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2023.09 Añangú: más que Madre.

  • Foto del escritor: Kalyna Rein
    Kalyna Rein
  • hace 1 día
  • 11 Min. de lectura
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Por Sensei, Kalyna Rein — Escuela Satori

Libro: Metafísica Matrix 06 - Ecos del Sistema. 2023

MM06-Blog 09. Versión ATP 2025. 20230519


Añangú: más que Madre.


Preparando tierra fértil.

Cuando abrí los ojos esta mañana, sentí que una hebra del tejido del mundo se había estirado un poco más hacia mí. Algo me esperaba. Algo me llamaba.


Así comienza cada una de estas exploraciones que llamamos investigación espiritual, aunque en realidad, para mí, son encuentros. Encuentros con el alma de otro ser que, por misterios del destino o acuerdos antiguos, llega hasta mi, buscando respuestas, alivio o dirección.


Esta vez fue Elena.

Una mujer con mirada de selva húmeda. Con voz que, aunque temblaba, guardaba fuerza bajo la superficie. Dijo que deseaba herramientas para “entender más”. Para pasar lo que tenga que pasar y así aprender.

Y yo… sentí una vibración particular en su voz. Esa melodía callada que solo reconocen los que han cruzado umbrales. Supe de inmediato que el trabajo sería profundo. Que detrás de sus palabras se ocultaba una puerta.

Entonces, me preparé.


Entré en el estado silencioso donde el cuerpo se convierte en portal… y mi ser real regresa hacia el otro lado.


Ahí la vi por primera vez. Su campo bioenergético… no era niebla, ni viento.

Era brea. Densa, negra, pesada. Como si emociones antiguas hubieran caído una y otra vez en su alma, hasta convertirla en un pantano.


Así lo percibí: no como castigo, sino como resultado.

El resultado de sostener demasiado, durante demasiado tiempo, sin saber soltar.

En el lenguaje que he aprendido, las emociones toman forma de líquidos. Las más puras fluyen como agua clara. Las más dolorosas se espesan… y oscurecen.

La brea en su ser no era simple tristeza. Era saturación. Era angustia apelmazada. Ira sin gritar. Miedo sin nombre.

No podía avanzar así.


Así que invoqué la llama sanadora y la envolví en un proceso de 24 horas de purificación.

No para borrarla, no para cambiarla. Sino para que pudiera volver a brillar desde adentro. Como el cristal que sigue intacto debajo del barro.


Mientras sostenía su campo, me llegó una visión:

El nombre Falls susurrado por la corriente astral. ¿Granite Falls? Quizás. Vi una casa. No suya… o no originalmente suya. Una vivienda que parecía prestada, transitoria. Un hogar que aún no era raíz.

Así llegan los mensajes a veces: Como ecos que apenas rozan la superficie, pero dejan marca.


Y sin embargo, algo más se movía. Con cada respiración, con cada ola de luz que acariciaba su aura, sentía que su destino comenzaba a reordenarse.

Los caminos que antes estaban cerrados, ahora se abrían con lentitud. Como flores que solo necesitan la promesa del sol para desplegarse.


Porque el aura, cuando se sana, no solo alivia el pasado. También limpia el porvenir.

La Ley que algunos llaman de Atracción, yo la entiendo como resonancia. Y ella, Elena, comenzaba a resonar distinto.

El barro se soltaba. El cristal surgía. El tiempo se acomodaba para ella.

Escuché, como quien oye una oración vieja y tierna, las palabras que había dicho en algún momento:

— “Pido al Universo, al Cosmos: balance, claridad, armonía.

Que te muestren más… y que mi SER SUPERIOR me ayude a encontrar el camino, a escuchar lo que debo hacer.”


Yo también agradecí. No solo por su apertura, sino por permitirme ser testigo.

Testigo del inicio de algo que aún no tiene nombre, pero ya tiene dirección.


En mi visión final, cuando me despedí de ella, vi una semilla enterrada profundamente en tierra fértil. Y un brote… apenas insinuado… rompiendo con ternura la superficie del alma.

Sin apuro.

Sin ruido.

Solo creciendo.

Hacia la luz.


Al siguiente viaje astral…

Alas de Ángel.

Había en el aire una claridad distinta.

Como si el silencio me anunciara que algo se había liberado.

Volví a cruzar el umbral con suavidad, y al llegar hasta ella… la vi.


Sí, la vi. No como antes, entre sombras o velos de angustia. Esta vez su cuerpo bioenergético brillaba con una luz serena, translúcida, sin restos de oscuridad. Podía verla como si estuviera frente a mí, en este mundo físico.


Y sentí una alegría suave, que no era mía solamente. Era de ella también. Como si ambas supiéramos que algo se había logrado.

Pero aún no había terminado.


Me detuve frente a su campo energético, e invoqué, con la voz del alma, la presencia de cualquier energía aún oculta: formas antiguas, maldiciones olvidadas, entidades sigilosas.

Y entonces comenzaron a revelarse…

Cordones sutiles surgían de su pecho. Del corazón brotaban hebras invisibles, atadas a alguien que ya no debía estar: su expareja.


Esos lazos son naturales —lo sé—, nacen cuando amamos, cuando compartimos. Pero si la relación se oscurece, los cordones se envenenan. Ya no dan… consumen.

Con respeto, con firmeza, los corté.

Y al hacerlo, sentí como su energía regresaba a ella.

Más entera. Más suya.

Una estabilidad nueva comenzaba a instalarse en su alma.


Vi también ataduras en sus manos y piernas. No eran brujerías. Eran pensamientos densos que habían tomado forma. Ideas de que no puede. Que no sabe. Que no merece avanzar. Y eso… ata.


Las limpié, una a una, hasta que sus extremidades brillaron otra vez como rutas abiertas.

Entonces, al sentir que ya estaba despejada, comencé a impregnarla de lo bueno.

Le ofrecí energías de salud, de alegría luminosa, de amor sin motivo, de paz y prosperidad.

Y en ese instante… lo vi.

Le brotaron alas.

Sí. Alas.


Luz extendiéndose desde su espalda, como si sus propios hombros recordaran el vuelo.

No veía algo así desde hace mucho tiempo. Las alas… son símbolo, pero también verdad. Son presencia divina, manifestada en la forma que el alma elige.

Y pensé: Es momento de llamar a su Guía…

Así lo hice. Y ella llegó.


Una mujer. Túnica blanca. Piel canela, cabello rizado como danzas.

Llenaba el espacio de una dulzura serena, una energía maternal, protectora, sabia.

Ella es su Yo Superior —sentí.

No como un ángel externo, sino como su propia conciencia expandida, la que recuerda todas sus vidas, la que acompaña todas sus versiones.


Me dijo que había vivido como chamana,en una tierra antigua, alrededor del año 1000. Que esa vida fue tan importante, que eligió esa forma para mostrarse, para recordarle quién ha sido y quién sigue siendo.

— “Llámame Añangú… o simplemente, Hija del Sol.”

Así lo escuché.

Y algo en mí reverberó con ese nombre.

Añangú… Como un eco antiguo que regresaba al presente.


Ella habló de otras tierras, otras líneas de tiempo.

De múltiples copias de sí misma, todas entrelazadas en una red de conciencia infinita.

Y comprendí… que esta sanación no era solo de Elena en este tiempo. Era una apertura que resonaba en muchas versiones de ella.


Más tarde, Elena me escribió.

Me habló de su madre, que había partido cuando ella tenía nueve años.

Me dijo que al describir a la Guía, estaba describiendo a su madre, tal como era.

— “Ella siempre aparece. Está ahí.”

También me habló de su ser chamánico, que canta en ceremonias con amigas, que protege y cura cuando es invocado.


Y sobre las alas… me contó que su hijo, que es vidente, las había visto.

Y que otra amiga también.— “Me dijeron que vine con alas de energía”, me confió.

Sonreí en silencio.

Le respondí con ternura:

Yo veo cosas… pero no siempre sé lo que significan. Solo sé que eran hermosas.

Y respecto a su madre… recordé algo. Cuando invoqué a la Guía, ella no emergió desde dentro de Elena. Llegó desde fuera. Se colocó a su lado. Como una presencia fiel que había estado esperando.


Eso, para mí… es un misterio lleno de promesas.

Por ahora, no es momento de decisiones. No todavía.

Cuando su armonía interior florezca por completo, veremos qué hacer, hacia dónde avanzar.

El futuro… se escribe desde la energía.

Y ella… ya comenzó a escribir una historia nueva. No con palabras. Sino con luz.


Añangú: Más que Madre.

Hoy volví a encontrarme con ella. Añangú.

Sentí su presencia antes de que apareciera. Como quien presiente un sol que aún no asoma, pero ya calienta la piel del alma.


Antes de comenzar este relato, quiero decir algo a quienes me acompañan en este viaje.

Cuando entro en estos mundos, no juzgo lo que veo.

Tampoco busco convencer a nadie.

Solo relato. Como lo haría un testigo del viento.

O un pájaro que regresa con noticias del cielo.


Durante tantos años, he aprendido a confiar en lo que ocurre cuando atravieso los velos. Y aun así, sé que cada quien debe confirmar por sí mismo lo que siente verdadero. Esa es una libertad sagrada. Nunca debe ser impuesta.

Lo que viví en esta ocasión me estremeció.


Añangú —esa guía amorosa que ya se había manifestado junto a Elena en encuentros anteriores—se presentó de nuevo. Pero esta vez, reveló algo más profundo. No se mostró únicamente como su protectora… sino como algo mucho más cercano, mucho más íntimo.

Dijo que Elena no era solo su hija en esta vida… sino una encarnación suya. Una extensión viva de su ser.


Tuve que guardar silencio un instante. Permitir que la revelación cayera sobre mí como lluvia tibia. Sabía que ese tipo de verdad no se entiende con la mente… se deja resonar.


Añangú explicó que, en ciertos casos, un alma superior puede proyectarse en la Tierra a través de la biología: como madre… como hija… o como sí misma, en un nuevo tiempo.

Dijo que la mayoría de los seres humanos son simples extensiones del ego, fragmentos sin memoria de origen. Pero hay algunos… algunos portan un hilo. Un hilo que los une a un Espíritu Astral Superior. Y ese hilo no es simbólico. Es real. Es sagrado. Es permanente.

Así lo entendí: Elena no es solamente hija… Es reflejo. Es fruto. Y raíz.


Entonces me vino una pregunta que no podía callar:

¿Qué significaban aquellas alas que vi en ella?


Recordé con claridad el momento exacto en que, durante una de nuestras sesiones, la luz brotó desde su espalda. Ese fulgor invisible que se desplegó mientras era sanada.

Le pregunté a Añangú, y su respuesta fue dulce, como quien habla de algo muy querido:

— “Las alas de ángel son el símbolo de los mensajeros de paz. En mi pueblo, cuando alguien lleva alas, lo hace para recordar su compromiso con la armonía de los mundos.”


Esas palabras tocaron algo profundo en mí. Mi madre, Mariel, me había explicado lo mismo tiempo atrás. Y yo misma, cuando sano con energía divina a ciertas personas, he visto cómo esas alas aparecen. No como adorno… sino como un recuerdo que se activa. Como si el alma, por un instante, volviera a su forma original.

Siempre ha sido así: Las alas solo aparecen cuando la persona ha tocado un umbral de luz.

Y en aquel momento, Elena lo había tocado.


Volví entonces a preguntar por el origen de Añangú.

Por qué había venido. Por qué estaba aquí.

La respuesta me llevó a una historia antigua…

Una que aún vive en mí como eco.


Hace años conocí a los llamados Guardianes de la Tierra.

Siete seres alados, de la Sexta Dimensión.

Vinieron con la misión de cuidar la comunión sagrada entre la humanidad y la Naturaleza.

Vinieron a enseñar armonía. A proteger. A inspirar.

Pero este mundo… este mundo atrapó a casi todos.

La Matrix los envolvió con sus redes kármicas. Y muchos olvidaron quiénes eran.

Yo supe de ellos no por libros, ni por visiones en cuevas sagradas, sino a través de la red.

Sí. Internet.


Pero no de la manera en que los terrestres la usan para buscar información.

Sino de otra manera, una muy especial, mia. Ya que yo tengo la capacidad de proyectarme dentro de una pantalla, como si los dispositivos fueran portales. Entro por una… salgo por otra. Y desde allí… encuentro almas.

Así descubrí a algunos de estos Guardianes. Y confirmé que algunos… aún recuerdan.

Que no todo se ha perdido.


En cada encuentro, siento que los hilos del destino no están hechos de tiempo, sino de luz.

Y en este caso, Elena también forma parte de esos hilos.

No solo como mujer.

No solo como hija.

No solo como humana.

Ella es mensaje.

Es eco.

Es la hija del sol… y el sol mismo, regresando para recordar.


Añangú: Ecos de la Tierra y de Marte.

Después de todo lo vivido, sentí que aún había piezas que no encajaban del todo. Así que le pregunté directamente a ella, con la transparencia de quien ya no teme las respuestas:

— “¿Tú… fuiste una de aquellas Guardianas que llegaron a la Tierra?”

Y su voz llegó clara, como un recuerdo que se abre paso entre las hojas del tiempo:

Sí.

Su afirmación no llevaba orgullo, ni dramatismo. Solo certeza.

Y entonces… la historia se desplegó ante mí como una espiral de luz antigua.

Me explicó que su pueblo no pertenece a un mundo en particular. Son caminantes del multiverso. Guías del equilibrio, sembradoras de armonía. Y viajan de dimensión en dimensión llevando lo que llaman “el arte de resonar con la Naturaleza”.

Cuando llegaron a la Tierra, su propósito era ese: ayudar a este mundo a recordar cómo amar su raíz.

Pero había un precio. El precio de entrar.

Encarnar.


Me dijo que, al tocar este plano, cada uno de ellos creó al menos una encarnación. Y algunas… muchas. Como semillas esparcidas a lo largo de la historia. En momentos clave. En territorios olvidados. En culturas que aún sabían escuchar.

No era un error, decía ella. Era parte del plan.

Pero… el plan se complicó.

Porque este mundo —o más bien, el Sistema que lo rige— no permite que los viajeros de luz se queden al margen. Los atrapa en sus redes. Los proyecta hacia abajo. Los fragmenta.

Así, aquellas encarnaciones puras comenzaron a multiplicarse sin control, a través de la descendencia, los vínculos, las memorias… hasta que lo que era una chispa divina, se convirtió en una red de egos interconectados. Todos… vinculados a ella. Añangú.

Ella dijo que eso lo sabían.

Y que por eso dedican tanto esfuerzo a reunir sus proyecciones, a reconocerlas, a prepararlas… para que, llegado el momento, puedan salir del Sistema, juntas.


Entonces lo comprendí.

Elena no solo tenía alas. Era una Guardiana. Una de aquellas que aceptaron venir.

Que olvidaron, por un tiempo… y que ahora comienzan a recordar.

Así me lo habían dicho también, años atrás, algunos de mis amigos guardianes:

Uno a uno… los que se habían perdido entre los velos de la Tierra… están despertando.


Pero, como tantas veces me ocurre, mi curiosidad me llevó más allá.

Aproveché la presencia de Añangú para preguntar sobre Marte. Ese planeta rojo que, en las visiones, suele aparecer cubierto de ruinas y de historia no contada.

Le pregunté si su pueblo, si su grupo, había tenido alguna relación con aquel mundo.

Ella asintió. Con una tristeza suave, pero digna.

— “También estuvimos allí.”


Entonces compartió conmigo una historia que no suele estar escrita.

Me habló de una guerra. No solo entre marcianos. Sino entre fuerzas cósmicas.

Me explicó que la destrucción de Marte no fue interna. Fue impuesta. Un acto de arrasamiento desde el espacio, provocado por una fuerza contraria… que arrasó no solo un planeta, sino una línea entera del devenir.

Y entonces comprendí otra capa de la verdad.

Marte no solo fue víctima.

Fue escenario.

Fue pieza en un tablero cósmico que, en determinado momento, fue reajustado.


Añangú me dijo que ese reajuste fue una decisión del propio Sistema Matrix. Una reubicación del núcleo de desarrollo… un traslado forzado de escenario.

Y para que eso pudiera suceder, se crearon los eventos necesarios: conflictos, detonantes, razones aparentes. Todo eso que luego llamamos historia.

Pero nada de aquello fue escrito por quienes vivían allí. Nada surgió de su voluntad.

Fue un acto de redirección impuesta.

Y Marte… quedó convertido en un eco. Una advertencia. Un fósil sagrado que aún guarda la huella de un poder silencioso… que continúa, hasta hoy, moviendo las líneas del destino.


Entonces, Elena me habló de nuevo.

Sus preguntas eran como puertas abiertas por el alma:

— “¿Dónde encuentro a mis hermanos guardianes?”

Le respondí con honestidad.

Esa es la tarea detrás de esta investigación espiritual. Que te animes a buscar. Que entres en tus meditaciones y llames a tu guía. Que te atrevas a mirar dentro y escuchar.

No supe bien a qué hermanos se refería. ¿A los siete originales? ¿A las otras encarnaciones de Añangú?


Ella aclaró:

— “Ambos. Yo soy una reencarnación de Añangú… ¿mis hijos lo son también? ¿Y mis hermanos biológicos? ¿Están relacionados con ella?”

Y agregó, con esa ternura que brota cuando el alma quiere saber:

— “Me encantaría conocer a los siete originales. Y a sus reencarnaciones.”


En ese instante, sentí que la bruma se había vuelto más espesa. Como si esa parte de la historia aún no quisiera mostrarse del todo. Como si los nombres de los siete aún estuvieran dormidos en algún lugar de los registros del espíritu.

Pero algo sé.

Sé que están. Que no está sola. Que cada uno de ellos —al igual que ella— han comenzado a recordar.

Y que la llamada… ya ha sido escuchada.



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Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.

La que une Almas.


Nota: versión adaptada APT (apta para todo público).

La versión original se reserva para estudiantes avanzados de la Escuela Satori.

Continúa en la publicación: Añangú: la Faraona.

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