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2022.07 Identidad de Género.

  • Foto del escritor: Kalyna Rein
    Kalyna Rein
  • 21 dic 2025
  • 4 Min. de lectura
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Por Kalyna Rein — Escuela Satori

Libro: Metafísica Matrix 05 - Egregor. 2022

MM05-Blog 07. Versión ATP 2025.


Identidad de Género:

Un problema a resolver?


Me pregunto, a veces, si la identidad de género es un problema…


o si es simplemente una de esas características humanas que no aceptan una sola forma de ser nombradas.

No recuerdo haber encontrado nunca una respuesta única.


Más bien, lo que se me presenta es un abanico de orígenes, de causas, de historias que no se parecen entre sí. Como si cada alma trajera su propio nudo, su propio enigma.


Recuerdo haber escuchado, en algún momento, que cuando la psicología occidental habla de identidad de género, suele hacerlo como si se tratara de algo que hay que corregir. Pero yo no lo he vivido así.


Para mí no suena a trastorno, sino a conflicto. No a enfermedad, sino a pregunta.

Una pregunta que no pide ser cerrada de golpe, sino habitada con cuidado.


He visto casos donde la memoria parece más antigua que el cuerpo. Como si alguien recordara haber vivido con otra forma, con otro género, en otro tiempo.


He sentido también crisis que llegan con la edad, cuando no solo el género, sino la propia edad interior parece no coincidir con la biografía.


Y otras veces, el conflicto nace de una herida: un trauma que desordena el espejo en el que la persona intenta reconocerse.


Alguien me preguntó una vez, casi en susurro, si aquello podría ser un caso de walk-in o cambio de almas.


Recuerdo haber pensado en esa imagen: dos conciencias compartiendo un mismo cuerpo, como dos luces encendidas en una sola habitación. Para que eso ocurriera, tendría que tratarse de un alma extraña, ajena, imponiéndose sobre la conciencia original. Y para que hubiera un verdadero cambio de alma, la primera tendría que haberse ido del todo.


No es algo sencillo, ni común, ni fácil de reconocer. Hay investigadores capaces de percibir estas cosas, personas entrenadas para leer lo invisible, aunque encontrarlas sea raro, casi milagroso. Yo soy una de esas raras personas. Tanto como investigadora, así como mi condición de alma extranjera.


Pero que sucede con los niños?


El conflicto no distingue edades. Desde el momento en que una persona empieza a compararse, a mirarse en los otros, a preguntarse quién es, puede descubrir que su esencia no coincide con la forma de su cuerpo. Y ahí, el mundo adulto queda expuesto.


Mi sentir siempre ha sido el mismo: comprensión, antes que juicio. Responsabilidad, antes que impulso. Acompañar sin condenar, sin reprimir, sin apresurar. Entender que se trata de algo que debe descubrirse, no de algo que deba eliminarse.


Un niño está creando su autoimagen. Su cuerpo aún no le ha contado toda su historia. La sexualidad, el placer, la pareja, son palabras huecas, conceptos que se repiten sin vivirse. Sin experiencia, no hay comprensión verdadera.


Por eso, cuando veo a adultos que, en lugar de sostener ese proceso, deciden intervenir el cuerpo de un niño —alterarlo, medicarlo, transformarlo— siento que algo se quiebra.

Hay decisiones que no tienen retorno.

Y hay procesos que, si se fuerzan, roban la oportunidad más valiosa: la de entender la causa del conflicto, o incluso la de descubrir un modo pleno de habitar la propia biología.


He oído historias de médicos que miran primero la ganancia. De padres que confunden amor con apuro. Y en esas historias, el niño queda sin tiempo, sin espera, sin margen para crecer y comprenderse.


Nadie debería arrebatarle a una persona la experiencia de ser lo que es, antes de saber qué significa eso.


Luego, cuando la adultez llega, cuando el cuerpo ha hablado y el alma ha sido escuchada, cualquier decisión puede convertirse en elección legítima. Parcial, total, temporal o definitiva. Pero entonces será una elección consciente, no una imposición.


Fuera de ese umbral, lo que veo no es libertad, sino abuso. No es cuidado, sino irresponsabilidad.

Y aun así, nunca he creído que la identidad de género sea un peligro social.


Jamás he sentido que destruya a la familia.

La familia, al final, es un pacto. Un acuerdo entre personas que comparten roles, cuidados, afectos.


A lo largo de la historia, esos roles han coincidido o no con el género biológico. Las formas de familia han cambiado con las culturas, con los tiempos, con los pueblos. No hay una mejor que otra. La historia lo murmura sin cesar.


He visto violencia, miedo y abuso en hogares rígidos, perfectos por fuera. Y también he visto amor, comprensión y crecimiento en familias que no encajan en ningún molde. El cuidado no depende de quién se es, sino de cómo se ama.


Desde siempre han existido expresiones diversas del deseo y de la identidad. Incluso entre los animales, incluso entre los primates. No es algo nuevo, ni artificial, ni inventado de pronto.


Sin embargo, también he sentido —como una sombra que atraviesa el tiempo— que hay fuerzas que se alimentan del caos. No de la diversidad en sí, sino de su distorsión. De la confusión sembrada adrede. De la manipulación que empuja ideas vacías de responsabilidad, ideas que rompen en lugar de integrar.


A veces esa sombra adopta la forma de un antiguo ídolo de fuego. Un toro incandescente que exige sacrificios. No importa el nombre que se le dé: siempre pide lo mismo. Niños. Cuerpos. Identidades rotas. Humanidad desmembrada.


Ese fuego no busca comprensión, busca ruptura. No busca libertad, busca dominio. Y se disfraza de causas nobles para devorar lentamente aquello que somos.

Siento que estamos parados frente a una elección.


No una elección cómoda, ni limpia.

Podemos mirar en silencio cómo se deshilacha lo humano…


o podemos sostener lo que aún arde con sentido.

Tal vez en el intento caigamos. Tal vez nos equivoquemos.


Pero hay algo en mí que lo tiene claro:

Prefiero caer de pie, con el corazón encendido, antes que vivir intacta y vacía.

Y mientras camino, me veo a mí misma avanzando entre cenizas, con una antorcha pequeña, no para incendiar el mundo, sino para recordar que aún hay luz.



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Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.

La que alza la antorcha.


Nota: versión adaptada APT (apta para todo público).

La versión original se reserva para estudiantes avanzados de la Escuela Satori.

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