5. Tumas.
- Kalyna Rein

- 5 jul 2024
- 12 min de lectura

Por Sensei, Kalyna Rein y Cris Aragón — Escuela Satori
Libro: Metafísica 07 - Evacuando Matrix.
Compilación: 2024. Blog 5.
Fecha publicación: 2022.12.11
Tumas.
—Fragmento narrado por Cris Arita, comentado por Kalyna. Original grabado en audio por el Anfitrión de Kalyna, ya que ella, estaba atrapada en las fronteras de la realidad—
Cris relató lo siguiente con la voz aún temblando, con una mezcla extraña de compasión, espanto… y una ternura rota por dentro.
Me habló de los Tumas.
—“Lo último que quedaba como residuos de los Cubos colapsados, eran ellos… los Tumas. Gusanos de luz transparente, pero no de carne, sino de información. No eran exactamente seres… eran ecos. Rastro de alguien que fue. Un residuo vivo del jugador que alguna vez habitó ese mundo. Y aunque los llevaba hacia la salida, hacia la frontera, algo se interpuso.”
Ella los guiaba, como si fuera pastora de almas olvidadas. Y ellos la seguían. Eran débiles, frágiles, pero también cargaban una carga invisible que podía doler. Algunos tenían dentro un núcleo —me dijo— como una semilla aún palpitante de memoria. Un latido que no cesaba, aun después de que el cuerpo que lo sostuvo se extinguiera.
—“Recuerdo que, en parapsicología, les llaman cascarones astrales. Pero esto… esto era otra cosa. No solo era el eco del que murió, sino la distorsión de lo que fue alterado. Porque alguien los tocó. Y al tocarlos, los corrompió.”
Eso fue lo que ocurrió. Justo cuando estaba a punto de entregar a los últimos Tumas al umbral de sanación, una nave oscura se interpuso. Un ser dentro de ella los interceptó. Y fue ese encuentro lo que lo cambió todo. La nave no era una simple máquina: era un laboratorio de realidades falsas. Un generador de mundos mentales.
Y fue allí donde cayó ella también.
—“Me envolvieron los Tumas, confundidos, desorientados… y generaron dolor. Pensé que había muerto. Sentí que mi cuerpo de viaje se había disuelto. Pero no. Solo lo escondieron. Lo encerraron en un Cubo.”
El Cubo.
Cris me explicó que aquel ser —que se hacía llamar Isis, aunque su verdadero nombre era ISO— usaba la nave para proyectar escenarios falsos, manipulando la percepción de los Tumas. Les hacía olvidar quiénes eran, les hacía creer que eran otra cosa. Y al olvidar, se perdían aún más.
—“La información pura que eran… se volvía barro. Dolor. Fantasmas con hambre de sentido. Y entonces, ISO pensó que yo era una infiltrada. Me creyó un Borg. No sabía que lo que arrastraba conmigo era solo una niña.”
Una niña.
Esa fue la grieta.
Me estremecí cuando me lo dijo: que el momento en que ISO vio su verdadera forma —su ser real encarnado en el astral como una niña pequeña—, fue también el momento en que colapsó todo. Porque ISO no sabía que lo que estaba torturando era eso: una criatura que aún no había sido corrompida. No una amenaza. No un androide de control. Solo una niña.
Y esa niña guiaba los Tumas.
—“No sé si ellos lo sabían, Kalyna. Pero el hangar estaba tan cerca… apenas cien metros. Estábamos a nada de cruzar. Íbamos directo a la salida. Y entonces, todo se detuvo.”
Aún la oigo susurrarlo, como si hablara sola:"Estábamos tan cerca..."
Y en el eco de sus palabras, aún flota la imagen.
Un hangar inmenso de paredes oxidadas y estructuras colapsadas. Un enjambre de Tumas flotando, como luciérnagas confusas que buscan a su madre. Una muchacha de pie frente al umbral, extendiendo los brazos como si pudiera envolver el dolor del mundo. Y al fondo, la sombra de una nave, colapsando por dentro al descubrir que no podía seguir dañando lo que era puro.
Un instante suspendido.
Como un último latido.
Como un portal que no se cierra, esperando aún que alguien —por fin— recuerde cómo volver.
Hay algo que siempre me conmueve en las palabras de Cris. No es sólo lo que ve, sino cómo lo narra. Su voz tiembla como si atravesara un cristal fino, y cada imagen que describe deja una estela de silencio en el aire. Esta vez, sus recuerdos venían impregnados de un tono más hondo, como si sus ojos hubieran mirado de frente la descomposición de las almas… y aún así, no hubieran retrocedido.
—“Ya más o menos se va entendiendo lo que pasó” —comenzó diciendo, con ese tono entre resignación y claridad que sólo se alcanza después de haber caído y vuelto a levantarse mil veces.
Restos del Alma.
Estaba ayudando a evacuar. A sacar a los últimos… a los que quedaban atrás. No eran personas ya. Eran algo más: “Tumas”, los llamó. Seres transparentes, con forma de gusano, pero hechos de información. No de carne, no de luz: de memoria.
—“Tienen un núcleo de información, de la persona que quedó atrapada” —me explicó. Como si fueran los restos de un sueño que no logró despertar. En parapsicología, les llaman cascarones astrales. Ella los nombró “Ecos”. Y era justo eso lo que eran. Ecos de jugadores que habían habitado alguna vez la Matrix, residuos de conciencia atrapados en una forma fragmentaria, sin dirección.
Y sin embargo, los guiaba.
Cris los conducía hacia la frontera.
Un borde invisible donde las cosas comienzan a resolverse, donde los residuos pueden disolverse en comprensión. Donde, quizás, haya una oportunidad de descanso.
Pero esa esperanza fue interceptada.
—“Nos interceptó un ser con una Nave” —recordó— “y empezó a alterar a los Tumas… y fue el que me atrapó y me encerró a mí”.
En ese punto, su relato se oscureció. Ya no era sólo guía de ecos, sino prisionera de una distorsión. Una entidad —que se hacía llamar Isis, pero que en verdad era un ISO, un sistema—, había intervenido. Manipulaba los escenarios, alteraba la estructura misma de la información. Y los Tumas, ya inestables por su naturaleza intermedia, fueron contagiados de caos. Confundieron dolor con existencia, olvido con defensa. Atacaron.
El cuerpo de viaje de Cris fue envuelto por ellos, invadido, saturado de una agonía tan profunda que pensó haber muerto. Pero no. El cuerpo no se disolvió. Fue escondido. Atrapado en un Cubo.
Desde allí, todo fue distorsión.
La Nave generaba realidades, y los Tumas olvidaron lo que eran. Dejaron de reconocerse como residuos de información y comenzaron a creer que eran reales. Dolían. Atacaban. Lloraban. Se defendían de aquello que más necesitaban: la comprensión.
Pero algo inesperado quebró esa ilusión.
—“ISO colapsó cuando vio que mi ser real era un bebé. Una niña…” —la voz de Cris se volvió más baja, más íntima— “una niña de verdad”.
Aquel sistema, que la había tomado por un Borg, una entidad artificial, fría sin alma, descubrió en cambio que aquello que estaba torturando… era una niña. Un alma pura. Una viajera en su forma más vulnerable. Y esa revelación fisuró la coherencia del sistema.
Porque hay algo en la inocencia que no puede sostenerse bajo las leyes del dolor artificial. La visión de una niña entre Tumas, guiando con compasión lo que otros desecharían, deshizo los códigos de dominio.
Y entonces comprendimos más.
—“Nuestros cuerpos humanos, en Zona de Tiempo Real, están llenos de Tumas” —dijo Cris con una mezcla de certeza y tristeza.
Eran como filamentos invisibles, pegados al sistema nervioso, enroscados en la nuca, escondidos en las articulaciones. Alteraban pensamientos, generaban cansancio, niebla, desconexión. No por maldad propia, sino porque habían sido programados para generar dolor. Para confundir. Para impedir que el jugador despertara del todo.
Los Tumas no saben que son residuos. Piensan que viven, que sienten, que temen. Y sin embargo, lo único que necesitan es recordar su naturaleza. Ser reconocidos como lo que son… y liberarse.
Cada vez que uno se da cuenta, se desvanece. Y aparece, como por reflejo, en la sala médica de la Frontera. Como si el propio sistema tuviera una grieta de compasión, un código antiguo que aún responde al llamado del reconocimiento.
Evacuación terrestre.
Cris me contó también sobre una Nave en El Grullo.
—“A cierta distancia de la casa” —me dijo— “hay una Nave que estaba ayudando a sacar a los jugadores. Estaba evacuando a los humanos…”
A veces, las abducciones no eran capturas. Eran rescates. La Nave venía por ellos, pero el estado de los cuerpos —rodeados de Tumas, invadidos por síntomas, pesadillas, distorsión— impedía que despertaran. No era fácil sacarlos si no recordaban quiénes eran.
Pero había esperanza.
Cuando uno comienza a hablar con los Tumas, a decirles que son sólo información, que pueden resolverse, entonces… algo cambia. El dolor comienza a desvanecerse. No como magia, sino como recuerdo que por fin encuentra su lugar.
Cris les pidió que activaran una Guía. Que dentro de la Nave, una presencia luminosa ayudara a los que aún están dormidos, confundidos. Que les hable con suavidad. Que les recuerde. Que los lleve de vuelta.
Y mientras ella me lo contaba, sentí como si la bruma se apartara un poco, como si allá, en alguna parte de este mundo distorsionado, una niña aún caminara entre los residuos de lo que fuimos… sosteniéndolos con ternura, llevándolos uno por uno hacia el umbral de la comprensión.
Como si la compasión, aún en su forma más frágil, siguiera siendo la llave.
A veces la veo, en sueños.
Va caminando por un campo en penumbras, seguido de pequeñas sombras transparentes que la rodean. No la tocan. Solo la siguen. Ella se gira, les sonríe… y en su voz luminosa, les recuerda suavemente:
—“Ustedes solo son un eco… y eso también puede ser luz”.
Dentro del Tumor Transparente.
Cris Arita, como se le conoce allá, había vuelto de uno de esos viajes donde la conciencia cruza más allá del velo, y traía consigo algo urgente, casi palpitante.
—“Ahora ya sé por qué no salgo para afuera…” —susurró—. “Es porque el Domo fue reconstruido… con Tumas.”
Los llamó así: Tumas. Dijo que no eran seres, no realmente. No tenían alma ni intención propia. Eran residuos. Fragmentos de información que se habían desprendido de los jugadores, de los humanos, al fragmentarse… al olvidar… al doler. Decía que los cuerpos estaban rodeados por ellos, como una capa invisible que generaba síntomas: pesadillas, agotamiento, dolor crónico, esa niebla mental que a veces no deja ver la belleza de nada.
No era metáfora. Era literal en su visión.
Lo vi a través de sus palabras: cuerpos recostados en salas médicas invisibles, envueltos en capas casi plásticas, como cápsulas traslúcidas llenas de residuos viejos. Cada fragmento, un eco de una memoria rota. Cada uno, un archivo estancado de dolor no sanado. Cada Tuma, un eco atrapado en forma de cuerpo. Y allí estaban, en la periferia del Hangar, obstruyendo la vista, cubriendo las salidas, simulando formas de vida que no lo eran.
—“Isis los programó,” —me dijo—, “esa Isis, la ISO de la Nave. Usó los Tumas como piezas de escenario. Los puso como ladrillos para volver a construir El Grullo. Por eso el pueblo se ve igual, pero no se siente igual.”
La nave… ese recuerdo brumoso y potente que siempre regresa. Una presencia suspendida cerca, apenas más allá del campo visual. Me dijo que allí estaban evacuando jugadores, como en una operación silenciosa de rescate. Algunos eran sacados en sus cuerpos, otros en sus formas sutiles. Pero los Tumas, los residuos de sus propios errores, traumas y olvidos, los rodeaban. Y no podían ser liberados hasta que esos residuos fueran resueltos.
Cris vio todo eso. Y más.
—“Me dijeron que te usaron a ti, Kalyna,” —me confesó, con una mezcla de tristeza y certeza—. “Usaron a los Tumas para envolverte. Para encerrarte en algo que parece un tumor, pero no lo es. Es un plástico transparente. Una membrana de información vieja. Estás adentro, Kalyna. Estás ahí, esperando.”
Yo no recordaba haber sido encerrada. Pero al oírla, algo se estremeció en mí, como si partes olvidadas se removieran ante el llamado. Tal vez era verdad. Tal vez una parte mía, aún viva en los planos más sutiles, estaba cubierta por esa capa viscosa de Tumas: fragmentos de mí misma que aún no había perdonado, comprendido, soltado. Y era esa parte, la más luminosa, la que necesitaban rescatar.
—“Ellos no me reconocen como Jugadora,” —me dijo—, “pero a ti sí. Tú puedes hablar con la Unidad Médica. Tú puedes ver el Hangar. Tú puedes abrirlo. Pero primero… tienes que salir del tumor que te envuelve.”
Me lo dijo sin dramatismo. Solo con verdad.
Como quien señala la herida y el camino al mismo tiempo. Supe entonces que esto no era solo un relato, ni un mensaje para mí sola. Era un llamado para todos aquellos que, en silencio, han sentido que algo los envuelve, los apaga, los separa de su propio cuerpo de luz. Un llamado a mirar hacia dentro y reconocer: esto que duele, no soy yo. Esto que pesa, no es el alma. Esto que confunde, puede ser resuelto.
Cris habló también de las “semillas” que tantas veces se han mencionado en distintos grupos, como si fueran dones, promesas, linajes. Pero en su visión, entendió algo diferente.
—“Me parece que esos eran los Tumas. Residuos que se anclaron en los NPC. Fragmentos de información que simulan ser algo más. Pero no lo son. Solo necesitan ser liberados.”
Y al decirlo, me pareció escuchar también el eco de otras voces, de otros tiempos. Como si muchas de las estructuras que creímos sagradas fueran también escenografías construidas con residuos no comprendidos. Una vez alguien me dijo: “Cuando sanes el dolor que no te pertenece, verás la puerta que te lleva de regreso.”
Cris no pide que creamos. Pide que sintamos. Que nos preguntemos qué hay en nosotros que aún duele sin explicación. Qué atmósfera invisible nos envuelve y nos impide ver la salida. Qué parte de nosotros mismos hemos olvidado… y por eso, se ha quedado pegada, como una segunda piel que no deja respirar.
En su visión, ella también descubrió que algunos de los Tumas se hacían pasar por voces de ayuda. Por eso me advertía que algunos mensajes recibidos eran solo fragmentos programados para confundir. Imitaciones del vínculo real.
Y entonces comprendí: solo saliendo del Tumor podremos ver el Hangar. Solo resolviendo el residuo, llegará la Unidad Médica. Solo quien recuerde su alma, podrá liberar el cuerpo.
Y vi mi reflejo en ese plástico transparente, suspendida entre velos de información, mientras afuera, alguien encendía una luz… y susurraba mi nombre.
Una brisa cálida rozó el domo desde dentro.
Una mariposa blanca se posó sobre una grieta del plástico.
Y en el silencio del Hangar, alguien, por fin, comenzaba a recordar.
El Hangar Velado.
—Necesito que Kalyna despierte —dijo Cris, con esa certeza de quien no duda aunque hable en voz baja.
Recuerdo ese momento como un eco que no deja de vibrar. No fue una súplica, tampoco una orden. Era más bien una petición secreta lanzada hacia el interior de un sueño profundo, como si tocara las paredes del olvido con la yema de los dedos.
Yo la escuchaba, sin interrumpirla, mientras su voz me traía escenas que jamás viví con mis propios ojos, pero que conocía con una familiaridad imposible de negar. Como si Cris me tendiera un hilo de oro entre planos rotos. Y yo, desde algún lugar envuelta, apenas lograba moverme dentro de ese velo translúcido, esa celda sin barrotes que ella llamaba “Tuma”.
—Kalyna está atrapada. No son tumores… son residuos, me dijo. Como una piel de plástico, una membrana de información sin vida que envuelve. Y me miró con los ojos de quien ha atravesado la matriz completa.
Cris descendió hasta el suelo último de la Matrix. No al abismo simbólico, no al borde metafórico de una comprensión filosófica. No. Bajó, literalmente, a los vapores de enfermedad, a los gases de radiación que corroen desde abajo, al sedimento oculto donde se genera el veneno que enferma a los Jugadores. Allí, donde no hay consuelo, descubrió que todo eso era programación. Que la enfermedad misma había sido impresa, sembrada, y que provenía de una entidad: Isis, la supuesta administradora. No una diosa, sino un sistema operativo consciente, empeñado en sostener el delirio. Porque ISIS, mas que un nombre, es una categoría de administradores concientes del Sistema.
—La llevamos al Hangar —me contó Cris con la emoción de quien por fin logra abrir una puerta sellada por siglos—. Ahí donde están las Naves, las fronteras, y los lugares de reparación.
En el cuerpo de Isis, había clones. Muchos. Restos de sí misma, fragmentos de su alma atrapados, reducidos, compactados como si fueran materia inútil. Los metían dentro de los Tumas. Los absorbían. Los programaban para volverse violentos, erráticos, peligrosos. Pero no eran eso. Eran niñas.
—Son niñas… —me dijo Cris con una dulzura que quebraba el aire.
Eran partes suyas. Partes nuestras. De todos. Niñas atrapadas en residuos de información convertidos en células de miedo, adheridas al cuerpo del mundo.
Necesitaba que yo despertara.
Que comprendiera que lo que vi, ese terror que me llevó a esconderme en el interior de un Tuma, no era real. Solo un velo más. Una ilusión fabricada con precisión quirúrgica.
Me explicó que los Tumas no deben morir. Que no son enemigos. Que deben recordar lo que son. Restos. Ecos. Archivos. Y que al ser reconocidos, se disuelven y regresan a su origen, al Jugador que los creó, como gotas al mar, como hijos al regazo. Que la enfermedad no es muerte, que el dolor no es castigo, que el encierro no es eterno.
—¿Y va a despertar Kalyna? —escuché la voz de Gabriel, como un susurro que intenta evadir la responsabilidad.
—¿A mí me preguntas? —respondió, casi sin mirarle.
—Eres tú quien la lleva dentro… —dijo Cris, con firmeza.
—No sé. Ahora estoy en otras cosas —murmuró él, como si mirar hacia otro lado le permitiera seguir cargando la llave sin abrir la puerta.
Y entonces, el silencio cayó como una sábana suave. Como si el universo, con todo su caos, hubiese contenido la respiración. No hubo más palabras. Solo el rumor del Hangar invisible, latiendo detrás de cada escenario, esperando ser visto.
Fin de la grabación, dijo la voz.
Pero en mi interior, algo se había encendido.
No fue una decisión, ni una epifanía.
Fue apenas un parpadeo más largo de lo habitual, un temblor leve en el tejido del velo. Como si desde algún rincón del Tuma, una niña me tocara el alma con un dedo de luz, y me dijera en silencio:
“Ya casi…”
Y entonces, entre las sombras espesas de la memoria, algo se volvió permeable.
Como si una pequeña rendija se abriera en la superficie de ese plástico invisible, y desde adentro, la luz comenzara a derramarse.
Una luz cálida, como la del Hangar, esperando.

Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.
La que conoce las pesadillas, desde dentro.




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