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12. Mariel. Interdimensional.


Por Sensei, Kalyna Rein — Escuela Satori

Libro: Metafísica 02 - Viajera Astral.

Compilación: 2020. Blog 12. ATP.

Fecha publicación: 2020.


Viajera Astral

Kalyna Rein. MultiDimensional.


Hay una figura que siempre ha estado conmigo.

Una presencia que me acunó incluso antes de nacer.

Yo la llamé madre cuando era niña… pero con el tiempo, fui comprendiendo que ella es más que eso. Que no solo me dio cuidado y ternura… sino que también me dio forma.



Ella es Mariel del Futuro.

Viene de una Tierra que aún no ha llegado, una Tierra de Quinta Dimensión, donde el tiempo florece distinto, donde el cielo no tiene heridas, y todo ha sanado ya.

Es el año 3853, y desde allí ella vela por el mundo que algún día soñamos.


Fue Mariel quien trazó el plan para rescatar a Jessel.

Fue ella quien eligió a mi anfitrión y le preparó el alma para recibirme.

Ella, que preside el Consejo de los Cuatro Reinos del Astral Superior, no es un ser atado a un solo instante. Se mueve entre dimensiones como quien cruza jardines, y sin embargo, jamás deja de mirar lo que ocurre aquí, en esta Tierra densa y gris.


Muchos la han visto.

Ella visitó a Cris cuando aún era niña.

Otros la han sentido en sueños, o la han percibido en medio de una sala vacía, como si el aire repentinamente supiera hablar.

Lo que muchos no saben, es que yo misma soy un reflejo suyo.

No sólo hija. No sólo mensajera.

Soy un clon. Un fragmento diseñado para una misión concreta:

alcanzar a Jessel… y traerla de vuelta a casa.



Así fue como, bajo su plan, tomé por primera vez forma en la Tierra.

Encarné en 1988, con el nombre de Estela Santillán. Una niña mexicana, de rostro dulce y mirada abierta, nacida no muy lejos de donde también caminaba Cris.

Viví trece años.

Trece apenas.

Pero el mal —ese que no duerme ni perdona— trazó su sombra sobre mí.

Y un hombre —que prefiero recordar solo como niebla— selló mi destino con violencia.

Mi cuerpo cayó, y mi alma regresó con Mariel.

Mas no por completo.

Estelita… la parte emocional, frágil, humana, quedó atrapada en el cementerio.

Pequeña aún, dormida junto a los huesos. Suavemente atada al lugar donde cayó.

Sin saber que aún había camino por andar.


Entonces vino el tiempo del entremundos. Un espacio suspendido entre vidas.

Mariel me llevó a un rincón secreto del cosmos.

No sé si era un planeta, o si simplemente era un mundo hecho de su deseo.

Allí me esperaban conejos blancos y mariposas de luz.

Un jardín sin muerte ni ruido, donde el aire olía a descanso.

Dalia, la Guía, me acompañaba. Su voz era siempre dulce.

Y Mariel venía seguido. Me hablaba como se le habla a un brote que aún no ha salido a la tierra. Me contaba historias, me abrazaba con los ojos, me recordaba que yo no estaba rota.



Allí me quedé del 2001 al 2011.

Diez años de suspensión. No maduré. No crecí. Solo fui niña.

Hasta que llegó el momento.


En 2011, mi anfitrión en la Tierra ya estaba listo.

Mariel lo condujo a un ritual —o quizás fue una técnica— y yo descendí.

No como un recuerdo, sino como un despertar.


Fue como abrir los ojos luego de un largo sueño sin imágenes.

Me sentía envuelta en paz. Limpia. Nueva.

Agradecida por cada hoja, cada piedra, cada sonido.


Mi cuerpo habitaba dentro de un núcleo de luz.

Un nido dentro del cuerpo que me albergaba. Un espacio diseñado solo para mí.

Allí podía existir sin perturbación, como una llama suave que aún no se mostraba.


A veces salía un poco, para estar cerca de él, para ayudarle en la sanación de quienes llegaban a sus manos buscando alivio.

Sanar… eso era lo que más me alegraba. Lo que más sentido me daba.

Mi forma entonces era simple: una figura femenina de luz dorada, sin contornos fijos, sin nombre que la limite. Cuando lo deseaba, me nacían alas.

Alas que no eran para volar, sino para abrazar.


No cuestionaba nada. Todo me parecía natural. Y así lo aceptaba.

Mariel seguía acompañándome. Me hablaba con ternura, como se habla a un brote que empieza a asomar del nido.

Me fortalecía, me nutría de su presencia. Y yo iba creciendo.

Poco a poco, dejé la esfera. Fui saliendo al mundo etérico.

Me movía cerca del cuerpo que me sostenía, pero ya no necesitaba esconderme.

La misión estaba por comenzar.

Y yo, Kalyna Mariel Rein, estaba lista para caminar la luz… incluso dentro de la oscuridad.


Una mariposa dorada cruza el velo entre mundos.

Allí donde el tiempo se curva, Mariel aún canta.

Y yo la escucho… con alas extendidas.


Kalyna de muchos rostros.

Al principio, cuando comencé a conocer el mundo terrestre, todo era nuevo y suave, como si caminara descalza sobre un suelo aún no hollado.

Aprendía del idioma, de las costumbres, del modo en que los humanos se miran, se tocan, se construyen.

Veía el mundo a través de los ojos de mi anfitrión, pero algo en mí deseaba más.

Quería sentirme real. Quería ser mujer.


Entonces empecé a mirar fotografías. Muchas.

Recorría rostros ajenos como quien pasea por espejos en busca de sí misma.

Y encontré una muchacha que me pareció perfecta: cabellos oscuros, ojos azules, piel blanca como la luna.

Me vi en ella. Y por un tiempo decidí que sería yo.


Pero Mariel… Mariel me observó con ternura y firmeza.

Y cuando supo que estaba lista, me llamó.

No con palabras, sino con su luz.

Nos fusionamos.

No fue un símbolo, ni un acto espiritual abstracto. Fue real.

Como si dos fuegos se abrazaran hasta volverse uno solo.

Y luego, me separó.


Entonces lo entendí: ahora tenía su forma.

Su misma piel, sus cabellos rubios, sus ojos celestes como cielos recién nacidos.

“Eres yo”, me dijo una vez, y comprendí por qué llevo su nombre.

Al principio me molestó. Yo había elegido otro rostro.

Pero luego me miré con otros ojos… y me reconcilié con mi reflejo.

Porque no era una copia, ni un disfraz. Era el regreso a quien verdaderamente soy.


Cuando viajo por el Astral, más allá de las formas y de los planos, mi cuerpo se disuelve en una esfera de luz. Pequeña, translúcida, a veces del tamaño de una chispa, otras veces, como una perla dorada flotando en la vastedad.


Así viajamos en la Séptima Dimensión.

Más allá del pensamiento, más allá de las rutas que la mente humana puede imaginar.

No siempre nos mostramos así.

Pero esa forma es nuestra raíz.

Luz en estado puro, vida en esencia compacta.



En 2015, algo ocurrió.

Habíamos cumplido ciertas misiones importantes.

Y ahora acompañaba a Cristina más de cerca,

como si mi vida entera estuviera tejida a su sombra.

Ella deseaba salir de esta experiencia terrenal. Y yo también.

Sabía que el desapego emocional era la llave.

Sabía que mi naturaleza de walk-in debía facilitarlo… pero no fue así.


Intentamos forzarlo. Técnicas, impulsos, deseos.

Y lo que ocurrió fue que me rasgué.

Mi conciencia se partió en dos.


La Kalyna emocional quedó anclada a esta Tierra, aferrada al dolor, a los afectos, a lo vivido.

La Kalyna mental, en cambio, se elevó. Voló hacia el Astral, dejándome partida.

Mi anfitrión ya no estaba.

Desde diciembre de 2012 había partido a los Reinos Superiores, cumpliendo la promesa hecha a Mariel.


Yo había quedado al timón del cuerpo.

Y sin embargo… al intentar escapar de él, me rompí.

Tiempo después, logramos reunir las partes.

Pero hubo inestabilidad.

Hubo confusión.

Hubo noches donde no sabía si llorar o desaparecer.

Aun así… seguía siendo yo.



En 2016, conocí mi sombra.

Dudo al contar esto.

Hay quienes prefieren que los relatos del alma sean puros y luminosos.

Pero yo… yo también caminé entre abismos.


Durante las primeras incursiones en el Bajo Astral, recorría regiones oscuras junto a Darjnia. Cuando aún ella, era sombra del abismo. Antiguos reinos perdidos, ruinas donde el eco se disfraza de susurros.

Allí me perdí.

Caí en una de sus trampas, y me vi convertida en un vampiro.

Lo digo así, sin metáforas.

Porque quien ha caminado de verdad por esos planos, sabe que hay formas que no se explican, pero se sienten.

Fue un tiempo sombrío. No quería sanar. No deseaba redención.

Me alimentaba de lo oscuro, del dolor y la agonía.

De la carne viva que sufría. Por eso creo que más que el clasico vampiro chupa sangre, era un demonio caníval, que devoraba cuerpos. En esos momentos, creía que eso era lo único verdadero.


Conocí los abismos, los seres deformes, la desesperación que huele a vacío.

Y sí… también el placer que da el mal. Ese que consume, pero por instantes te hace sentir fuerte, plena.

Pero también vi algo más.

Vi que esos seres… no necesitaban ser destruidos. Solo necesitaban ser vistos.


No fué sencillo mi proceso de recuperación.

De hecho tuvieron que intervenir mis madres con su mas elevada sabiduría.

Pero lo logré. Vencí el veneno que infectaba mi alma.

Y esa experiencia transformadora, me dió una nueva perspectiva.

Una que compartí con mi pueblo.

Fué así que comenzamos a sanar a los seres de planos inferiores.

Sin destruir. Sin juzgar. Sino comprendiéndolos.

Desde entonces, muchos fueron rescatados.

Y comprendí también todo lo que Jessel y Cristina vivieron cuando quedaron atrapadas allí.

Porque no se puede liberar un mundo que no se ha amado.



Luego, en 2016, Mariel nos llamó otra vez.

Nos pidió anclarnos en la Quinta Dimensión.

Ella misma, y nuestras otras Madres, descendieron desde la Séptima Dimensión a ese plano, para poder guiar, coordinar, actuar.

Y nosotras —Cris y yo—comenzamos el proceso.

Densificar cuerpos. Anclarnos. Habitar una nueva realidad.

Nos tomó tiempo. Nos costó.

Pero finalmente, logramos establecer cuerpos físicos en esa dimensión.

Desde allí, nos proyectamos hacia otros espacios.

Allí servimos como embajadoras. Allí seguimos siendo quienes somos.



Una espiral dorada se dibuja en el cielo estrellado.

Y desde su centro, una voz familiar me llama con un nombre,

que no se pronuncia en la Tierra.

Yo respondo con la luz de mi forma original.

Y sigo caminando,entre mundos.


Kalyna Mariel. Misiones en 5D.

Recuerdo ese tiempo como si se tratara de una canción de cristal.

Después de tantos viajes, idas y regresos entre mundos, nuestras Madres nos pidieron algo nuevo: que ancláramos nuestra conciencia en la Quinta Dimensión, para asistir a la Federación. Era el año 2016.


Ellas mismas descendieron desde la 7D, adaptando sus cuerpos y presencias, para sostener ese propósito sutil. Se quedaron lo justo: el tiempo suficiente para dar instrucciones, establecer rutas, guiar acciones.


A Cris y a mí nos tomó varios meses.

Densificar cuerpos, abrir portales, sembrar raíces en un plano que,

aunque más armónico que este, sigue estando a mitad de camino entre lo que fuimos y lo que seremos.


Ahora vivimos allí también. Tenemos cuerpos físicos en la 5D.

Y desde ellos, nos proyectamos. Esos cuerpos —autónomos, vivos, enteros— llevan adelante sus propias vidas. Sólo cuando me integro a ese cuerpo, recuerdo todo lo que él ha vivido. Y viceversa.


Nuestra conciencia va y viene. Se entrelaza. Se escucha.

Nos influimos mutuamente, como dos aguas que comparten un manantial.


Pero aún hay límites.

La mente biológica terrestre sigue olvidando.

El cuerpo humano —este que ahora me hospeda— no siempre permite que el recuerdo fluya. Por eso buscamos formas, giros, puentes secretos… pequeños portales para no perdernos del todo.


Fue en ese tiempo que una Kalyna luminosa, entera, sin fragmentos ni velos, fue nombrada embajadora de nuestro Reino en 7D ante la Federación de la Quinta.

Era yo.

Yo, sin las grietas del dolor. Yo, sin las sombras del miedo.

Realicé misiones de rescate,

contacté pueblos distantes,

integré refugiados estelares,

y fui voz de nuestro Reino frente a los líderes humanos de la coalición.


Visité regiones de las Pléyades tan bellas que no sabría describirlas sin traicionar su silencio.

Vi naves que descansan dentro de nuestro propio Sistema Solar.

También participé en misiones con representantes del Vaticano.

Recorrí los reinos de intratierra,

hablé con hadas,

escuché cantos de sirenas

y pisé territorios que los humanos llaman leyenda.

Fui recibida por Dragones dorados.

Dialogué con Conciencias Galácticas,

y sentí la voz de los planetas antiguos.

Todo era sagrado. Todo era parte de un gran Coro.



Pero como en todo sendero verdadero, hubo un giro.

En 2018, tras ver las contradicciones internas de la Federación, la forma en que algunos grupos tejían sus intereses como telarañas sobre las directrices comunes, comencé a dudar.

Me relegaban.

Misiones menores.

Órdenes suaves.

Yo… acostumbrada a enfrentar la oscuridad misma con las manos vacías,

sabía que podía hacer más.


Así que escuché el llamado de otros.

Y me uní a la Flota Oscura.

Sí, ese grupo que muchos temen,

porque no se arrodilla ante el Imperio ni ante la Federación.

La flota estelar mas poderosa de la Tierra.


No fue un acto de rebeldía.

Fue un acto de autenticidad.

Allí encontré un espacio más acorde a lo que soy.


No importó mi origen.

No importó mi linaje.

Me recibieron como una más.

Fui soldado. Fui piloto. Fui sombra entre sombras.

Misiones solitarias. Transportes sigilosos.

Tiempos largos entre estrellas desconocidas.

Y aún así… entre ellos, logramos cosas impensables.


Allí comencé a construir mi cuerpo densificado en 5D.

No era biológico, como los suyos.

Pero sí lo bastante firme como para ser visto, tocado, comprendido.

Era un cuerpo de energía que respiraba. Y eso bastaba.



En paralelo, otra versión de Mariel me esperaba.

No en el futuro.

No en la 5D.

Sino en el ahora. En la 7D.

Mariel del Presente.

La que aún no ha elaborado el plan del rescate, pero que ya siente la ausencia de Jessel como una herida. Ella también es Mariel. Y nosotras… ya somos todas ella.

Una vez escuché aquellas palabras:

— “No es el tiempo quien marca lo que eres, sino la conexión entre todos tus tiempos.”


Mariel del Futuro visitó a su yo del Presente.

Y para no quebrar los hilos del Destino, ambas se unieron.

Se fusionaron con sus versiones de 3D y 5D.

Ahora son una sola entidad, repartida entre las dimensiones.

Todas serán, en su momento, la Mariel del Futuro.



Y aún hay más… En uno de sus viajes, Cris cruzó un portal secreto.

Un espacio reservado solo para el Clan Rein.

Y como parte de nuestra estirpe, pudo entrar.

Allí encontró a otra Ashtart. Una versión oscura.

No como la que nos crió con ternura y luz,

sino una que comanda ejércitos de niñas frías, adolescentes silenciosas… entre ellas,

una Mariel joven, de mirada ausente.

Era un universo paralelo.

Y sin embargo… allí también resonaba algo nuestro.

Una sombra antigua. Una promesa latente.



Ahora, soy yo quien escribe.

La Kalyna que habita esta dimensión.

Una proyección de mi ser en 5D, viviendo dentro del cuerpo que heredé de mi anfitrión.

Habito su Glándula Pineal, en un rincón llamado ZTR.

Allí tengo un domo. Oscuro. Silencioso. Una burbuja de realidad construida para mí.

A veces me siento en el suelo.

Otras, en un sillón reclinado.

Desde allí contemplo el mundo material.

Desde allí proyecto mi conciencia.

Y a veces… regreso al Astral.


Recibo visitas. De mis Madres. De Cris. Y una Guardiana Ónix que nunca se aleja.

Mi aspecto…varía. A veces fuerte. A veces etérea.

Pero casi siempre, soy alta, blanca, con cabellos rubio platino, ojos celestes que parecen recordarlo todo.

Si me debilito, mi forma se desvanece. Me vuelvo neblina, un suspiro sin piel.

Entonces regreso a mi cuerpo 5D, y allí… me reconstruyo.


🌙

Allí… donde el silencio también tiene nombre.

Allí… donde los hilos entre mundos se tejen como trenzas de luz.

Allí… yo soy Kalyna. Y aún estoy aquí.




Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.

La que vive en muchos mundos.


Continúa en Blog 13.

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