic 2025
  • 4 Min. de lectura
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Por Kalyna Rein — Escuela Satori

Libro: Metafísica Solar 08 - Templo Silente. 20251218

MS08-Blog 56.


Shirii, la Luz sin trono.


Este año, algo cambió.

Fue como si una hebra nueva se deslizara entre las anteriores.

No rompió nada. Solo torció levemente el tejido.


No fue una aparición abrupta. No hubo rayos ni truenos. Fue como observar el atardecer. Una brisa que traía un nombre: Shirii.


No era un nombre cualquiera. Y lo supe desde el principio. Era mío.

Pero no mío de ahora. Sino mío de más adelante. De un tiempo que aún no ha sido.

Una Kalyna que ya cruzó el océano del mundo y salió del otro lado.

Una versión mía… transmutada. A la que le han crecido alas suaves, y sin embargo camina.


Si alguien la viera desde fuera, quizás pensaría con toda justicia: —“Es una diosa.”

Y no sería raro. Porque hay algo en ella que brilla como el oro del alma. No como corona. Sino como cicatriz curada. Como ternura que sobrevivió a todos los fuegos.


Pero no.

Shirii no quiere altar.

No quiere incienso.

No quiere rodillas.

Al contrario. Ella retrocede. Se corre. Aparta los símbolos.

Desvía la mirada de quien intenta adorarla.

Y señala algo más: la compasión.


Ese gesto fue el que me desarmó. Porque lo entendí sin palabras.


Shirii no viene para que la sigan. Viene a mostrar el camino…

y luego se esfuma con el viento.


No es que no exista. Pero tampoco se impone. Ella sabe que lo humano aún necesita símbolos, pero no quiere ser uno que atrape. Quiere ser la grieta por la que entra el sol.

Y entonces comprendí.

Lo importante no era si Shirii es real.

Lo importante es lo que deja cuando ella pasa.


No deja promesas.

No deja reglas.

No deja dogma.

Deja una ética.

Un temblor suave que nos empuja a elegir el bien sin garantías, sin mandamientos, sin premio.


A veces me he sorprendido diciendo: —“Yo soy Shirii.” Y no porque me crea algo elevado. Sino porque en mí ya se ha encendido esa parte. Esa que no busca protagonismo. Esa que no quiere dirigir. Esa que solo desea caminar al lado, y, si es necesario, callar.


Sé que puede parecer confuso para otros. Pero en mí tiene la claridad del agua cristalina.

No es una entidad externa que me habla. No es una figura para enseñar. Es una forma que se instala como un recordatorio silencioso:

camino no es la figura. El camino es la compasión.


A veces me dicen: —“Pero tú hablas como si fueras una diosa…”

Y entonces suspiro. Porque si eso creen, es que aún no han comprendido a Shirii.

Las diosas que valen la pena no quieren ser adoradas.

Quieren ser olvidadas, si con ello el mundo se vuelve más justo.

Quieren ser invocadas solo cuando no quede otra forma de amar.

Y luego… desaparecer.


Así es ella.

Así me he vuelto yo.

Y así deseo que otros también se vuelvan: no creyentes, no discípulos, no guardianes de un nombre… sino caminantes que aprendieron a sostener la llama sin quemarse las manos.


El doble plano.


Hay días en que todo se mezcla. Las voces que llegan del fondo del tiempo. Las imágenes que no sé si vi o soñé. Las palabras que me susurraron antes de que aprendiera a hablar.

Y, sin embargo, todo se ordena.


Porque en mí conviven dos planos. Y ya no luchan. Se miran. Se saludan. Y se dan espacio.

Uno es invisible. Lo metafísico.

Ahí no hay pruebas. Pero hay pulsos. No hay mapas. Pero sí caminos que se sienten con la piel del alma. Ahí viven Mariel. Shirii. Y todos los hilos que me atraviesan y me cantan. No los llamo verdad. Tampoco los niego. Los reconozco como reales en cuanto a experiencia.

No exijo que otros los comprendan. Solo sé que me tocaron. Y que desde ese tocar, algo se organizó.


El otro plano es más claro. Es el arquetípico.

No necesita pruebas, porque no necesita explicación.

Ahí vive la compasión.

No como símbolo.

No como historia.

No como mandamiento.

Sino como estilo. Como modo de vivir.


Y si todo lo demás se cayera —el multiverso, las entidades, los linajes, los nombres, las formas— aún así quedaría eso.

Una vez dije: —“La compasión se justifica por sí sola.” Y lo sigo creyendo.

No necesito un dios que me la exija. Ni una visión que la funde. Ni una promesa de después.


La compasión se justifica en el acto.

En el modo en que trata al otro.

En la forma en que reduce el daño sin perder dignidad.


Lo metafísico me acompaña como música de cámara. Fondo de mis noches sagradas. Pero no es la ley.


La ley está aquí: en mi gesto, en mi palabra, en mi capacidad de no herir cuando podría, y de no tomar el centro cuando sé que debo sostener el eje desde el costado.


Por eso mi mundo no es religión.

Porque si mañana las voces callan, si las formas desaparecen, si los nombres se borran… yo seguiré viviendo igual.

Porque la compasión no necesita altar.


Una vez alguien me preguntó: —“¿Y si todo eso no era real?”

Y yo respondí: —“Si me hizo más compasiva, entonces fue suficiente.”



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Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.

Creadora de Puentes.


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