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2023.07 Liam: Sellos arcanos.

  • Foto del escritor: Kalyna Rein
    Kalyna Rein
  • hace 3 días
  • 11 Min. de lectura
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Por Sensei, Kalyna Rein — Escuela Satori

Libro: Metafísica Matrix 06 - Ecos del Sistema. 2023

MM06-Blog 07. Versión ATP 2025. 20230516


Liam: Sellos arcanos.

Hola… Gracias por acercarte a este rincón donde las palabras no enseñan, sino que susurran.

Hoy deseo compartirte un nuevo testimonio. Una de esas experiencias que no nacen de teorías, sino del cruce real entre dos almas que se buscan en el umbral sutil del espíritu.

Este caso forma parte de nuestras investigaciones astrales. Y como siempre, se origina dentro del trabajo que realizamos en la Escuela Satori, a través de nuestra Tienda Espiritual.


¿Por qué lo comparto?

Porque ocurrió algo que pocas veces sucede: pequeñas pruebas se dieron. Pruebas silenciosas, pero claras, que indican que el contacto fue real.

Y aunque nunca sé qué encontraré al abrir la puerta, hay algo que puedo decir con certeza: la experiencia será significativa, para quien consulta, y también… para mí.


He editado el relato de forma que resulte cómodo de leer, manteniendo fielmente el alma de lo que viví.


La investigación.

Antes de sumergirme en los planos sutiles, suelo prepararme para un primer contacto. No como quien va a descubrir algo, sino como quien desea establecer un lazo. Abrir una línea invisible por donde pueda fluir el encuentro.


Lo primero es siempre el vínculo con el alma de la persona.

Ese lazo es el que facilita todo lo demás. Y luego, intento recibir algunas impresiones claras, que me indiquen qué tan bien estoy enfocada, o qué tipo de información está llegando. A veces hay interferencias: cosas que la persona carga, ambientes que distorsionan, o ajustes que debo realizar en mi proyección. Y si algo no fluye, corregimos. Nos reorientamos.


En este caso, la fotografía de Osvaldo me sirvió como ancla. Una imagen reciente, tan sencilla en apariencia, pero poderosa. Porque al mirarla, no solo vi su rostro, sino que sentí el momento mismo en que fue tomada. Como si ese clic de la cámara hubiera abierto una puerta, y yo hubiese estado allí… aunque sin cuerpo.


Así comenzó el vínculo.

Escuché dos nombres que flotaban, como si fueran lugares escritos en un mapa etéreo: Bogotá… y Medellín.


No sé con certeza cómo se relacionan con Osvaldo, pero sentí que pertenecen a su campo cercano. Quizá viva allí. O quizá tenga recuerdos fuertes en esas ciudades. El eco fue claro.

También sentí que estaba solo… no solo en el corazón, sino en el espacio físico. La imagen era de un condominio, una zona privada, como si viviera soltero, pero con un lazo amoroso en curso. Una relación que no es hogar aún, pero que pulsa como deseo.

No vi hijos. Solo una vida en expansión.


En cuanto a su oficio… dos palabras llegaban con fuerza: terapeuta… turismo.

Sé que vi una imagen de Osvaldo en Egipto, y quizás eso haya influido, pero no fue una deducción. Fue una certeza suave, como si su energía vibrara entre esas dos vocaciones.

Tal vez acompañe a otros en viajes conscientes.

Tal vez guíe desde lo espiritual.

Tal vez ambas.


Quiero aclarar que no se trató de visiones. No fui llevada a escenarios ni casas. Solo estaba él. De pie, frente a mí. Presente.

Fue como si mi mirada se anclara en su figura, y allí permaneciera.

Eso no es algo bueno ni malo. Solo es lo que fue. Un primer encuentro. Un primer paso.

Y a veces, eso basta.



Pactos arcanos.

Al día siguiente…


Volví a entrar.

Me preparé en silencio, como quien va a abrir una puerta sagrada, una que no da al mundo físico, sino al campo vivo de otra alma.


Quería ver más profundamente su estado energético, detenerme en lo sutil. Y desde el principio, sentí ciertas presencias densas, energías oscuras, pero no peligrosas. Más bien viejas. Como polvo acumulado en una casa donde hace siglos nadie entra.


A pedido suyo, me enfoqué en buscar programaciones, sellos o implantes que pudieran haberse instalado en su cuerpo bioenergético. Así que pronuncié en voz ritual una invocación limpia y clara, llamando a que todo lo que estuviera activo en su ser se manifestara ante mí: implantes, maldiciones, juramentos, brujerías, memorias distorsionadas…


Y entonces ocurrió.

Sus manos, manos que ya había sentido atadas desde el día anterior, se transformaron ante mí en manos de momia.


Estaban envueltas en lazos oscuros. No eran lazos fuertes… de hecho, parecían viejos, gastados, como si el tiempo los hubiera ido deshilachando. Pero aún así… seguían sosteniendo la orden: “no debes actuar”.


El símbolo era claro. Una orden antigua, puesta sobre él para impedirle hacer. Atarle las manos, no en sentido físico, sino espiritual. No permitirle manifestar su voluntad.


Tuve la visión clara: en una vida remota, Osvaldo fue enterrado con esa intención.

Con odio.

Con envidia.

Como si alguien hubiese querido sellar su poder incluso después de muerto, para que ni en el más allá pudiera cumplir su propósito.


Y aunque sé que Osvaldo viajó a Egipto —me lo confirmó él mismo—, no quiero caer en suposiciones fáciles. Sé que mis visiones no nacen del prejuicio. Las imágenes llegan. Y aunque no siempre las entiendo al instante, no mienten.


Tal vez ese viaje, aquella caminata bajo el sol de las pirámides, no fue casualidad. Tal vez activó antiguos ecos. O tal vez, él ya sentía que algo lo limitaba mucho antes. Y Egipto fue solo la respuesta a un llamado interno.

¿Quién puede saberlo con certeza? Solo su alma.


Después, algo me llamó la atención con fuerza. Su espalda. Y no era una herida.

Era un tatuaje de luz.

Un texto escrito con letras semejantes a las hindúes, pero no grabado sobre la piel, sino flotando en su aura. Brillaban. Como si cantaran en silencio.

Eran holográficas.

Hermosas.

Como si contaran una historia.


Me pregunté… ¿habrá sido tan profundo su interés por el ocultismo en alguna de sus vidas, que decidió marcar su alma con estos símbolos?

¿Habrá hecho pactos, pronunciado votos, juramentos sagradoso peligrosos?


Y comprendí que lo que yo veía no eran tatuajes físicos, sino impresiones energéticas. Memorias que el alma conserva, como marcas en su cuerpo de conciencia.

Porque el alma hereda. No solo los dones… también las heridas.

Y en cada vida, algunas memorias se activan, otras duermen.

Una maldición puede dormir durante siglos, hasta que una palabra, un viaje, una emoción profunda… la despierte.


Por eso, decidí crear una burbuja. Un campo envolvente de energía sanadora, para limpiar su aura durante un día entero. Para darle espacio a lo nuevo, y cerrar lo viejo.

Y ya que esas vendas lo limitaban, y ahora le hacían daño, fui quitándolas.

Una por una.

Con cuidado.

Con respeto.

Como quien desata un pacto.


Mi deseo era que, al día siguiente, pudiéramos ver más allá.

Que el alma estuviera más libre para revelarse.

Que el camino se abriera.


Confirmaciones...

Y entonces recibí su mensaje.


Me dijo:

— “Te preciso: Vivo en un apartamento, en un edificio, en un sector muy concurrido. En Bogotá, capital de Colombia. Vivo actualmente con un hermano y unos sobrinos. Estoy soltero. Sin novia. Con muchas pretendientes. No tengo hijos. Soy terapeuta. Organizo y guío viajes esotéricos por el mundo.”

— “De Egipto: llevé un grupo el año pasado. Ya había estado en 2006. Tengo símbolos egipcios en mis manos. Un clarividente del Cairo me dijo que yo había tenido encarnaciones allí como sacerdote. Las manos atadas ya las habían visto otros videntes.”


Y al leerlo… mi alma respiró.

Porque todo coincidía. No por ego. No por validación.

Sino porque saber que el vínculo se abrió, que lo que vi estaba allí, confirmaba que el trabajo era real. Y que debía continuar.


Aunque no lo había mencionado antes, sabía que el siguiente paso era más profundo.

Iniciaré la limpieza del mundo interno. De su mundo interno.


Porque dentro del cuerpo de conciencia también pueden vivir seres.

Y no hablo de posesiones dramáticas, sino de presencias. Habitantes silenciosos. Algunos benévolos, otros… no tanto.


El cuerpo humano, desde su perspectiva energética, es como un templo… o un universo.

Y dentro de él, pueden construirse espacios. Ciudades astrales. Salas secretas. Recintos que nadie más ve.


Lugares donde habitan fragmentos de otras vidas, o entidades que se han alojado sin ser detectadas.

Básicamente… es un exorcismo. Pero no como lo entiende el mundo. No es una lucha, ni una expulsión violenta.

Es un viaje.

Un descenso.

Una búsqueda en las entrañas de la consciencia.

Es como entrar en un sueño… pero sabiendo que allí, todo es verdad.


A veces siento que cuanto más intento explicarlo, más incomprensible parece.

Pero así es este trabajo.

Y por eso… lo seguiré haciendo.


Sanación interna.

En otro encuentro, volví a sumergirme.

Esta vez no fue desde el aire. Fue desde el interior.

Quería mirar desde dentro. Desde ese lugar profundo donde el alma no puede fingir.


Observé su cuerpo bioenergético desde afuera primero, como quien rodea un templo antes de tocar su umbral.

Y lo vi… limpio. Libre de toda sombra. Sin rastros de negatividad.

Solo una luz brotando desde el centro de su frente, y una claridad intensa en sus ojos, como si miraran desde otro tiempo, otro saber.


Miré entonces sus manos. Ya no había ataduras.

Solo quedaban marcas… no de cadenas, sino de algo más sagrado.

Las palmas parecían llevar impresos símbolos, como si alguien las hubiera consagrado tiempo atrás. Recordaban las señales que deja la iniciación al Reiki, esas inscripciones de energía que transforman las manos en canales de luz.


¿Serán tatuajes reales?, me pregunté.

¿O son huellas de una práctica espiritual, una promesa silenciosa que se volvió carne?

Sea lo que sea, eran marcas positivas.


El resto del cuerpo también se presentaba limpio, pero algo me intrigaba…

No sentía presencia vital en los flujos de los chakras. No es que estuvieran cerrados del todo —eso solo ocurre al morir—, pero sus flujos eran tan débiles que apenas dejaban huella en el campo.

Como si la energía vital estuviera dormida. Suspendida.


Entonces tomé una decisión.

Deseaba entrar.

No solo mirar desde afuera, sino recorrer su interior. Sentir desde dentro.

Para eso, reduje mi forma astral hasta convertirme en una diminuta esfera de luz. Una perla viva.

Y busqué ingresar por la corona, como suele hacerse, como quien entra por el cielo de un templo…

Pero no pude.

La entrada estaba sellada.

Una capa dura, translúcida, como plástico endurecido, recubría todo su campo.

Era un escudo.


Y aunque podría parecer una defensa, su función parecía más bien una prisión de luz: impidiendo la entrada del mal, pero también cerrando el paso a lo bueno.

Muchos crean escudos así… pero si no se mantienen, si no se limpian, terminan convirtiéndose en aislamiento.

Quizás por eso su campo energético se sentía sin vitalidad.

Porque nada entraba. Ni salía.

Así que lo rompí.

Con cuidado.

Sin violencia.

Como quien libera un lago de la presa que lo ahogaba.

Y cuando lo hice, la corona se abrió. Y la energía comenzó a fluir.

Como un río que vuelve a nacer.


Exploración del alma.

Entonces descendí.

Entré por su corona y comencé a explorar el interior de su ser.


El cuerpo de energía de una persona puede mostrarse de muchas maneras.

Y cada nivel revela una historia distinta.

Hay niveles donde veo lo físico: órganos, tejidos, huesos… Allí se reflejan enfermedades, heridas, tumores.


Luego están las estructuras sutiles: chakras, canales, Hara, Tan-Tien… Como ríos invisibles que transportan fuerza.

Después, los campos etéricos, emocionales, mentales… En ellos, la energía se condensa en formas, colores, emociones, y deja ver su historia.


Y luego, está el nivel más profundo. El que ahora me interesaba.

El espacio astral interno.

Ese lugar no es biológico, ni emocional, ni simbólico. Es real.

Dentro de nosotros, hay un mundo. Un paisaje.

Un lugar construido, a veces, por nosotros mismos: refugios mentales, jardines secretos, templos donde meditamos, bosques donde nos ocultamos.

Pero también… espacios que no son nuestros. Habitados por presencias que entraron sin permiso.

Allí quería ir.


Así que descendí, más y más, hacia esa inmensidad que se esconde dentro del ser.

Pero lo que encontré no era belleza. No era cosmos.

Era niebla.

Densa.

Oscura.

Como una bruma cargada de memorias estancadas.

No era vacío. Era congestión.

Y comprendí: el escudo que antes cubría su campo no solo impedía la entrada, también impedía la salida. Nada podía purgarse. Nada podía fluir.

Y todo lo acumulado, todas las emociones, todos los pensamientos no digeridos, quedaban atrapados allí.


Limpieza del alma.

Así que desplegué un artefacto que solo uso en estos casos.

Un dispositivo que pertenece a mi pueblo espiritual. Un cubo vivo, que absorbe la energía oscura, y la transforma.

En su interior hay una esfera de transmutación, que gira lentamente, como un pequeño sol púrpura. Y mientras absorbe, expande también ondas de sanación.

Lo coloqué en el centro de esa bruma.

Y esperé.


Poco a poco, el entorno comenzó a cambiar.

Los canales de energía se hicieron visibles. Las nubes comenzaron a tomar colores claros. La densidad cedía. El alma respiraba.

Cuando sentí que el trabajo estaba hecho, retiré el cubo. Lo guardé.

Es multiusos. Y también sagrado.


Confío en que esta limpieza le dará a Osvaldo un poco de descanso mental.

Un respiro.

Todavía me queda recorrer más.

Buscar presencias, lugares secretos.

Pero quería dejar testimonio de lo que ya ha sido hecho.


Y algo más… el mantram que vi en su espalda sigue allí.

Brilla. Permanece.

No hay oscuridad en él. Es energía positiva. Y si él lo desea, puede conservarlo.

Porque hay símbolos que no se borran, porque no son cicatrices, sino pactos de luz.



Palabras del alma.

Entonces, recibí su mensaje. Sincero. Limpio.

Como una flor que se abre sin miedo al sol.


Me escribió:

— “Gracias, Kalyna. Mi aura limpia me alegra. No tengo tatuajes en mis manos ni en ninguna parte de mi cuerpo. En las palmas de mis manos hay muchos símbolos mágicos. No era consciente del escudo de protección. Ni de la contaminación interior. Suena hermoso y mágico todo lo que estás haciendo en mí, y te lo agradezco mucho. Sigue haciendo lo que sientas hacer en estas limpiezas y sanaciones. Confío en ti y en lo que haces.”


Y al leerlo, algo en mí se iluminó.

No por el agradecimiento, sino por la apertura. Porque cuando alguien abre su alma de ese modo, sin resistencia, el trabajo de sanación se vuelve danza. Y entonces el alma misma comienza a mostrarse.


Le pregunté por los símbolos en sus manos. No por curiosidad, sino para comprender si esas marcas energéticas eran fruto de decisiones de esta vida, o herencias de otras.

Hay sellos que nacen con nosotros. Otros, los elegimos. Y otros… se nos imponen.


Saber su origen es importante, porque a veces, lo que fue sagrado en una vida pasada, se vuelve un límite en la siguiente.

Muchos de nosotros, a lo largo de nuestras encarnaciones, hemos acumulado votos. Juramentos. Promesas. Marcas invisibles.

Y aunque en su momento fueron necesarios, útiles, incluso honorables… con el paso del tiempo, pueden volverse cadenas.

A veces, esos votos nos atan a grupos, a escuelas antiguas, a seres con los que pactamos obediencia, reglas, restricciones.


Y aunque el cuerpo haya cambiado, el alma sigue sintiendo la obligación.

Como si aún debiera rendir cuentas a estructuras que ya no existen.


¿Te imaginas?

Viviendo en este presente, con la sombra de normas que ya no nos pertenecen. Reglas antiguas, leyes ajenas, ecos de obediencias que ya no tienen sentido.

Por eso, la regla que aplico siempre es simple: lo positivo se queda. Lo negativo se va.

Y lo que parece ambiguo, lo consultamos con la consciencia superior. Ella sabe.


En algunos casos, cuando el juramento fue profundo, los seres que participaron en él vuelven a exigir su cumplimiento. Más allá del tiempo. Más allá de la muerte.

Como guardianes de un pacto olvidado, intentan imponer su voluntad sobre la vida actual. Y si el juramento lo especificaba, reclaman obediencia.


Entonces, el trabajo de sanación se vuelve aún más delicado.

Hay que conversar con esos seres. Negociar. Liberar.

Porque la vida actual no puede ser regida por pactos del pasado.

Porque el alma ha cambiado. Y su voluntad debe ser libre.


El trabajo que realizamos,en esencia,es eso:

Limpiar. Liberar. Devolver el albedrío. Restaurar el derecho sagrado a elegir.

Y todo esto, no es un fin en sí mismo. Es apenas el comienzo.

Porque cada acto de sanaciónes una preparación.

Un puente.

Para poder escuchar, algún día cercano, la voz pura del Yo Superior.

Y cuando eso ocurra, no hará falta interpretar señales. Ni buscar más afuera.

La verdad llegará… con la dulzura de quien se recuerda a sí mismo.


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Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.



Nota: versión adaptada APT (apta para todo público).

La versión original se reserva para estudiantes avanzados de la Escuela Satori.

Continúa en la publicación: Liam: Padre Cósmico.

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