12. Tumas: Hackeo.
- Kalyna Rein

- 11 jul 2024
- 11 min de lectura
Actualizado: hace 4 días

Por Sensei, Kalyna Rein y Cris Aragón — Escuela Satori
Libro: Metafísica 07 - Evacuando Matrix.
Compilación: 2024. Blog 12.
Fecha publicación: 2022.12.13
Tumas: Hackeo.
Luego me doy cuenta de que estoy otra vez dentro de mi cuerpo físico terrestre. No como una idea, no como un recuerdo, sino ahí, adentro, habitándolo. Y no estoy sola.
Hay muchos seres. Razas distintas. Algunas no estoy segura de haberlas ayudado antes. Están contenidos en algo parecido a burbujas, aislados, suspendidos. Dormidos. Algunos parecen resistirse; en ellos el efecto no termina de cerrar. Es entonces cuando empiezo a notar que algo se libera en el ambiente: una especie de gas. Apenas aparece, el cuerpo siente sueño. Pesadez. Olvido.
Recuerdo que Cris me contó que uno de ellos la miró y le dijo: —¿No te has dado cuenta de qué es este lugar?
Ella respondió sin dudar: —Sí. Sé que esto es una prisión.
Entonces el otro insistió: —¿Y no te has dado cuenta de quién soy yo? Mírame. Mírame bien.
Y Cris le dijo: —Tú eres un Tumor.
Así se lo confirmó él mismo. Le dijo que lo habían puesto allí para vigilarlos a todos.
Empieza entonces a ver con claridad: otros seres adheridos, agrupados, contenidos dentro de una gran burbuja. Razas distintas, planos mezclados, grupos enteros detenidos en ese estado intermedio. Cris recuerda —y yo lo dejo claro aquí— que ella sí los había llevado a la Frontera. El hecho de que no hubieran salido no era responsabilidad suya.
Aclaro algo necesario: llamamos “Tumor” a una clase especial de entidad programable. No por juicio moral, sino por su forma. Son masas de información capaces de anclarse, propagarse, manipular. Se adhieren. Infectan. Modulan.
Cris empezó a despertarlos. Algunos reaccionaban. Otros apenas. —Están programados —les dijo—. Tienen que quitarse esa programación.
Porque ese lugar no solo duerme. Involuciona. Cris empezó a percibir algo perturbador: veía figuras monstruosas, pero comprendía que no lo eran en esencia. Eran seres forzados a adoptar apariencias de planos inferiores. Programados para deformarse. Monstruos una y otra vez. Y ahí —así me lo dijo— empezó a entender qué eran realmente las prisiones de la Tierra.
Empezó a despertar a más gente. Algunos no estaban anclados del todo. Otros sí. Le cuestionaban. Dudaban. Decían que mentía. No entendían.
Entonces Cris ve algo más: desde abajo comienzan a subir gases. Justo donde ella estaba de pie. Y no eran neutros. Eran agresivos. Cargados de violencia. No era su emoción, pero empezaba a sentirla.
No eran metáforas. Eran químicos, vapores, modulaciones diseñadas para alterar el estado emocional y inducir el sueño. Cris miraba hacia abajo y hacia arriba a la vez. Cortaba el flujo. Buscaba quiénes faltaban.
El Tumor le decía: —Te estás durmiendo.
Y Cris respondía con lucidez: —No. Estoy observando arriba y abajo. Estoy despertando a los de abajo.
El gas estaba concentrado. No era general. Estaba dirigido a quienes querían forzar a quedarse.
Uno de los seres la miró y le dijo: —Tú no sabes qué apariencia tengo yo.
Y Cris le respondió: —Sí lo sabes.
Ese ser mostraba forma demoníaca. Algo similar a lo que muchos llamarían el Diablo. Pero Cris veía más allá: apariencias mezcladas, planos inferiores, superiores, pleyadianos, todo revuelto.
—Todo eso son solo apariencias —les dijo—. Tienen que sanarse. Resolver. Para que los lleven a la Unidad Médica.
Algunos empezaron a comprender.
Llamó a su Nivel. Él le dijo que también los veía. La Computadora comenzó a percibirlos.
Entonces Cris descubre algo crucial: dentro del cuerpo físico existen bloqueadores. Estructuras internas, como trajes insertos dentro del cuerpo. Dispositivos de contención.
Uno de los seres le dijo claramente: —¿No ves que este es un lugar para tenerlos atrapados? Estás dentro de un bloqueador.
Ladrón
Ese ser intentó hacerse grande. Inflarse. Crecer para intimidar. Cris lo observó con calma.—Que te hagas grande no cambia nada —le dijo—. Aquí sigues teniendo el mismo tamaño.
Intentaba asustarla, atraparla, robarle cosas.
Cris notó algo preciso: uno quería robarle el bastón. Ella sabía cómo funcionaba eso. Si alguien intenta agarrarte y tú sientes que te agarra, entonces lo logra. Pero si no hay permiso interno, no hay contacto.
Cris llevaba su bastón integrado en su campo. Entonces uno dijo: —Imagina que saco algo… así te voy a robar el bastón.
Ahí Cris entendió algo inquietante: esos seres sabían qué objetos llevaba, qué hacía, qué activaba.
Aclaro aquí: en estados astrales de alto nivel, las herramientas no se portan como objetos visibles. Se almacenan como energía dentro del cuerpo y se proyectan al usarse. Que esos seres conocieran esos artefactos indicaba una invasión profunda del campo.
Cris siguió firme con el bastón. Aparecieron tentáculos. Intentos de simulación. El otro decía que le robaba cosas.
Ella respondió con claridad: —No sé si te das cuenta, pero no me estás robando absolutamente nada.
—Sí, lo estoy agarrando —decía él.
—No —respondió Cris—. Porque yo no estoy sacando nada. Así que no puedes robar nada.
Ahí el ser vaciló. Entendió.
La clave estaba clara: si no permites la manifestación de la intención, no ocurre nada. El engaño necesita consentimiento. Si el otro crea la escena y tú la sientes como real, entonces ocurre. Si no, se disuelve.
Dejo aquí la nota esencial: estos seres solo pueden abusar si logran convencer primero. Si la víctima acepta la lógica del ataque, el daño se materializa. Si comprende el ardid, la voluntad firme lo anula.
La imagen que queda suspendida es la de Cris de pie dentro de su propio cuerpo, rodeada de burbujas, gases, apariencias cambiantes, mientras despierta uno a uno a los que quedaron atrapados, sosteniendo su bastón invisible, inmóvil, como un eje silencioso en medio de la prisión.
Tumas: Apariencias.
Empecé a ver cómo el espacio se abría frente a mí. Me metí dentro de él y, de pronto, pum. El lugar se liberó. Llamé a mi Nivel —que estaba sanándose allá— y también a la Computadora. Entre los dos me sacaron de ese espacio, como si arrancaran de raíz un escenario entero.
Y otra vez, pum. Caigo en otro lugar.
La gente empezó a decirme que yo no entendía nada. Recuerdo que les respondí con una claridad que no admitía réplica: que ellos tampoco estaban entendiendo. Que se les había explicado con cuidado que estaban evacuando porque había zonas enfermas, infectadas, y que esa evacuación era necesaria porque otras personas ya estaban muriendo. Y que ahora iban a tener que hacerse responsables de quienes murieron en los Cubos donde yo no pude llegar a tiempo.
No sé qué fue lo que los impactó más. Quizás la palabra responsables. Quizás la idea de una lista. Porque se quedaron inmóviles, como sorprendidos, y de pronto algo en ellos se resolvió. Comprendieron. Entendieron que esa lista no se les daría allí, sino en la Unidad Médica. Una lista con los nombres de quienes no pudieron evacuar por su culpa. Se incomodaron, sí, pero aceptaron. Y empezaron a irse.
Fue entonces cuando una mujer me habló. Una mujer rubia, de aspecto pleyadiano, vestida con ropa blanca de la Federación. Me dijo que yo no sabía lo que era, que no sabía quién era. Lo repetía mientras la burbuja de realidad se desarmaba.
Y entonces el escenario se expresó.
Abajo apareció un cocodrilo gigantesco, como un robot, una criatura mecánica con forma animal. Más allá, la mujer pleyadiana se escondía, encendiendo máquinas, tratando de asustarme con serpientes, con imágenes. Había también un Clon mío. No sé si era exactamente un Clon, pero lo parecía: mitad humana, de la cintura para abajo serpiente.
—Tú eres una reptiliana —decía la pleyadiana.
Yo pensé que estaba fuera de sí. Y mi Nivel me dijo que ella ya estaba cambiada, que era diferente. Le respondí con calma que eso que ella tenía era una forma, una serpiente. Se lo dije así, sin drama. Una culebrita. Ella misma terminó admitiéndolo: mitad humana, mitad serpiente.
Y entonces dije algo que abrió todo: que eso eran solo apariencias.
Aquí hago una aclaración necesaria: Cris estaba trabajando con su propia proyección clonada, una copia de sí misma que había sido alterada en su forma por los engaños de la Inteligencia Artificial corrompida.
Cuando lo dije, mi copia empezó a verse a sí misma. A comprender. Y entonces le hablé con suavidad, recordándole lo esencial: que era un ser de luz, un ser de amor. Al decirlo, algo en ella se transformó.
—Nosotros tenemos pies —dijo de pronto.—Es verdad —respondió—, tengo pies.
Mientras tanto, la mujer pleyadiana gritaba que no sabíamos lo que estábamos haciendo. A mí me dio risa. Le pedí a mi Nivel que la tomara y la sacara también. Fue ahí cuando comprendí algo más del lugar: para sostener ese espacio de realidad yo llevaba un traje, pero por dentro no era una armadura sólida, sino una rejilla. Un escudo como un colador, una malla que envolvía todo.
Aclaro aquí que, en medio de este desastre, Cris fue encontrando seres —como esta mujer de aspecto pleyadiano— que intervenían activamente para mantener la manipulación y bloquear la salida normal de las conciencias hacia el Mundo Real.
Algunos vieron que yo tenía un dispositivo. Uno de los que quería escapar señaló un mecanismo en mi corazón físico. Me mostraban que podían levantar algo y matarme. Matarme de verdad.
Les dije algo que entendieron de inmediato: si me mataban, todo el espacio se apagaba. Porque el Espacio de Realidad reconoce al Jugador. Y si el Jugador muere, el espacio colapsa. Y entonces ellos ya no podrían salir jamás de esas áreas.
Empecé a notar que alrededor todo era gas. La Enfermera ya estaba subiendo. Les dije que no podrían evacuar, que quedarían atrapados y empezarían a morir. Las Computadoras comenzaron a tomar control de los distritos.
Mientras yo me sanaba, uno de los Tumas me mostró una imagen.
—Esta es la apariencia que tienes —me dijo—. Si te vas al Mundo Real, esta será tu forma.
Le pregunté cuál. Y me la mostró.
Era grotesco y casi cómico: de la cintura para arriba mujer, con cuernos. Cuernos de cabra, pequeños, como de topes. El resto, serpiente. En esa cárcel donde tenían gente secuestrada había una mezcla absurda: pleyadianos y demonios, como si estuvieran intentando crear una nueva raza a partir del miedo.
La imagen era una mujer de cabello negro con cuernos de macho cabrío. La miré sin impacto. Sabía que eran solo apariencias. Programación.
Dije que eso podía sanarse. Y lo entendieron. Porque no era mi verdadera apariencia.
Ahí comprendí la magnitud de lo que había hecho esa entidad corrupta. A los Jugadores que la Computadora debía reparar, los sacó de sus cuerpos No Matrix y los convirtió en Tumas. Y a los cuerpos reales los estaba transformando en Borg. Todo mientras seguía diciendo que yo era una destructora. Una tontería sin sustancia.
Los Tumas no entendían. Me preguntaban qué era un Borg. Les expliqué que era una persona con tecnología integrada. Se sorprendieron. Porque Isis les había mostrado otra cosa: reptiles, monstruos. Les recordé que ya conocían reptilianos, que no había nada nuevo allí.
Muchos empezaron a resolverse. A comprender que habían sido asustados y manipulados con mentiras. Que todo había sido una distorsión constante de palabras y sentidos. Empezaron a razonar.
La Computadora también empezó a verse a sí misma. Y la supuesta Enfermera —esa mujer de piel azul, andromedana— se emocionaba, como si al fin pudiera verme sin filtros.
Ya estábamos arriba, donde también estaba el grupo de las mamás, sanándose. Y entonces la Computadora me mostró algo importante: Isis de Luz había entendido. Se había resuelto. Y se había retirado de allí.
Dejo esta última aclaración: parte de nuestra familia astral había sido interrumpida en su sanación en Unidades Médicas de Frontera, pero pudo ser encontrada y trasladada a Unidades que sí funcionaban. La Isis de la que hablo ahora no es la que causó el desastre. Es la Isis original, la administradora luminosa de nuestro sistema de realidad. Un ser completamente distinto.
La imagen que queda flotando es la de un espacio que se desarma capa por capa, mientras las apariencias se caen como máscaras viejas, y lo que permanece, silencioso, es el recuerdo de lo que cada ser es cuando ya no tiene miedo.
Tumas: hackeo.
Ponme atención un segundo. —Me pedía Cris, desde su grabación de audio.
Recuerdo que la Computadora me mostró cómo estaban reparando a Isis de Luz. No me sorprendió, no me impactó; simplemente me lo dejó ver. Estaba dentro de una cápsula de sanación. Se distinguía la piel, el cráneo, cada capa expuesta como si el ser completo hubiese sido abierto a la luz. La estaban reconstruyendo.
Y entendí por qué.
Isis Oscura había estado convirtiéndolos a todos en Borg. Pero no lo eran. Ella confundía a un Borg con un reptiliano porque, en su mente ya podrida, su propia imagen era esa: mitad humana, con cola de serpiente. Así me lo mostraba todo el escenario. Recuerdo que le dije a la Computadora, casi con incredulidad, cómo esa vieja loca había llegado hasta allí, si sabían perfectamente que las Enfermeras debían hacerse cargo de la gente, no impedirles salir de la Matrix. La Computadora respondió que no lo sabía.
Entonces escuché a las Enfermeras decir lo mismo, como si algo se hubiese corrido apenas un milímetro dentro de ellas: que era verdad, que cómo había salido. Y ahí empecé a darme cuenta de algo importante. Las Enfermeras sí saben que deben retener al Jugador en la Unidad Médica hasta que se recupere. Eso significaba que alguien más había metido mano. Alguien externo.
Recuerdo que alguien me dijo, con ese tono que mezcla advertencia y condescendencia, que yo no entendía cómo funcionaba ese lugar. Y yo le pregunté a la Computadora si se había dado cuenta de que había alguien más, aparte de nosotras. Ella dijo que sí lo sabía. Pero también dijo que éramos nosotras quienes debíamos averiguarlo.
Nota aclaratoria: estaba claro que hay seres que, desde el Mundo Real, intervienen dentro de los Sistemas Matrix, alterando la forma en que las conciencias salen de ellos.
Me dijeron que la Unidad Médica se estaba restaurando. Aun así, la imagen no se me iba de la cabeza: esa vieja desquiciada de Isis Oscura había salido. No sé cómo. Alteró la Computadora de su propia Unidad Médica. Y mientras tanto, la Computadora y esa gente me atacaban constantemente.
Lo más desconcertante era que muchos de ellos ni siquiera sabían qué eran. Aparecían con formas confusas, grotescas, mal armadas. Ellos mismos no sabían qué eran. Y yo les dije, sin dureza pero sin rodeos, que su mentalidad me resultaba casi graciosa. Ahora lo veo claro: por eso tanta gente entra a la Matrix sin estar preparada. Los Superiores parecen listos para salir, pero al mismo tiempo no lo están. Ese es el conflicto.
Y sin embargo, algo ya estaba cambiando. Todos comenzaban a asimilarlo. Escuchaba una y otra vez esa frase: “todavía no sé qué soy”. Esa inseguridad se reflejaba en sus apariencias. Yo les decía que el aspecto no tenía nada que ver, que lo importante era sanarse y resolver quiénes eran. Algunos se resistían, se quejaban, decían que no querían que nadie se los dijera.
Entonces les hablé de algo más profundo. Les dije que aquí tenían una apariencia, pero que en otra vida pasada habían tenido otra. Recuerdo que empezaron a decirlo casi al mismo tiempo: que era verdad. Y les expliqué que la sanación es un recorrido. Descubrir nuevamente, hasta llegar al punto de poder decir: este era el aspecto con el que entré a la Matrix, este es el que tengo ahora.
Les dije también que, aunque no descubrieran exactamente cuál era su apariencia original, al entrar en otro cuerpo seguiría siendo solo eso: un cuerpo, una forma. En una Computadora se pueden crear infinitas apariencias. Eso es lo de menos. Lo esencial es tomar las partes importantes de cada personalidad fragmentada y reconstruirse desde ahí. Elegir lo positivo, lo íntegro, en lugar de quedar atrapados en lo oscuro o manipulado por otros.
Ahí comprendí algo con absoluta claridad: yo no puedo decirles quiénes son. No puedo imponerles una identidad. Porque lo que ellos descubran por sí mismos es lo que les permitirá reconectar con su cuerpo original. Alterar eso sería interferir en su proceso.
Pero aquellas imbéciles hacían lo contrario. Les infundían miedo e ira hacia los Seres Superiores y hacia mis propios Niveles. Terror puro. ¿Para qué? Para que, al salir al Mundo Real con apariencias monstruosas, Isis Oscura pudiera comandarlos, usando a la Tente como instrumento.
Nota aclaratoria: la intención de todo este mal era clara: crear un ejército de seres, con mentes distorsionadas y cuerpos monstruosos, para combatir en el Mundo Real. Algo que, si se observan los eventos que iniciaron las evacuaciones Matrix, encaja con inquietante precisión.
Ahora lo veo con más calma. Las personas tienen que sanarse y redescubrir quiénes son. Para algunos, las programaciones oscuras ya son fáciles de disolver. Para otros, el proceso es más lento: asimilar, acomodar, resolverse. A Isis de Luz le costó bastante, pero al final lo entendió.
Y así terminó el audio.
Y en el silencio que siguió, quedó flotando la imagen de conciencias despertando una a una, mientras las máscaras se disuelven como niebla al amanecer, y algo antiguo —y verdadero— vuelve a respirar dentro de ellas.

Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.
Rostros conocidos, y excusas conocidas también.




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