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2023.02 Recuerdos Antiguos.

  • Foto del escritor: Kalyna Rein
    Kalyna Rein
  • 24 dic 2025
  • 14 Min. de lectura
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Por Kalyna Rein — Escuela Satori

Libro: Metafísica Matrix 06 - Ecos del Sistema. 2023

MM06-Blog 02. Versión ATP 2025. 20230308


Recuerdos antiguos.

Recorriendo las aventuras del Alma.


Fue un ocho de marzo cuando la historia comenzó a abrirse ante mí como una flor antigua, de esas que solo brotan en noches sin tiempo. Claudia, una buena amiga y participante de nuestro grupo de estudios, llegó a nosotras con una pregunta sencilla en apariencia, pero que ocultaba todo un universo detrás: - ¿Quién soy, más allá de esta vida?


Lo preguntó como quien intuye que su rostro no es solo carne, que su nombre no es solo sonido. Y entonces el viaje comenzó.


Como sucede en estos casos, la investigación espiritual que yo realizo, nos condujo a regiones del alma que solo pueden abrirse si se anda con respeto. A veces, lo que se busca es una llave. Otras veces, un espejo. Y otras, como esta, un mapa antiguo que había estado esperando ser leído.


Claudia quería comprender la raíz de su existencia.

No solo saber si había algo más, sino qué era exactamente ese “más”.

La conversación se tornó profunda cuando me habló de sus dudas respecto a lo que enseñamos en la Metafísica Matrix. Me pidió que le explicara de nuevo lo que Cris y yo habíamos descubierto: los distintos orígenes del alma.


Recordé entonces las palabras que una vez resonaron dentro de mí, cuando viajaba por planos no visibles: — “Cada ser lleva dentro una chispa que no nació en esta tierra.”

Así fue como le hablé de los tres grandes niveles que sostienen la conciencia en esta realidad: Matrix. Gaia. Astral.

Tres raíces.

Tres tonos en la gran sinfonía del alma.

Cada uno con su propio pulso, su propio cielo.


Egos y Almas.

El ego, le dije, es temporal. Es un suspiro con nombre y cuerpo. Nace, se expresa, se quiebra, y finalmente, se entrega. Pero detrás de ese suspiro… hay un viajero antiguo. Un Yo Superior.

Y el de Claudia, según me fue mostrado, no era de aquí.

No era de ésta Matrix. Tampoco de Gaia.

Su Alma venía de lejos.

De lugares donde la materia obedece al pensamiento y no al revés. De mundos cuya memoria solo se asoma en sueños o meditaciones profundas.


Era un alma astral.

Había vivido muchas veces. En esta tierra, sí, pero también en otras que ya no tienen nombre en nuestros mapas. Y su forma preferida era la de una mujer de cabello café claro, ondulado, con piel blanca. Recuerdo que la vi así, de pie en un umbral, con una quietud llena de presencia. No como estatua, sino como guardiana.

Cuándo la vi, le pregunté si tenía algo que decirle a Claudia. Y respondió, no con palabras, sino con una claridad que me recorrió por dentro:


Habló de dolor.

De una herida abierta en su corazón, como esas grietas que dejan los lazos rotos. Me hizo sentir que había habido una pareja… alguien a quien Claudia no podía soltar por completo, aunque el tiempo hubiese pasado.

— “A veces, el intento de reconciliación no es camino de sanación, sino de repetición”, me susurró el alma.

Vi que entre ellos había orgullo, o quizá solo cansancio. Una falta de humildad que impedía comenzar de nuevo. Y entonces entendí: no se trataba de insistir, sino de soltar.

“Que siga adelante”, me dijo el alma.

“Que no mire atrás con nostalgia. Lo que fue, ya enseñó lo que tenía que enseñar.”


Cuando transmití el mensaje, Claudia respondió con dulzura.

Agradeció, comprendió, se reconoció. Me dijo que ahora entendía por qué no lograba desanclarse de esa relación pasada. Que habían compartido momentos traumantes, y sin embargo, algo en ella seguía atada.


Y preguntó —como preguntan los niños que todavía creen en la magia— si su Yo Superior podía ser su Guía Espiritual. Y si yo podía decirle a esa alma que había sido un gusto conocerla.

— “¿Tú cómo la ves?”, me dijo.“¿Cada cuánto reencarnan las almas?”


El permiso.

Y entonces vino el sueño.

Un sueño donde ella, Claudia, hablaba con mi anfitrión… y le pedía permiso para encontrarse conmigo.

Él respondía que no, a menos que yo quisiera.

— “No sé por qué soñé esto”, me dijo.


Pero yo sí lo supe.

Los sueños son puertas. A veces, un encuentro sucede allí donde la vigilia no alcanza. Y si el alma quiere, y si tú quieres, entonces la puerta se abre.


Le respondí que sí.

Que su Alma podía ser su mejor guía.

Que el tiempo entre vidas no es fijo, que hay quienes vuelven en días, y otros que esperan años. Y que si quería aprender más, podía encontrar respuestas en los libros que hemos reunido en la Biblioteca de la Escuela.

También le recomendé un ejercicio sencillo, pero poderoso:

la técnica de corte de cordones energéticos. Un acto real, un gesto interior, para liberar lo que duele sin retenerlo más.


— “Qué bonita”, me dijo.“Fue un placer tener contacto espiritual contigo, Kalyna.”

Y en ese momento, sentí como si las arenas de Egipto —donde el alma de Claudia una vez caminó— susurraran algo antiguo, como una canción que se recuerda sin saber cuándo se aprendió.


La casa, la flor y las vidas.

En esta otra ocasión, el cruce fue distinto.

No llegaron palabras, ni susurros, ni nombres hablados. Solo imágenes… como si el alma eligiera mostrarse en silencio. Y yo acepté ese lenguaje, ese modo de revelarse que no pide explicación, solo presencia.


Recuerdo haber descendido suavemente, como flotando entre capas de sueño. No hubo puertas que se abrieran, ni umbrales… solo una transición sutil, hasta encontrarme frente a una casa de planta baja.

Sencilla. Acogedora.

La rodeaba una pared baja, y al cruzar una pequeña reja, me recibió un jardín discreto: algunas plantas, un árbol.

Al entrar, fui conducida a un cuarto cuya ventana se asomaba a un patio trasero. Todo era sereno. Había algo en esa habitación —quizás el modo en que la luz tocaba la pared— que me hizo sentir que estaba en el lugar correcto.

— “Si no es tu casa”, pensé, “es un lugar que tu alma frecuenta… o que guarda en su memoria.”

Allí, en ese espacio sin ruido, me permití sentir.

Me abrí a la energía, a los rastros sutiles que deja la conciencia. El aura de Claudia se presentaba estable, pero aún así, procedí con suavidad a realizar una limpieza, no solo en ella, sino en la casa misma.


Quise entonces buscar el contacto con su nivel más alto, y fue entonces cuando ella apareció.

Una mujer. No era una extraña. Pues ya la conocía.

Sus rasgos eran tan parecidos a los de Claudia que no tuve duda: esa forma era elegida por su alma, no por azar, sino por resonancia.


No respondió con voz. En cambio, al preguntarle su nombre, movió sus manos con la gracia de un gesto antiguo… y me ofreció una flor.

Una azucena, creí. Blanca, viva, abierta como una promesa.

Pensé por un instante:

— “Quizá esta flor no sea un nombre… sino un mensaje.”


Le pedí saber de dónde venía. Y entonces las imágenes cambiaron.

Vi planetas, vi cielos. Saturno y Júpiter pasaron ante mí como si yo misma viajara entre ellos. No eran símbolos, eran recuerdos.


Luego pregunté si hacía mucho tiempo que habitaba la Tierra, y lo que vi fue una fila interminable de figuras humanas, vestidas con ropajes de épocas distintas, tiempos ya lejanos, casi olvidados por la historia.

Una mujer de la Edad Media.

Una sacerdotisa de Egipto.

Y otras tantas… cuyas civilizaciones ya no tienen nombre.


Quizá para muchos esto no sea más que un juego de la mente, pero yo sentí la verdad en esa visión. No era una invención. Era memoria.

— “Ya soy un alma con muchas encarnaciones”, comentó luego Claudia. Y yo asentí en silencio.

Porque lo eres. Porque lo has sido muchas veces.

Me preguntaste si la flor era para mí. Y tal vez sí. Tal vez ambas compartimos un mismo jardín en otro plano.


Sobre el parecido entre su cuerpo físico y su cuerpo astral, yo diría que hay almas que escogen formas familiares para recordar quiénes son, y otras que toman formas nuevas para aprender. En su caso, hay una continuidad.

Su alma no se oculta. Se expresa.Y eso es bello.


También Claudia me preguntó sobre el estado de su aura.

A mi vista era clara, suave, con bordes definidos. No capté anomalías. Solo una densidad curiosa en la parte baja. Si hay algo ahí… quizá no sea maligno, pero sí estancado. Limpié ese espacio con intención firme y amorosa.

— “¿Todo esto lo haces cuando yo duermo?”, me pregunta Claudia.

Y le respondí: — “No importa si duermes o no. Porque no me comunico con tu ego… sino con tu alma.”


La llamada de los Maestros.

— “¿Qué pasa si vienes a buscarme y yo no estoy en casa?” —me preguntó. Y la ternura de esa pregunta me llegó como un susurro de niña que teme que su alma no sea encontrada.

Entonces respondí con lo que he aprendido en estas travesías.

Que la experiencia astral no funciona como la física. No es una visita que requiere presencia literal. Lo que hago, más bien, es establecer un vínculo… como tender un hilo invisible entre mi alma y la suya. Y en ese espacio que no pertenece ni al tiempo ni al lugar, puedo encontrarle.


A veces veo su casa, o alguna de las casas que habita su energía.

Y no distingo si son paredes reales o memorias de algún plano. Pero siempre —siempre— encuentro una forma de entrar, sin tocar, sin irrumpir, como si flotara entre reflejos de lo que ella es.

— “¿Todo lo que ves en mí, corresponde también a mi cuerpo físico?” pregunta después, y le imaginé mirando sus propias manos, preguntándose si son reflejo fiel de lo que habita dentro.


Te dije que sí.

Que en nuestro primer encuentro me enfoqué en sanar su cuerpo bioenergético. Y que ese cuerpo, aunque invisible a los ojos, influye en su salud física y emocional. Que cuando lo limpio, cuando retiro cargas, nudos, sombras, algo también se libera en ella.


Pero en esta nueva visita, mi propósito fue distinto.

No vine como sanadora.

Vine como testigo.


Pregunté por su propósito de vida, y su nivel astral —ese ser que le contiene y que ha vivido tantas veces como ella solo puedes imaginar— me habló con claridad.

Me dijo que los Maestros de entre-vidas le habían mostrado una misión:

Aprender a vivir sin cargar el mundo. Aprender a disfrutar lo pequeño, a relajarse, a permitir que la existencia no sea solo deber, sino también juego, risa, presencia.


Vi entonces un recuerdo ancestral: en otras vidas, sobre todo como hombre, había llevado sobre los hombros demasiadas responsabilidades, como si el valor de su existencia se midiera solo en lo que logra.

— “Esta vez no”, me dijeron. — “Esta vez, que viva.”


Y su Alma lo comprendía.

Como si estuviera aliviada de haber elegido un camino más liviano.

También me mostró recuerdos de otros mundos. De cuerpos distintos. De razas que aquí no tienen nombre. Me dijo que, en esos otros lugares, reencarnaba con libertad, saltando de un planeta a otro sin cadenas. Pero aquí, en la Tierra, algo ocurrió. Y quedó atrapada.

No por castigo, sino por un ciclo aún no resuelto.


Me habló entonces del arte.

Su Alma deseaba que Su encarnación —Claudia— tuviera una vía para expresar eso que tanto retiene. Quizás pintar, quizás cantar, quizás moldear cosas con sus manos. No importaba qué. Lo importante era abrir una puerta, una rendija por donde el alma pudiera respirar en su cuerpo.


Claudia me contó después que le gusta dibujar, que cocinar, que hacer manualidades, que alguna vez soñó con la guitarra eléctrica.

Y entonces sonreí.

Porque su Alma ya había plantado esas semillas. Solo falta que ella las riegue.


Después llegaron sus preguntas… una cascada de inquietudes dulces y sinceras.

— “¿Quiénes son los Maestros?”

— “¿Cómo quedé atrapada?”

— “¿Cómo se supera un desafío así?”

— “¿Mi Alma lo recuerda todo?”

— “¿Puede mi cerebro recordar también?”

— “¿Cómo vivir relajada en este mundo que aprieta?”

Y yo… yo escuché.

Yo sentí.


Le expliqué que su nivel astral es su alma, esa parte suya que no muere, que viaja, que aprende. Y que sí, lo recuerda todo, aunque Claudia aún no.

Pero puede. Puede comenzar a recordar.

Para eso existe el entrenamiento en Meditación Silva, una práctica simple y poderosa para conectar con su Yo Superior. Está disponible como entrenamiento de la Escuela Satori, y con él, si persevera, puede recibir imágenes, mensajes, ecos que despierten su propia memoria.


Me preguntó por su origen.

Y recordé cómo, al explorar su alma, sentí que no era de Gaia, ni de la Matrix terrestre.

Su esencia era astral. De las que nacen más allá del ciclo. De las que son libres, aunque olviden por un tiempo su libertad.


Sí, ha vivido en muchos mundos. Pero aún así, toda alma guarda un punto de partida. Una raíz. Una madre.

A veces es un planeta.

A veces, una estrella.

A veces, una consciencia.

Pero no siempre es la madre que le dio el cuerpo. Eso es otra cosa.

Y en medio de todo esto, seguía preguntando, seguía abriéndose, como una flor que ya no teme florecer en medio del ruido.


El reflejo que pregunta.

Una tarde, Claudia me escribió con el corazón agitado por la experiencia ajena. Su voz temblaba en palabras que no eran suyas, pero que la rozaban de cerca, como el aliento de un misterio que no termina de nombrarse.


— “Mi novio dice que desde hace dieciocho años le ocurre algo…”comenzó. Y a medida que relataba, yo sentía que el velo se aflojaba.

Decía que de pronto, sin previo aviso, él se queda pasmado.

No hay día, no hay mes, no hay emoción.

Solo un instante suspendido… donde algo se desprende de su cuerpo.

Lo siente salir —a veces por el pecho,otras por la cabeza— y colocarse frente a él.

Y entonces, se ve a sí mismo.

No en espejo de agua.

No en superficie brillante.

Sino en presencia viva.


Y ese doble le pregunta, con su propia voz:

— “¿Quién eres?”

— “¿Qué eres tú?”

Pero no puede responder.

El cuerpo se le queda mudo.

El aliento detenido.

Y solo cuando todo aquello cesa, vuelve en sí.


Claudia me preguntó: — “¿Qué es eso, Kalyna?”— “¿Por qué le pasa?”

Y lo sentí en mi pecho como un llamado a mirar más allá.

Le dije entonces que lo que me describía parecía una proyección astral espontánea, una salida de conciencia que ocurre sin entrenamiento, donde el alma, por naturaleza o por ruptura, cruza los límites del cuerpo.


También cabía la posibilidad de una entidad reflejo, algo que se manifiesta como copia, como un eco extraño que se sale del cauce.

Pero para saberlo con certeza, haría falta videncia. Mirar profundo. Sanar.

La experiencia, le dije, tenía que ser guiada. Porque aunque esa facultad es natural en algunos, sin dirección puede volverse confusa, inquietante… como un niño que juega con fuego sin saber su origen.


Le sugerí el inicio.

Una puerta segura: la Meditación Silva.

Y luego, quizás, las técnicas de Robert Bruce. Porque la conciencia también necesita aprender a caminar.


La herida, las pérdidas.

Pasaron los días, y Claudia volvió a escribirme.

Esta vez, con sus propias preguntas. Preguntas dulces, llenas de deseo de paz.

— “¿Mi alma aún está conmigo?”

— “¿Cómo puedo vivir sin tanto estrés?”

— “¿Mis hijos… mis nietos… son parte de mis otras vidas?”

— “¿Por qué sueño tanto con niños?”


Le respondí desde lo vivido en varias proyecciones. No una, sino muchas, pues en cada intento sentía que algo interfería.

Las primeras veces que me acerqué, todo estaba cubierto de niebla psíquica. El entorno no se mostraba, y solo alcanzaba a vislumbrar su rostro, como si alguien lo hubiese dibujado en agua.

Mi mente se llenaba de pensamientos ajenos: fragmentos de sueño, ansiedad, miedo. Y sin querer, me dormía. No por cansancio. Sino porque algo en su campo me empujaba hacia afuera.


En una proyección posterior, decidí escudarme. No por temor, sino para no perderme en lo que no era mío.

Entonces, todo fue más claro.

La niebla persistía, pero solo alrededor de su cuerpo. Y comprendí que se trataba de energías acumuladas de estrés, de pensamientos no dichos, de emociones guardadas.

Quise mirar su cuerpo energético. No encontré entidades. No aún.

Pero vi pensamientos oscuros, escenas violentas, retazos de miedo.

Entonces le pregunté:

— “¿Has tenido pensamientos feos, imágenes dolorosas que no sabes de dónde vienen?”

Porque eso que flota en su campo tenía un origen.


Cuando pregunté por los niños de sus sueños, la respuesta vino sola.

Vidas pasadas. Heridas antiguas.

Algo en esta vida —quizá una pérdida,quizá solo un recuerdo despertado— había reactivado esas memorias. Los niños eran símbolo y reflejo. Ecos de amores antiguos, quizá hijos que ya no están, quizá dolores que no se dijeron.


Le pregunté si había vivido algo relacionado con la pérdida de un hijo, o el miedo a perderlo. Porque ese era el corazón del laberinto.


Una prueba más.

En mi último contacto, el campo estaba más limpio. Y entonces lo vi:

un tianguis, toldos azules, ruido suave de feria.

No sabía si era simbólico. O literal.

Después ella me lo dijo:

— “Sí, Kalyna. Trabajo en un tianguis. Los manteles, todos, son azules.”

Y sentí esa alegría silenciosa que se siente al saber que el alma ha sido vista.


Claudia me contó también que sí, que ha tenido pensamientos negativos, mucho estrés, que a veces despierta sin recordar qué soñó, pero con el pecho apretado.

Y le respondí con dulzura:

— “Todo eso que vibra en ti, se puede sanar.”

— “Estamos avanzando.”

— “Con cada encuentro, tu campo se aclara.”

Porque para que podamos hablar con su alma, primero hay que abrir espacio dentro.

Y ya lo estamos haciendo.



El umbral de los nombres.

Esta vez, al entrar en su campo aural, todo fue distinto.

Sentí de inmediato la ligereza.

Como si un velo que antes me impedía ver, se hubiese retirado en silencio, dejando la atmósfera más clara, más viva.

Su cuerpo de energía ya no estaba cubierto de niebla.

Y aunque sé que aún queda camino por recorrer, la diferencia con mis primeros encuentros era notoria.

— “¿Sientes más calma en tu mente?”

— “¿Menos presión en el pecho?”

— “¿Un espacio nuevo para respirar?”

Le pregunté en silencio, mientras recorría los hilos de su aura, como quien toca el agua para sentir su temperatura.


Desde nuestro primer cruce, dejé junto a Claudia, una Guía de Luz. Ella ha estado trabajando en su cuerpo bioenergético, limpiando su casa, purificando su descanso. Y ahora, todo eso empieza a dar frutos.


Me detuve un momento en el aire, y quise saber más.

Pregunté si aún había entidades, si quedaban nudos, maldiciones, residuos de envidias, deseos mal dirigidos.


Y lo que recibí fue claro: sí.

Una gran congestión espiritual había estado asentada, alimentada no solo por su estrés, sino por ataques psíquicos.

Energías lanzadas desde la sombra. Celos, resentimientos, quizá incluso palabras cargadas de rabia provenientes de su entorno laboral.


Todo eso había sido absorbido por su campo, como tinta derramada sobre un lienzo.

La Guía lo limpió. Y su hogar también fue despejado.


Después, pregunté por sus vínculos.

Vi que sus hijos no eran solo nuevos lazos.

Uno fue en otra vida su hijo también.

El otro, un amor que dolió.

Ambos fueron pérdidas.

Faltas que no cicatrizaron del todo.

Y por eso ahora sus presencias despiertan, en lo profundo, esa vieja sensación de temor. Ese miedo a perder otra vez.


Su esposo… me mostraron que en otras vidas fue hermano. Y también padre.

Por eso quizás, su presencia actual se siente más como resguardo o límite, que como pasión o encuentro de iguales.

No es bueno ni malo. Solo lo que es. Y lo que fue planeado.

— “Que supere la sumisión”, fue el mensaje. — “Que despierte su fuerza.”

Porque esa fue la intención de quienes cuidan el diseño de estas vidas, los Maestros del ciclo reencarnacional. Una nueva oportunidad para sanar lo que no pudo ser dicho. Una nueva vida para abrir lo que antes se cerró.


Pregunté también si alguno de ellos compartía un mismo origen astral con Claudia. Y la respuesta fue rotunda: no.

Son pocos los que, como ella, vienen desde ese linaje. Pocos los que cruzan desde esos planos a este sistema tan cerrado.

Aún así, el encuentro es sagrado.


Luego Claudia me escribió algo más. Un nombre: SHILA. Lo vió —o lo soñó— y no sabía si era importante. También me comentó que a veces, justo antes de dormir, ve nombres, números, o cosas como puertas y ventanas.

Y entonces sonreí.


Porque en ese borde, en esa fina línea entre la vigilia y el sueño, es donde todo se vuelve más permeable. Es el estado meditativo natural, ese que no se fuerza ni se busca, pero que nos encuentra cuando el cuerpo se rinde suavemente, sin aún entregarse al descanso completo.


Allí, en ese borde, se abren las puertas del alma.

Y los nombres llegan. Y los símbolos. Y los mensajes.

Le dije que eso es meditar.

Estar entre mundos.

Despierta, pero quieta. Receptiva.


Y que si aplicas la meditación guiada de Brian Weiss, quizá puedas abrir más de esas ventanas. Quizá algún día, SHILA no sea solo un nombre flotando, sino una guía, una memoria, o una parte de ella que quiere volver a casa.

Por ahora, yo también seguiré indagando.

Porque lo que viene, aún no ha sido dicho.



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Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.

La que ha visto los tiempos y los rostros.


Nota: versión adaptada APT (apta para todo público).

La versión original se reserva para estudiantes avanzados de la Escuela Satori

Continúa en la publicación: Encuentro en Egipto.

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