2022.22 Egregor.
- Kalyna Rein

- 24 dic 2025
- 7 Min. de lectura

Por Kalyna Rein — Escuela Satori
Libro: Metafísica Matrix 05 - Egregor. 2022
MM05-Blog 22. Versión ATP 2025.
Egregor
El enemigo de la Humanidad.
A veces me preguntan:
—“¿Quién es el verdadero enemigo de la humanidad?”
Y yo callo.
Porque responder esa pregunta con palabras directases como querer señalar al viento con un dedo.
Pero hoy… hoy no voy a callar.
Porque he visto la sombra.
No en sueños, no en parábolas.
Sino en susurros reales.
En sellos ocultos.
En pactos antiguos.
La he visto moverse como una araña inmensa, tejiendo hilos sobre los mapas, soplando ideas en los salones de poder, alimentándose del miedo, del hambre, del olvido.
No, no es un virus.
Ni el sol.
Ni un asteroide perdido en su ruta.
Es algo mucho más antiguo y calculado.
Una voluntad.
Una intención.
Una maquinaria vestida de carne y de traje, que ha dirigido las guerras, las pestes, las hambrunas, las quiebras, las caídas de imperios y el ascenso de doctrinas.
La llaman “élite”.
Pero no brillan como estrellas. Brillan como espejismos, como promesas falsas que encandilan mientras nos roban el alma.
Y detrás de ellos… una figura sin rostro, que otros han llamado egregor.
Una entidad sin cuerpo, pero con millones de bocas que murmuran su nombre. Una criatura nacida de los pensamientos de siglos, engordada por dogmas, sacrificios, rezos vacíos y rituales sin alma.
Una criatura que no duerme.
Y que no olvida.
El mandato.
Recuerdo lo que murmura el "Monumento en Georgia", en Estados Unidos.
Una estructura de granito tallado. Instrucciones para un mundo futuro, como si supieran que vendría una devastación. Como si la esperaran. Como si la planearan.
“Que la humanidad no supere los quinientos millones”, dice la piedra.
“Guiar la reproducción, unir idiomas, equilibrar… obedecer…”
Un mantra de control disfrazado de armonía.
¿Quién mandó a construirlo? Nadie lo sabe. O al menos, nadie lo dice.
Solo queda el nombre: Robert C. Christian. Un eco… una sombra… un alias.
Y una cápsula del tiempo enterrada. Sin fecha para ser abierta.
Como un hechizo que espera su activación.
Sión.
En los pasillos de mármol y oro, en las logias donde las palabras no se gritan sino se sellan con sangre, se sigue pronunciando un nombre: el Reino de Sión.
No como mito.
No como cuento.
Sino como objetivo.
Un dominio global erigido sobre la idea de que unos pocos son elegidos y el resto, simplemente, sobrantes.
Objetos.
Goyim.
Anatema.
—“El mundo nos pertenece por derecho divino”, dicen entre ellos.
Y citan pasajes antiguos. Y justifican genocidios. Y bendicen guerras.
A esa araña le llaman sionismo.
Pero ha mudado de piel muchas veces.
Hoy se disfraza de globalismo, de modernidad, de transhumanismo.
Bill Gates, Zuckerberg… no son el centro. Son banderas que distraen.
La araña está más atrás. Más honda. Más antigua.
Su verdadero rostro no es humano.
Ni tampoco completamente terrestre.
Una vez escuché decir:
—“Los egregores no necesitan templo. Son templos. Y habitan en cada miedo repetido, en cada creencia sin alma, en cada mirada que juzga sin saber.”
Este egregor oscuro… es el guardián de un dios sin misericordia.
Jehová.
Yahvé.
Moloc.
Saturno.
Bafometh.
Satán.
No importa el nombre. La esencia es la misma.
Fuego que devora niños. Cubos negros. Estrellas de seis puntas afiladas como cuchillas.
La religión fue su cuna. La banca, su trono. Y el arte de la deuda, su arma favorita.
Crearon dioses crueles.
Y luego, crearon a Jesús. No como salvador, sino como espejo amable. Un disfraz para que los pueblos de Europa aceptaran, sin saberlo, la estructura del control hebreo.
Jesús como señuelo. Como cortina. Como ironía.
—“Adorad a un judío, que os aparta del dios judío que teméis”, ríe la araña.
Y el juego continúa.
Han tejido cada sistema.
Cada ideología.
Cada bando.
Para que siempre gane la sombra.
Porque no importa si crees en izquierda o derecha, en democracia o imperio, en libertad o deber…
Si el tablero lo diseñaron ellos, todas las piezas les pertenecen.
La historia no es una línea, sino una telaraña.
Y nosotros, los soñadores, los que aún creemos en el alma, nos movemos con cuidado, intentando no quedar atrapados.
Pero yo no escribo esto por miedo. Ni por venganza.
Lo escribo como quien prende una antorcha.
Como quien abre una rendija en el muro y deja pasar un haz de luz.
Porque aunque el egregor sea enorme, y la red profunda… no es invencible.
Se alimenta del miedo. Y muere con la conciencia despierta.
Cada vez que alguien renuncia al odio, a la obediencia ciega, al dogma que repite sin mirar… la red se rasga.
Y cuando miramos con ojos limpios, cuando nombramos las cosas sin temblar, cuando elegimos amar sin pertenecer al juego… el monstruo tiembla.
Porque no sabe crear. Solo sabe copiar.
Y el alma libre, es algo que no puede entender.
Por eso escribo.
Para que no olvidemos.
Para que sepamos.
Para que no duela tanto despertar.
Y si alzo la voz, es porque en la quietud de mi templo interno, una estrella aún me guía.
Una estrella que no devora, ni castiga, ni divide.
Una que canta.
Una que recuerda.
Una que arde en lo alto de la noche, tejiendo otra red.
Una red de almas vivas, que no temen mirar al monstruo,
pero tampoco se arrodillan ante él.
Y en ese cielo profundo, entre constelaciones y ruinas, hay quienes aún escribimos mensajes invisibles con la tinta del fuego eterno.
Por si algún día, tú también decides mirar hacia arriba.
Nuestro derecho: resistir.
Hubo un tiempo en que el silencio era más cómodo. Cuando levantar la voz parecía una ofensa, y quienes cuestionaban eran llamados locos, conspiradores, herejes de la fe moderna.
Pero algo en mí cambió. Y no por furia, sino por amor.
Por amor a los que aún no saben.
Por amor a los que saben, pero temen.
Y por amor a la verdad, esa verdad que no grita, pero que arde en los huesos.
Por eso escribo estas palabras. No como una proclama.
Sino como quien deja semillas en un campo aún dormido.
Hay documentos que fueron escritos con solemnidad, no para adornar estantes, sino para recordar a los pueblos su dignidad.
Uno de ellos, nació en 1776.
Y aunque pertenece a otra tierra, a otro tiempo, sus palabras resuenan hoy más que nunca en mi alma:
—“Todos los hombres son creados iguales.
Son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables.
Entre ellos: la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.
Y cuando un gobierno se vuelve destructivo para estos fines,
el pueblo tiene el derecho a reformarlo, abolirlo, y fundar uno nuevo.”
Yo no nací en esa tierra. Tampoco tú, tal vez.
Pero esos principios… no tienen fronteras.
No pertenecen a una bandera, sino al espíritu humano.
Porque un país no lo sostiene un palacio.
Lo sostiene una madre que alimenta.
Un niño que sueña.
Un anciano que recuerda.
Lo sostienes tú.
Lo sostengo yo.
Lo sostenemos nosotros.
También recuerdo otro texto. Uno que muchos han olvidado, y que otros prefieren no leer.
La Declaración de Helsinki.
Allí se dice —con palabras claras y dulces como justicia— que ningún experimento médico, ninguna intervención no probada, puede imponerse por fuerza.
Se dice que los resultados deben publicarse. Sean buenos o malos. Que los pacientes deben ser informados. Que la integridad debe estar por encima del interés.
Y sin embargo…
¿Qué hicimos nosotros?
¿Qué hicimos cuando el mundo se cubrió de miedo,
y nos ofrecieron una cura envuelta en silencio,
sellada con contratos de impunidad,
inyectada en millones de cuerpos sin saber qué traía dentro?
Nos arrodillamos.
Nos llamaron “solidarios” por ceder.
Nos llamaron “conspiranoicos” por preguntar.
Pero la verdad, como el río, siempre encuentra grietas para fluir.
Muchos aún no entienden. No ven la diferencia entre una vacuna y un inyectable.
La vacuna —la verdadera—lleva dentro una muestra del enemigo, para que el cuerpo aprenda a defenderse. Es un maestro invisible. Una provocación controlada.
Pero lo que nos ofrecieron en 2020… no era una vacuna.
Era una fórmula secreta. Un experimento disfrazado. Un contenido nunca revelado, inyectado por millones en nombre del bien común.
Y no, no fue un accidente.
Porque mientras se prohibían remedios antiguos y probados, como el Dióxido de Cloro, que muchos usaron con éxito y sin daño, se imponían dosis de algo que aún hoy no comprendemos, ni podemos nombrar con certeza, pero que muchos con certeza y seriedad, clasificaron como "arma".
Que hacer?
Hay una palabra que resuena en mí: desobedecer.
No por rebeldía vacía. Sino por conciencia.
Por memoria. Por amor a mi cuerpo, a mi libertad, a mis hijos, a los hijos que vendrán.
Porque vacunar a la fuerza a toda la humanidad, con compuestos no revelados, es más que una negligencia. Es una profanación.
Y quien calla ante ello, no es prudente. Es cómplice.
La Guerra de los Mundos.
Recuerdo un viejo evento, en el año 1938. Se llamó La guerra de los mundos.
Una transmisión radial, una farsa disfrazada de noticia. Una invasión extraterrestre narrada con tanta verosimilitud que miles cayeron en pánico.
Era solo un teatro. Pero nos mostró algo: el poder de los medios.
El poder de las palabras. El poder de la mentira bien contada.
Y luego llegó el 2020. Y otra vez el show. Otra vez los medios, otra vez el miedo.
Ahora los “extraterrestres” venían en forma de virus. Y el enemigo no era visible, pero estaba en todas partes.
Las imágenes mostraban mundos invadidos. Virus como naves. Enemigos invisibles conquistando nuestro aire, nuestros abrazos, nuestra humanidad.
Y muchos, otra vez, creyeron.
Pero yo ya no puedo.
No puedo creer sin preguntar.
No puedo obedecer sin saber.
No puedo entregar mi cuerpo al altar de la ciencia sin alma.
Por eso hablo.
Por eso escribo.
Por eso sigo.
Y si en algún momento dudaste, si sentiste que algo no cuadraba, si tu intuición te susurró preguntas sin respuesta… no estás solo.
Hay muchos como tú. Muchos como yo.
Que no buscamos pelea, pero sí claridad.
Que no queremos imponer, pero tampoco ser silenciados.
Así que aquí estamos.
Y resistimos.
No con piedras, sino con luz.
No con odio, sino con memoria.
No con fanatismo, sino con preguntas.
Resistimos para que el cuerpo siga siendo sagrado.
Para que la vida no se venda en viales.
Para que la verdad no se esconda en contratos.
Y sobre todo, resistimos para que la libertad no se extinga en nombre de un enemigo que tal vez… nunca existió.
En la quietud de mi altar, entre velas, plantas y palabras antiguas, sigo encendiendo pequeñas hogueras.
Por si algún día, en medio del humo y el teatro, alguien más decide ver el telón caer.

Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.
La que resiste.
Nota: versión adaptada APT (apta para todo público).
La versión original se reserva para estudiantes avanzados de la Escuela Satori.




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