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1. Viajera Astral.


Por Sensei, Kalyna Rein — Escuela Satori

Libro: Metafísica 02 - Viajera Astral.

Compilación: 2020. Blog 01. ATP.

Fecha publicación: 2020.


Viajera Astral

Mi historia. Kalyna Rein.


Me llamo Kalyna Mariel Rein.

Estas palabras no nacen por vanidad, ni por el anhelo de convencer a nadie.

Son una ofrenda.

Una forma de encender una pequeña lámpara en medio de un mundo brumoso, para que los que aún caminan entre preguntas encuentren, al menos por un instante, una voz afín.


Las dedico a los viajeros.

A los que sienten, aún sin saber por qué, que no pertenecen del todo aquí.

A los que miran el cielo y recuerdan algo sin nombre.

A ellos, a ustedes, les entrego este hilo de mi historia, que no es solo mía.


Sé que intentar resumir una vida es como intentar atrapar el océano en un cuenco. Pero hay esencias que pueden derramarse en palabras, si se las pronuncia con el corazón.


Muchos investigadores de lo paranormal han clasificado mi experiencia como un caso "Walk-in". Un alma que no nace en un cuerpo, sino que entra más tarde, con propósito y memoria de otro cielo. Entiendo que eso, por sí mismo, puede parecer demasiado.

Lo es. Pero no por eso deja de ser real.


Por eso, creé un canal en YouTube. Un grupo en Facebook. Una página web.

No para buscar seguidores, sino para dejar marcas visibles en este mundo donde todo se olvida.


Lo hice por quienes, como yo, sienten que algo los llamó desde más allá del velo.

Por quienes viven una vida entre mundos.

Por quienes necesitan saber que no están solos.


Yo soy una viajera astral. Una planeswalker.

Una palabra que alguna vez resonó en mi alma como un tambor antiguo:

la que camina entre planos.


Pero antes de que las dudas te envuelvan, déjame contarte cómo comenzó todo.

O al menos, cómo lo recordé.


No soy humana en sentido completo.

Soy un ser multidimensional, nacida en planos más altos, más sutiles, más cerca del núcleo de la Luminosa Unidad. No importa el número que algunos quieran asignarle. Esas mediciones no alcanzan. Solo puedo decirte que vengo de un lugar tan puro, tan inmenso, que ninguna palabra terrestre puede abrazarlo entero.


Ese mundo que fue mi hogar… ese jardín dorado entre estrellas…

sigue latiendo dentro de mí.

A veces lo sueño.

A veces lo escucho al cerrar los ojos.

Me habla con aromas, con cantos sin lengua,

con la nostalgia de lo que nunca fue perdido del todo.


La Tierra, con su verdor, su brisa, sus montañas de niebla y sus océanos que respiran, me lo recuerda. Esta Tierra aún tiene algo de ese otro mundo.

ciertos bosques.

En ciertos ojos.

En ciertos instantes donde el alma se desborda sin razón aparente.

Los recuerdos de aquel plano no me pertenecen como una propiedad.

Son un eco, una herencia, una llama encendida en lo profundo de mi ser.

A veces no sé si fui yo la que vivió todo eso…

o si lo vivió la parte de mí que aún permanece allá, esperando mi regreso.


Lo único que sé con certeza, es que esa luz, esa morada sin tiempo, es real.

Y que yo, Kalyna, soy uno de sus hilos sueltos, tejida aquí para recordarlo.


Así comienza mi historia.

Como un susurro entre dos mundos.

Como una lágrima dulce que no cae… porque ya ha sido cielo.



Mi Hogar Celestial.

¿Cómo son los recuerdos de ese hogar…?

Cuando cierro los ojos, vuelven a mí como un aliento antiguo.

Veo bosques abundantes de árboles majestuosos, tan inmensos como edificios, tan antiguos que parecían sostener el cielo.


En sus raíces profundas nos sentábamos a descansar, sintiendo el pulso vivo de la tierra bajo el cuerpo. Montañas verdes se alzaban a lo lejos, coronadas por picos nevados que brillaban como cristales al amanecer. Entre ellas corrían ríos y cascadas de aguas claras, cantando sin palabras, recordándonos quiénes éramos.


Recuerdo la brisa fresca y húmeda de la mañana, el sol majestuoso del mediodía derramándose sobre prados en flor donde corríamos sin miedo,

donde saltábamos desde acantilados para volar…

y, a lo lejos, siempre presente, la silueta de nuestra magnífica ciudad,

como una promesa suspendida en el horizonte.


Y sin embargo, todo esto no es más que un fragmento.

Una hebra diminuta de realidades inmensas.


El Astral Superior no se organiza en planetas, estrellas o galaxias, como lo hace la mente terrestre. Allí existen Regiones Astrales, burbujas de espacio y tiempo donde una o varias realidades se manifiestan y respiran.


Mi hogar pertenece a una alianza de cuatro Reinos. Tres de ellos hunden su historia en tiempos tan lejanos que el recuerdo se vuelve mito. Todos están coordinados por un Consejo de Sabios, cuya tarea no es gobernar, sino sostener el equilibrio, garantizar el respeto y preservar una sociedad fundada en la igualdad.


Aunque lo llamamos Reino, no se parece a los reinos de la Tierra. Nadie es más ni menos que otro. No existe jerarquía del valor. Todos somos necesarios. Todo es compartido. No hay dinero. No hay posesión. Es una sociedad orientada al servicio, donde servir al bien común otorga, de manera natural, el derecho a disfrutar de todo lo que la comunidad ofrece.


Cada uno de estos Reinos se ha ido especializando con el tiempo. Algunos en la sanación, otros en la protección, otros en la sabiduría. Se complementan como órganos de un mismo cuerpo. Su origen se remonta a antiguos grupos humanos que evolucionaron juntos, que aprendieron a organizarse para crear espacios de seguridad, amor y crecimiento.


Durante mucho tiempo, la mayoría de quienes habitaban allí jamás había oído hablar de la Tierra. Así fue… hasta hace muy poco.


Hoy, esos Reinos se encuentran involucrados en una tarea delicada y profunda: asistir a los humanos, tanto astrales como terrestres, en su intento por salir de la prisión invisible en la que se encuentran.

Colaboran con el trabajo de la Federación Galáctica en la quinta dimensión. Mi gente rescata humanos de planos inferiores, los sana, y los aloja en ciudades del Astral Medio o Superior, para que puedan continuar su evolución en armonía.


A estas ciudades yo las llamo Colonias. Son supervisadas por el Consejo. No soy amante de los nombres ni de las etiquetas; suelo llamar a cada Reino por el nombre de la familia noble que lo rige. Pero para quienes sienten curiosidad, diré que el último Reino organizado con seres rescatados de la Tierra de tercera dimensión lleva el nombre de Absalom.


El Astral Superior está habitado por seres evolucionados de innumerables razas, además de la humana. Aunque todos se relacionan, la afinidad es importante. En el Astral, como en los mundos físicos, la pertenencia a un grupo es esencial. Todo requiere un orden. La prioridad de atender a un ser recae primero en su familia, luego en su raza. Cada quien debe, antes que nada, acomodar su propia casa.


Nuestro Reino, en particular, alberga hoy a seres humanos de diversas clases, mortales e inmortales, extendiéndose a través de múltiples niveles dimensionales.


¿Y cómo somos los astrales de mi clase…?

Conservamos, por lo general, la forma de los humanos biológicos: hombre y mujer. Lo hacemos por gusto, porque este diseño nos resulta cómodo y familiar, y porque forma parte de nuestro patrón energético.

Pero no estamos limitados a ello.

Somos cuerpos de energía consciente.

Podemos cambiar de forma y apariencia. Podemos ser esferas de luz, tan pequeñas como una célula o tan vastas como una montaña. Podemos elegir ser hombre, mujer o una combinación de ambos.

Nuestra altura habitual es similar a la de los europeos nórdicos. Aunque recuerdo que, cuando alguno regresaba de los planos de la Unicidad, volvía transformado, con un tamaño tres o cuatro veces mayor, como si la luz aún no hubiera terminado de acomodarse en su forma.


Nuestros cuerpos pueden sentirse sólidos al tacto. Percibimos casi igual que los seres biológicos. Usamos los cinco sentidos, como cualquier humano terrestre. Pero el dolor no nos atraviesa de la misma manera. Una espada puede clavarse en mi pierna sin provocar sufrimiento, solo la sensación del objeto allí.

En cambio, ciertas energías sí pueden causar dolor. Si una parte del cuerpo es cortada, de la herida brota luz, y la forma se recompone de inmediato. Es difícil dañarnos. Nuestro diseño interno es inverso al de los seres biológicos: el sistema energético es lo más denso, y los órganos, lo más sutil.


Nuestros sentidos se extienden más allá de lo que la Tierra conoce. Cada filamento de energía transmite aroma, sabor, textura, color, temperatura, significado, emoción, información… y enlaza todo ello con otros conocimientos.

Por eso nuestro lenguaje es holístico. En una sola gota de luz podemos compartir ideas, visiones, comprensiones enteras, que se despliegan de golpe o lentamente a través del tiempo. Por eso no etiquetamos. Los nombres siempre son incompletos.


No necesitamos comer. Pero si lo deseamos, damos forma a la energía y creamos alimentos, especialmente para compartir con seres que se nutren de lo físico. Nuestra verdadera nutrición proviene de las energías universales.


En cuanto a la reproducción, podemos aparecer como bebés o manifestarnos en cualquier etapa del crecimiento. Depende de cómo los progenitores —un ser, una pareja o incluso un grupo— decidan organizar una conciencia-forma. Ellos eligen apariencia, habilidades, conocimientos y ritmo de maduración.

Aun con estas posibilidades, dar lugar a una nueva vida es un acto profundamente serio entre los Seres Superiores. Toda vida merece respeto, y ese respeto comienza desde su concepción.


El crecimiento no depende del tiempo, sino de la conciencia. Un ser puede permanecer en estado infantil durante largo tiempo y, de pronto, atravesar cambios rápidos que lo llevan a una forma adulta. Por lo general, la evolución es progresiva, más veloz que en los cuerpos biológicos, pero siempre sostenida.


Desarrollamos habilidades que los humanos llamarían poderes de dioses. Creamos realidades, espacios, seres, objetos, con la voluntad, como si fuera magia. Cambiamos nuestra vestimenta, armas, defensas. A veces hacemos aparecer alas en la espalda, aunque no las necesitamos para volar. Son un símbolo. Las usamos al descender a planos inferiores, como un mensaje silencioso de paz y amor.


Ahora tienes una idea del mundo del cual provengo…

Pero entonces surge la pregunta inevitable.

¿Por qué estoy aquí, en esta Tierra de tercera dimensión?

Para responderla, debo hablar de quien considero mi madre. Mariel.

Porque su historia se entrelaza con la mía,

y es su búsqueda la que, como una corriente invisible, termina desencadenándolo todo…




Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.

La Hija del Cielo.


Continúa en Blog 2.


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