18. Susurros en la Penumbra.
- Kalyna Rein

- 18 jul 2020
- 6 min de lectura

Por Sensei, Kalyna Rein — Escuela Satori
Libro: Metafísica 03 - Realidad ilusoria.
Compilación: 2020. Blog 18. ATP.
Fecha publicación: 2014.
Mundos internos:
Susurros en la Penumbra.
Hay cosas que no tienen rostro, pero nos habitan.
Susurran bajo la lengua de nuestras emociones. Se ocultan detrás de los hábitos, en los reflejos que no entendemos, en los impulsos que no reconocemos como nuestros.
En esta ocasión, quiero abrir una de esas puertas.
Una más.
Una que cruje como madera húmeda al amanecer.
No es la primera vez que me adentro en estos senderos… Pero cada historia es distinta.
Cada criatura tiene su nombre,
cada sombra su canto,
cada eco su propio rostro, aunque no lo veamos al espejo.
Esta vez, el viaje no era mío solamente. Era de Cris. Mi compañera. Mi amiga de mil planos.
Yo la acompañaba, como tantas veces, en su descenso. Descenso no como caída, sino como búsqueda. El acto valiente de quien no teme mirar su propio abismo, y reconocer, sin huir, todo lo que ha sido silenciado.
Ella descendía.
Y yo me sumergía con ella.
No en sentido figurado, ni poético. Real.
Mis sentidos abiertos como faroles en la niebla.
Mi capacidad de encontrar seres en rincones imposibles era nuestro mapa.
Su voluntad, nuestro fuego.
Ya habíamos vivido otras batallas.
Ya sabíamos que los monstruos no siempre viven en cuevas…
muchos respiran dentro del cuerpo humano.
La experiencia con Estelita, el exorcismo de la entidad oscura, las noches sin nombre…
todo eso nos había preparado.
Y sin embargo… esta vez era distinto.
Porque ahora, tras el silencio que quedó luego del exilio de aquel ente invasivo, comenzaron a oírse otros susurros.
Otros… más suaves. Más antiguos. Más olvidados.
En la quietud reciente de su alma, Cris comenzó a percibir presencias que antes estaban ahogadas. Como si al irse el grito, se escuchara el murmullo.
Así que se sentó.
Cerró los ojos.
Y descendió.
Apagó los ruidos de afuera, y permitió que su conciencia se expandiera,
como quien bucea en un lago negro y brillante.
Tiempo después me compartió lo que vio. Recuerdos. Sensaciones.
Imágenes que parecían retazos de un pasado escondido bajo mil capas de olvido.
Su memoria viajaba hacia la infancia.
Hacia los años en que, aún pequeña, ya era arrastrada a mundos lejanos.
Mundos extraños, a veces siniestros, a veces tan parecidos al nuestro,
que costaba distinguir si lo vivido era sueño o verdad.
Aquellos eran los días de Darjnia, cuando servía aún a la Señora Oscura.
Días de viajes terribles, de misiones sombrías…
de pactos y territorios que ahora nos parecen remotos.
En uno de esos mundos oscuros, una niña.
Cris la conoció como una igual. Jugaron. Se acompañaron. Fueron amigas.
Y un día, al regresar al cuerpo… Cris no volvió sola.
Aquella pequeña alma se aferró a ella. Se ancló. Se quedó.
Y ahora… ahora estaba allí.
Viviendo con ella.
Una alma astral. Una huésped.
Una polizona luminosa, oculta por años tras el bullicio de otras voces.
Una amiga. Una hermana quizás.
Alguien que se negaba a marcharse porque el vínculo era real.
Porque el amor no necesita pasaporte.
Yo estaba frente de la niña con el corazón abierto.
Luego de explorar los rincones de ese universo olvidado.
No había juicio en mis pensamientos.
Solo el acto compasivo, de llevarle a un mundo verdadero y mejor.
Solo un temblor suave, el que deja la certeza de que somos muchos más de lo que creemos.
Y me pregunté cuántos de nosotros cargamos dentro almas que no son nuestras.
Quizá por eso, a veces, sentimos cosas que no entendemos.
Decimos frases que no parecen nuestras.
O amamos a quien no conocemos…
Quizá… hay susurros en la penumbra que aún no hemos querido escuchar.
Y al cerrar los ojos, en medio de ese silencio sagrado, solo queda la respiración lenta de un cuerpo que no está solo. Y el leve parpadeo de una luz que nunca se extinguió.
✴
El despertar.
Con el alma dispuesta y la mirada enfocada en lo invisible,
me preparé para descender, para buscar, para encontrar.
Una vez más crucé el umbral sin puertas, proyectándome suavemente por la ZTR, atravesando cielos como telas finas, viajando miles de kilómetros en apenas un suspiro, hasta llegar a la habitación donde Cris meditaba.
Allí estaba ella. Silenciosa.
Como esperando. Como quien se acurruca en un borde de sí misma.
No venía sola. A mi lado, como una luna maternal, me acompañaba Dalia, nuestra querida Guía. Su presencia era un arrullo tibio, un manto de ternura que todo lo envolvía.
Y entonces, alzando la voz como quien convoca a las estrellas, llamé.
Llamé con esa firmeza dulce que nace del amor, reclamando que quien se hallara en los mundos internos, se hiciera presente.
La invocación se repitió, como un eco sagrado.
Hasta que al fin… una silueta se incorporó.
Frágil. Blanca. Delicada como la neblina al amanecer.
Se sentó sobre la cama, como si el cuerpo de Cris se hubiera levantado. Pero no era ella.
Dalia se acercó. Le tomó la mano con ternura antigua, y la ayudó a salir por completo del cuerpo donde había habitado.
Y allí la vi. Una joven. Unos veinte años quizás.
Hecha de luz. De esa luz que no enceguece, sino que abraza.
—“Soy Lucrecia” —dijo con voz de flor—.
—“He crecido junto a Cris desde la infancia.
— Escapé con ella de aquel mundo, y aquí encontré refugio… y amor.”
Nos agradeció.
Con esa gratitud serena de quien ha sido vista por fin.
Dijo que amaba a Cris profundamente.
Y en ese instante, supe que también yo la amaba.
Como se ama a quien protege lo que una ama.
Le ofrecí entonces una invitación. Un regreso. Una nueva morada.
Le mostré, junto a Dalia, una visión de nuestro hogar en el Astral Superior.
Casas rodeadas de naturaleza, espacios diseñados con la calidez de lo familiar.
Estancias sin puertas, donde no se necesita camino para llegar.
Un mundo donde la vida respira con ritmo de brisa.
Lucrecia sonrió.
Su luz se intensificó, como si dentro de ella estallara una pequeña aurora.
Aceptó.
Y antes de partir, Dalia le tomó la mano nuevamente.
Y desde esa caricia, su cuerpo fue tomando forma más definida.
Al final, apareció ella: una joven de belleza cristalina, delgada, blanca como el alba, con cabellos negros que caían como ríos oscuros, y ojos de cielo despejado.
Juntas cruzamos la puerta blanca que, como en otras ocasiones, se abrió ante nuestro llamado. La misma que llevó a Estelita hacia su nuevo hogar.
Del otro lado, nos esperaban Guías de nuestro Reino.
Entre ellas, Darién, una de nuestras hermanas mayores.
Nuestras Madres llegarían después, pues no querían enviar duplicados: ellas vendrían en persona.
Dalia se quedó con Lucrecia. Y yo… regresé.
Una vez de nuevo en la habitación, algo en mí me susurró que no todo había terminado.
El portal por el que Lucrecia había salido se cerraba lentamente, como si intentara guardar un secreto.
Entonces lo pregunté, con la voz del corazón:
—“¿Hay alguien más que desee salir?”
Nada respondió. El silencio era denso, casi tibio.
Pero no me conformé.
A veces, las almas pequeñas no se atreven a hablar.
Entonces extendí el brazo. Y lo hundí suavemente dentro del portal que se había formado, sobre el vientre de Cris. Como quien busca entre recuerdos guardados en una vieja caja.
Y entonces, lo inesperado.
Manos. Manitas. Pequeñas, muchas.
Tomándome con fuerza, tirando de mí como si la esperanza tuviera dedos.
Me sobresalté. Me solté con delicadeza.
Y al incorporarme, comprendí que no estaba sola.
No podía asistirlas a todas.
Invoqué entonces a nuestras Guías. Y en un resplandor, ellas aparecieron.
Les expliqué a las pequeñas presencias ocultas, con palabras suaves,
que había llegado el momento.
Que podían irse. Que serían amadas. Que serían libres.
Y entonces sucedió…
Como si una galera mágica se abriera, comenzaron a salir niños y lucecitas blancas, uno tras otro, como copos de algodón liberados al viento.
Corrían, volaban, reían.
Y las Guías los tomaban con ternura, llevándolos uno a uno al portal blanco.
La escena era una danza de almas,
una primavera inesperada naciendo en medio del invierno.
Finalmente,todo se aquietó.
Nada más salió.
Volví a mirar dentro del portal.
Ya no había sombras.
Solo una luz blanquecina. Suave. Pacífica.
Lo cerré con un gesto.
Y entonces, apareció Maira. Nuestra Guardiana.
Ella se quedó con Cris.
Y yo… me deslicé de vuelta a mi refugio.
Al cuerpo que me esperaba en Argentina.
Quizá alguien se pregunte por qué había tantos niños dentro de Cris.
No lo explicaremos ahora.
Basta decir que, desde pequeña, ella viajaba.
Y ofrecía su corazón como casa. Como refugio.
Y algunos, se quedaron.
Yo solo sé que esa noche, el portal no era solo una herida.
Era una puerta de regreso. Un camino abierto a la ternura.
Y mientras me recostaba en mi refugio astral, aún podía escuchar las risas suaves de aquellos niños corriendo entre los árboles de una tierra sin sombras.

Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.
Testigo de la Compasión inexplicable.




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