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2022.12 Alucinógenos y Espiritualidad.

  • Foto del escritor: Kalyna Rein
    Kalyna Rein
  • 22 dic 2025
  • 4 Min. de lectura
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Por Kalyna Rein — Escuela Satori

Libro: Metafísica Matrix 05 - Egregor. 2022

MM05-Blog 12. Versión ATP 2025.


Alucinógenos y Espiritualidad.

Entre el atajo seductor y el camino que no se ve.


Hay temas que no admiten ligereza.

Este es uno de ellos.


No exagero cuando digo que no comprender lo que aquí se expone puede costar años de vida, salud, claridad interior.


No hablo desde el dramatismo, sino desde la observación reiterada de una misma escena que se repite, una y otra vez, con distintos nombres y rostros.


Antes de hablar de proyección astral —y de si puede ser un camino espiritual válido— es necesario detenernos en una pregunta previa, incómoda pero inevitable:

¿Qué ocurre cuando la búsqueda de lo espiritual se apoya en sustancias alucinógenas?

No para juzgar, sino para entender.


El espejismo de la espiritualidad express.


Es frecuente que lleguen consultas sobre el uso de ayahuasca, hongos, tabaco, coca u otras plantas con efectos psicoactivos. Las preguntas suelen venir cargadas de entusiasmo, de relatos intensos, de una sensación de “haber tocado algo grande”.


Recuerdo a alguien decirme —con genuina convicción— que al ingerir hongos sentía un éxtasis profundo, una conexión con la naturaleza, con símbolos ancestrales, con tambores, voces, espíritus que parecían cantarle a la Tierra misma. Que no lo hacía como una droga cualquiera, sino con respeto. Que la planta guiaba. Que la experiencia despertaba un potencial dormido que luego ya no sería necesario volver a estimular.


Escuché todo eso muchas veces, con palabras distintas pero con el mismo fondo.


Mi respuesta siempre fue la misma.

Yo no recomiendo el camino de las sustancias para la búsqueda espiritual.


No porque niegue que generen experiencias, sino porque la mayoría de las personas no tiene la preparación interna, el carácter ni la estabilidad necesarios para que esas experiencias sean verdaderamente integradoras.


Lo que suele ocurrir es algo mucho más simple y mucho más peligroso: la espiritualidad se convierte en una búsqueda de sensaciones. De estímulos. De lo extraño. De lo intenso. Y lo que empezó como “una planta sagrada” termina desplazándose hacia otras sustancias, otros excesos, otras dependencias.


Incluso en culturas originarias —con una cosmovisión radicalmente distinta a la occidental— no cualquiera recorría ese camino. Generalmente era una sola persona por tribu, preparada desde la infancia, sostenida por una tradición, una disciplina y una función clara dentro de su pueblo.


Hoy, en cambio, se vende un chamanismo ligero, turístico, de consumo rápido. Experiencias psicodélicas empaquetadas para personas que no han cultivado paciencia, silencio ni autoconocimiento. Y eso no es un camino espiritual: es un negocio.


El argumento de la impaciencia

A veces aparece otra idea:


Que no todos tienen disciplina para meditar, para sanar, para entrenar la percepción de forma gradual. Que la glándula pineal está “calcificada”. Que el cuerpo no produce lo que debería. Que las plantas vienen a suplir esa carencia.


Detrás de ese razonamiento hay algo cierto… y algo profundamente engañoso.

Sí, el camino meditativo requiere constancia.


Sí, no es inmediato.


Y justamente por eso transforma.

Las sustancias pueden abrir puertas, pero no enseñan a sostener lo que hay del otro lado. Activan el cerebro, pero no limpian el alma. Amplifican lo que ya está dentro, sin ordenar, sin guiar, sin discriminar.


Lo que emerge entonces no es la luz, sino el contenido del propio ego: miedos, deseos, sombras, emociones no resueltas. Y la conciencia, desprovista de anclaje, suele ser arrastrada hacia zonas que resuenan con ese estado interno. En la mayoría de las personas, eso no conduce a claridad, sino a confusión.


Por eso no es raro escuchar historias de personas que, después de estas experiencias, quedan “mal”, negativas, descentradas. No porque la planta sea malvada, sino porque no todo lo que se abre puede ser sostenido.


Lo que no se suele contar

Rara vez se habla del proceso físico real.

De las dietas extremas.

De los días de ayuno forzado.

Del vómito, los cólicos, el sufrimiento corporal prolongado.


El cuerpo lucha contra sustancias que son, en términos simples, tóxicas. Y después de atravesar ese desgaste, la experiencia final suele ser un sueño alucinatorio caótico, intenso, difícil de traducir, difícil de integrar.


Si la gente supiera con claridad lo que implica ese camino —no el relato romántico, sino la vivencia completa— muchos jamás lo elegirían.


Entonces, ¿por qué los chamanes sí?


Esta es una pregunta legítima.

La respuesta es que el chamanismo auténtico no busca lo mismo que la espiritualidad moderna. Las sustancias naturales están ligadas a la conciencia de la Tierra, a Gaia, a la vida vegetal, animal, mineral. En el mejor de los casos, la experiencia conecta con ese nivel de conciencia planetaria.

Ese es el “cielo” de los pueblos indígenas.


Su forma de lo sagrado.


Su manera de dialogar con el mundo.

Un chamán serio dedica su vida entera a ese vínculo. Aprende a entrar y salir. A no perderse. A no romperse. A no desviar su eje. No busca escapar de la condición humana, sino cumplir un rol dentro de ella.


Ese no es el contexto de la humanidad actual.

Vivimos en una civilización profundamente dependiente de estimulantes, calmantes, distracciones químicas. Una humanidad agotada, ansiosa, adicta a lo inmediato. En ese escenario, sumar más sustancias como vía espiritual no eleva: agrava.


El contraste con la proyección astral consciente.


La proyección astral, cuando se aborda desde la disciplina, la sobriedad y el entrenamiento interno, no depende de sustancias. Requiere energía, sí. Requiere paciencia. Pero fortalece en lugar de debilitar.

No abre puertas a la fuerza.


Enseña a esperar el momento.


No roba experiencias: construye conciencia.

Por eso, desde mi experiencia, el camino de los alucinógenos no es el adecuado para la gran mayoría de los seres humanos encarnados hoy. No porque todos los caminos sean iguales, sino porque no todos los cuerpos, mentes y almas están hechos para lo mismo.

Al final, cada quien elige cuánto arriesgar.


Pero hay elecciones que se toman una sola vez…

y consecuencias que se quedan mucho tiempo.

La diferencia entre un atajo y un camino verdadero no siempre se ve al principio.


A veces se revela mucho después, cuando ya no es tan fácil volver atrás.



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Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.

La vuela entre mundos con conciencia.


Nota: versión adaptada APT (apta para todo público).

La versión original se reserva para estudiantes avanzados de la Escuela Satori.

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