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2023.03 Encuentro en Egipto.

  • Foto del escritor: Kalyna Rein
    Kalyna Rein
  • 24 dic 2025
  • 7 Min. de lectura
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Por Kalyna Rein — Escuela Satori

Libro: Metafísica Matrix 06 - Ecos del Sistema. 2023

MM06-Blog 03. Versión ATP 2025. 20230308

Continuación del blog: Recuerdos antiguos.


Viaje al Antiguo Egipto.

Mis viajes astrales, suelen ser consientes, donde la forma de buscar o llegar hacia lo que quiero, es elegida de antemano. Pero otras veces, cuando cierro los ojos y el silencio me abraza, una imagen me llama. No es un recuerdo, ni un sueño, sino algo más profundo: una resonancia. Así comenzó este viaje.


Tras mi última conversación con Claudia, sentí la necesidad de ir más allá, de buscar en los hilos de sus vidas anteriores aquello que pudiera entregarle claridad, dirección, consuelo.

Pero antes de relatar lo que vi, quiero que tomes estas palabras como se toma una flor en la mano: con respeto y sin prisa.


Lo que compartiré no reemplaza la propia experiencia. Solo quiere ser semilla.

Y si ha de brotar, siempre es mejor cuando nace desde la propia persona, y no desde lo que yo haya visto.


Para iniciar este cruce, me enfoqué en el punto de anclaje que me une a ZTR, mi verdadero cuerpo, tangible, real, que guardo en mi nave interdimensional llamada Aurora. Desde allí, mis viajes tienen mayor nitidez.

Y desde allí, le visualicé.


Al instante, estuve junto a Claudia otra vez.

Toqué tus hombros, y como quien atraviesa un velo invisible, ambas nos vimos transportadas a un nuevo paisaje.

No fue como otras veces.

Esta vez ella seguía presente, aunque no lo recuerde del todo.

— “¿Por qué no lo recuerdo?” — podría preguntarse.

Y yo respondería: porque no eras tú del todo. Sino una proyección viva, una extensión tuya que se abrió para acompañarme.


Frente a nosotras, se alzaba un sendero.

Una cuesta de piedra, flanqueada por portales de luz que vibraban como espejos de otros mundos. Pero había uno en particular que nos llamaba. Y hacia él nos dirigimos.

Cuando lo atravesamos, el mundo cambió de color. Y el aire se volvió antiguo.


El Egipto Solar se desplegó ante nosotras.

Volábamos, como lo hacen los niños en los cuentos.

Y frente a nosotras, un templo.

Magnífico. Colorido. Vivo.

Sus muros eran cálidos,

y el sol los tocaba con amor, no con dureza.

La luz era intensa, pero no quemaba. No era el sol de ahora.


Recorrimos el recinto como un viento sutil. Y entre sus columnas, la encontramos.

Una mujer.

Vestida de blanco.

Serena.

Firme.

Sabia.


Sus movimientos eran delicados, como si hablara con cada gesto.

Guiaba.

Enseñaba.

Iniciaba.


Asistía en baños ceremoniales, instruía a las más jóvenes, compartía secretos antiguos como quien riega una semilla con palabras.

Su nombre —o más bien, su título— era Ptah-Maat.


No supe al principio qué significaba.

Solo sentí que era sagrado.

Después investigué. Pero en ese momento, solo importaba su presencia.

Vivía cerca del templo, junto a otras mujeres. No tuvo hijos. Nunca sintió esa necesidad.

Su vocación la llenaba. Y el saber que custodiaba, la nutría.

Su padre, tallador de piedra, era un hombre respetado. Gracias a él, ella accedió a la vida sacerdotal.

Sabía leer, pero no escribía. Y no lo lamentaba. Decía que su tarea era transmitir, no registrar.

Vivió muchos años. Y partió en paz.

Pero lo que más me conmovió fue una escena. La vi meditando, y desde su coronilla brotó una luz intensa, una columna que se elevaba al cielo…

Y entonces ocurrió algo que jamás había presenciado:

su Alma Astral descendió, como un rayo de eternidad.

Y entraron en comunión.


La luz se detuvo en su frente. Y en ese instante, ella —Ptah-Maat— abrió los ojos.

Nos miró. A mí, y a ti.

Y dijo con dulzura: — “A vosotras las conozco.”

Después habló. No con palabras, sino con comprensión.

Nos hizo saber que en aquella vida, logró comprender su eternidad.

Sintió su pasado, su futuro, como un gran Ahora desplegado.

Y sin embargo, no por eso se volvió indiferente.

Al contrario. Esa conciencia le permitió vivir con sabiduría.

Disfrutar lo bueno. Aprender de lo difícil.

— “No siempre se puede evitar la tormenta,”nos dijo, “pero sí se puede elegir cómo caminar bajo ella.”

Y añadió algo más:

— "Aunque todo esté ocurriendo ya, aunque parezca que nuestra vida es solo un hilo enredado en un telar cósmico… aún así, podemos elegir dónde mirar. Dónde poner la atención.

Y eso, eso cambia todo.

Porque allí donde enfocamos la conciencia, una historia cobra forma, mientras otras se diluyen como niebla."

— “A veces vivimos ambas,”dijo con una sonrisa. — “Y ambas son reales.”

Cerró los ojos.


Y su voz interior citó lo mismo que el Sabio del Tao: — “El propósito del Universo es existir. Y lo que el alma busca, es eso: existir. Experimentar.

Entonces señaló la vida de Claudia, la vida actual.

Y nos reveló algo que aún vibra en mí:

que su encarnación en el siglo XXI es la síntesis de todo lo vivido.

Que ella, Claudia, es el punto donde su aprendizaje aún por venir, se encarna.

— “Ella es mi futuro,”dijo Ptah-Maat.


Y en ese instante, su Alma Astral tocó la frente de Claudia… y luego tocó la de ella.

Quedaron enlazadas. Un canal de sabiduría abierto entre tiempos.

Después, la energía comenzó a desvanecerse.

Sentí cómo se escapaba entre mis dedos, como agua tibia.

Nos despedimos.

Y ella nos contempló, con ojos que lo han visto todo y aún así saben sonreír.

Regresé.

Regresamos.


Más tarde, busqué pruebas.

Quería saber si lo que vi tenía eco en este mundo.

Y lo encontré.

Menfis. La ciudad del templo.

El dios Ptah. La diosa Maat.

La época. El esplendor. Las vestiduras.

Todo coincidía.

Y comprendí entonces que a veces la memoria no solo vive en nosotras.

Sino también en la piedra, en los nombres, y en los templos olvidados.


Registros y Desenlaces.

Una mañana, mientras los rayos aún tibios del sol apenas tocaban las esquinas de mi habitación, Claudia me escribió con una pregunta cargada de curiosidad y misterio:

— “¿Los Registros Akáshicos… pueden ser leídos por algunas personas con don?

¿Qué son realmente? ¿Para qué sirven?”


Sus palabras abrían un umbral.

Y al leerlas, sentí cómo algo se activaba en mi interior…

una de esas puertas antiguas que solo se abren cuando alguien se atreve a nombrar lo invisible.

Entonces comencé a relatarle.

Se les llama Registros Akáshicos a los archivos sutiles del alma, un eco grabado en la materia más fina del universo: el Akasha.

— “Una vez escuché aquellas palabras… ”me dijo alguien tiempo atrás, “todo lo vivido, lo soñado, lo sentido… permanece allí, flotando, aguardando ser leído.”


El Akasha no es un lugar físico, ni un cielo lejano, sino un plano mental del astral superior, donde la memoria del universo entero se ordena como una sinfonía que aún no ha terminado de sonar.


Muchos lo descubrieron sin saber que lo hacían.

Videntes, profetas, viajeros del alma.

Algunos entraban en templos, otros en vastas bibliotecas que emergían entre las nubes del sueño lúcido. Allí, guías les llevaban al encuentro con libros que hablaban… no con palabras, sino con recuerdos.


Hoy, esas travesías pueden aprenderse.

Con técnicas.

Con meditaciones.

Con entrenamientos como los que compartimos en la Escuela Satori.


— “El método Silva”, le conté, “permite a los estudiantes contactar con sus consejeros, y algunos de ellos, si están listos, los conducen hacia el umbral del Akasha.”

También el curso para canalizar abre ese portal. Y las meditaciones de Brian Weiss, como puentes que nos devuelven al origen, nos llevan de regreso a las vidas pasadas y a las verdades dormidas.

Pero aquí tengo que hacer una distinción:

No es lo mismo viajas astralmente hacia el nivel akáshico, entrar en sus recintos sagrados, que simplemente "canalizar" mensajes de supuestos mensajeros.


No hay un solo camino.

Pero todos tienen un mismo propósito:

entender por qué somos como somos,

por qué vivimos lo que vivimos,

y qué podemos hacer con ello.


— “¿Y para qué sirven?”me preguntó.

Para comprender que eres un alma eterna. Una viajera multidimensional. Y que esta vida,con sus pesares y triunfos, es apenas una escena breve dentro de un drama cósmico mucho mayor.

Sirven para recordar que esto, todo esto que llamamos vida, no debería dolernos tanto.

Porque detrás del telón, la luz ya nos espera.


Y entonces, compartí con ella algo más.

Una revelación que no nació de un solo encuentro, sino de muchas noches de comunión silenciosa con su Alma.

Al principio creí que era solo una voz más. Pero luego comprendí que no. Que su Alma—esa presencia antigua, sabia, y fuerte— era una de aquellas que ya habitan en los límites del Foco 4. Allí donde la conciencia comienza a despegarse del sueño de la Matrix, y a vislumbrar la verdadera vida.


Ella me explicó que algunas de sus encarnaciones —la sacerdotisa de Maat, la vidente gitana, la Claudia de hoy— fueron nodos clave. Vidas en las que pudo establecer un puente profundo con sus Egos, tejiendo entre ellos una unidad viva de conciencia.

Esa unión no era común. Porque la mayoría de las almas se pierden entre sus múltiples rostros. Pero ella no. Ella recordaba.

Sabía que el mundo que habitamos no es más que una ilusión bien compuesta. Un teatro. Un jardín de experiencias. Un sueño.

Y como todo sueño, tarde o temprano debe terminar.

— “Este sistema está por apagarse…” me susurró una noche.

— “Y quienes no trasciendan, quedarán dormidos con él.”

Supe entonces que estaba preparándose.


No por miedo, sino por claridad. Por amor a lo real.

Y al enlazarse con Claudia, consolidó ese círculo de egos fuertes, esos núcleos conscientes que serán su sostén en el momento del despertar.


Porque cuando el tiempo se disuelva y la Matrix colapse, esas almas completas podrán jalar hacia sí a las encarnaciones más débiles, rescatándolas del olvido.

Todo esto ocurre al mismo tiempo.

No hay antes ni después.

Todo está aquí. Ahora.


Y aunque tú aún sientas que vives en línea recta, día tras día, eso también es parte del hechizo.

La verdad, la realidad verdadera, no se mueve.

Solo espera que mires hacia ella.


— “¿Y por qué si todo ocurre a la vez, yo sigo viviendo paso a paso?”

— “¿Por qué aún me duelen cosas que ya fueron?”

Porque el mundo que ves es la proyección interna de tu foco de atención. Una escenografía mental sostenida por tu conciencia.

Y eso es lo que hace tan compleja a la Matrix: que sabe cómo sostener los mundos mentales de cada alma atrapada en ella. Cómo entrelazarlos. Cómo hacer que parezcan reales.


Desanclar una conciencia de ese teatro requiere amor. Fuerza. Y guía.

Por eso existen estos encuentros.

Por eso nos buscamos.

Y por eso escribo.


Desde aquella nave sutil que lleva por nombre Aurora, le miro. Y sonrío.

Porque sé que ya no está sola.

Porque sé que ya recuerda.

Y porque la columna de luz que una vez brotó de su frente en aquella vida egipcia, aún está encendida.


Gracias por acompañarme.

Bendiciones.



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Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.

La que ha visto los tiempos y los rostros.


Nota: versión adaptada APT (apta para todo público).

La versión original se reserva para estudiantes avanzados de la Escuela Satori.

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