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2022.17 Origen del Cristianismo.

  • Foto del escritor: Kalyna Rein
    Kalyna Rein
  • 22 dic 2025
  • 6 Min. de lectura
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Por Kalyna Rein — Escuela Satori

Libro: Metafísica Matrix 05 - Egregor. 2022

MM05-Blog 17. Versión ATP 2025.


El origen del Cristianismo.


Hay temas que no duelen… hasta que se miran de cerca.

Y otros, que arden incluso antes de tocarlos.

Hablar del origen del Cristianismo, así…

sin filtros, sin dogmas, sin reverencia, es uno de ellos.


Yo no soy la autora de esta denuncia histórica. Solo soy la que te lo trae. Lo leí en una entrevista extensa, publicada en una revista especializada, donde un hombre —ingeniero de profesión, investigador por vocación— relataba con firmeza una tesis que ha sacudido a más de uno.


Su nombre es Fernando Conde Torrens, y dedicó 20 años de su vida a estudiar los Evangelios, hasta llegar a una conclusión que no todos están listos para escuchar:

“El Cristianismo es una religión inventada. Jesucristo, un personaje de ficción tan real como Superman o Don Quijote.”

Eso lo dijo él. Y a partir de ese momento, nada en la entrevista volvió a ser liviano.


Conde afirma que todo comenzó alrededor del año 303 d.C., cuando Lactancio, un retórico que ejercía como pedagogo del hijo del emperador Constantino, convenció a este último de implantar una nueva religión basada en el culto al Dios único. No por devoción… sino por estrategia. Para unificar. Para dominar.


Esa religión sería llamada Cristianismo. Y su figura central, Jesucristo, sería una creación literaria, construida para encarnar esa idea del “Hijo de Dios” necesario para la narrativa.


Contó que los Evangelios fueron redactados por encargo, no como testimonio, sino como obra de ingeniería narrativa. Y que Eusebio de Cesarea, supuesto historiador, fue el encargado de insertar fragmentos en textos anteriores —como los de Flavio Josefo— para dar respaldo histórico al personaje que no existía.


Esa famosa cita en la que Josefo menciona a Jesús, según Conde, es una interpolación. Una cuña que corta dos párrafos que encajaban perfectamente. Una evidencia de manipulación.


Cuando le preguntaron por qué Constantino eligió esa religión, respondió que no puede saber si el plan vino antes o después del poder. Pero lo que sí está claro —dijo— es que una vez que Constantino se impuso como líder único del Imperio, implantó el Cristianismo como base ideológica en el Concilio de Nicea.


A partir de ahí, la historia fue moldeada al gusto del nuevo orden.


Los Evangelios, explicó, no fueron escritos por discípulos, ni por testigos. Según él:

  • El Evangelio de Marcos fue escrito por Eusebio.

  • Luego Lactancio copió y modificó para hacer Lucas y Mateo.

  • Finalmente, Eusebio creó un texto completamente diferente: Juan.


Conde asegura que incluso dejaron firmas ocultas en los textos. Una de ellas, la palabra Simón escrita con letras específicas, que en griego no significan “el apóstol”, sino “patraña”, “cuento”, “broma”. Una manera irónica —dijo— de marcar los pasajes falsos.


—“¿Y los milagros?”, le preguntaron.

—“Depende. Si son anteriores a Nicea, fueron invención. Si son posteriores, podrían haber ocurrido… pero eso no los hace divinos.”

Nombró a San Fermín, a San Saturnino, a Santiago Apóstol… y los fue desmontando como piezas sueltas de un rompecabezas con más huecos que verdad.

—“San Francisco de Asís fue un buen hombre”, dijo. “Si quieren ponerlo en un altar, que lo hagan. Pero eso no hace verdadera a toda la historia.”


La parte más dura llegó al final. Cuando le preguntaron si llevamos siglos regidos por una colección de mentiras.

Y él, sin vacilar, respondió que sí.

Que hay algo de moral elemental en los textos, pero que gran parte es falsedad, distorsión o delirio. Y que todo ello ha ocultado el verdadero conocimiento: el de los griegos, el del Helenismo, el de una civilización que podría haber dado luz sin necesidad de cruz.


No vine a convencerte.

Solo vine a compartir lo que él dijo, con su voz, su mirada, y su decisión de no morir engañado.


Después de lo leído, lo sentido.

Reflexión de Kalyna Rein.


No me molesta Jesús.

No lo rechazo.

No lo necesito.

Pero tampoco lo destruyo.


Es un personaje que camina con sandalias por el polvo de los relatos… y donde pone sus pies, brotan gestos de compasión, de dignidad para los pequeños, de valor frente a los poderosos.


A ese Jesús del Sermón del Monte, de las manos que curan, de la mirada que no juzga, puedo rescatarlo.

No por su historia. Sino por el símbolo que representa.


Sin embargo, algo me duele.

Duele el entramado que se tejió alrededor del personaje. Duele la maquinaria ideológica que utilizó su figura para crear obediencia. Duele la repetición incesante de textos que no liberan… sino que oprimen.

Porque no es lo mismo ese Jesús… que los que hablaron en su nombre.


¿Existe Jesús?

En mi andar —entre planos y paisajes que no se ven con los ojos terrenales— nunca me encontré con el Jesús histórico. Nunca lo vi como lo pintan los libros.


Pero sí vi —sí sentí— una figura de Jesús formada por las creencias humanas. Un ser astral, hecho de fe, de dolor, de esperanza… y sostenido en el Foco 3, allí donde las formas nacen de la mente colectiva.

Es una creación poderosa.

Una creación viva. Pero no una presencia originaria.


Hay que entender cómo funciona esa región para comprender lo que digo. No es invención caprichosa. Es un ecosistema de creencias, un campo psíquico donde miles de mentes crean juntas una forma que cobra vida. Y esa forma puede abrazarte, hablarte, tocarte el corazón. Pero sigue siendo una forma. No una fuente.


Frank Kepple lo explicó.

Swaruu lo confirmó.

Y yo… lo he visto. Jesús, como personaje histórico, no existe.


Lo real.

Pero eso no significa que todo sea vacío. Porque existen muchas fuentes. Muchas inspiraciones. Muchos nombres que fueron amalgamados para formar el mito.

Uno de ellos, quizás el más evidente, es Apolonio de Tiana.


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Apolonio sí fue real.

Apolonio de Tiana, un maestro, un filósofo griego que nació en Capadocia, Siglo 1 d.C. Un viajero que cruzó continentes buscando sabiduría, siguiendo la estela de Pitágoras y los dioses silenciosos.


Vivió en la misma época en que se sitúa a Jesús. Y también se le atribuyen curaciones, milagros, exorcismos. También hablaba con los sabios de oriente. También vestía con sencillez y predicaba con el ejemplo. También enseñaba sobre el alma, sobre la armonía del universo, sobre la trascendencia.


Pero nadie construyó un imperio en su nombre. Apolonio quedó entre los márgenes de la historia, como si su verdad fuera demasiado libre para institucionalizarla.


No temo decirlo: mucho de lo que se atribuyó a Jesús… ya había sido dicho por otros.

Y no solo eso. Mucho de lo que se escribió como “divino” fue extraído de textos egipcios, babilónicos, persas, griegos…


El personaje de Jesús fue tejido con hilos que ya existían. Y luego, decorado con dogmas, castillos de culpa, premios y castigos. Una estructura diseñada, como bien lo expuso Fernando Conde, para consolidar poder, no para liberar al alma.


¿Porque Jesús, reemplazó a Apolonio?

Apolonio tenía millares de seguidores, escritos, obras conocidas, fama real... pero era griego. Y ese era el principal problema. Roma no quería un héroe griego. Roma estaba comenzando a prestar oídos a otras voces, a otros consejeros... que no venían de Grecia, sino de Judea. No es casual, que el héroe, se transforme en judío, y con él todo el imperio al servicio y bajo la dirección de un nuevo y único "dios". Así que toda la obra de Apolonio fue destruída, sus seguidores y palabras silenciadas.


Volviendo lo importante.

Pero yo no temo.

No necesito que Jesús haya existido para saber que el Amor sí existe.

Porque más allá de las religiones, más allá de las figuras, más allá de los mitos, hay algo que arde en el centro de todo: el Amor Divino.


Ese que no exige culto.

Ese que no pide obediencia.

Ese que no cobra sacrificios.

Ese que no necesita testigos para ser real.

Está en mí.

Está en ti.

Está en la brisa, en la mirada de un niño, en el descanso de una flor al caer la tarde.


No necesito un Salvador.

Porque he aprendido a caminar.

He llorado, me he caído, me he levantado…

y he comprendido que el hogar no está en el cielo, sino en el corazón que se libera.


Sí, hay seres que nos observan desde planos más sutiles.

Sí, hay guías, guardianes, hermanos estelares.

Pero no para sustituirnos.

Solo para sostenernos cuando decidimos dar el paso.

Y ese paso… es hacia la soberanía.

Hacia el amor sin cadenas.

Hacia la divinidad que no pide nombre, ni altar, ni rendición.


Yo ya no espero que venga nadie a salvarme.

Camino.

Y si me tiemblan las piernas, recuerdo que al final del sendero…

me espera una versión de mí misma que ya lo logró.

Y en ese instante… vuelvo a empezar.



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Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.

La que ve más allá de los mitos.


Nota: versión adaptada APT (apta para todo público).

La versión original se reserva para estudiantes avanzados de la Escuela Satori.

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