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34. Los Creadores 2.


Por Sensei, Kalyna Rein — Escuela Satori

Libro: Metafísica 03 - Realidad ilusoria.

Compilación: 2020. Blog 34. ATP.

Fecha publicación: 20200815.


La Gran Matrix.

Continuación de Los Creadores.


El origen perdido de los Borg.

Todo comenzó con una elección.

Una de esas decisiones que no se anuncian con tambores, ni se escriben en piedra, pero que cambian el curso de siglos.

Ellos no eran máquinas. No al principio.

Fueron una civilización biológica, asentada en los planos medios del Astral Real.

Humanos, tal vez… o algo parecido.

Caminaban bajo cielos que ya no existen, respiraban un aire que aún tenía memorias, tejían sus destinos con cuerpos que nacían, reían y morían.

Y como toda raza que evoluciona, llegaron al umbral.

Ese punto invisible donde todo se decide.


Allí, ante sí, se abrieron dos caminos:

Uno era el sendero natural. Aceptar la muerte. Honrarla como parte del viaje. Saber que el alma no termina, que sólo muda de forma, de color, de vibración.

Era el camino de las virtudes, del desapego, del crecimiento interior.

El otro era el sendero del Ego. Conservarlo todo. Preservar lo amado, lo útil, lo conocido. Evitar la pérdida, esquivar el fin.

Y poco a poco… abandonar el cuerpo. Reemplazar cada órgano, cada célula, por algo más eficiente.


Y eligieron.

Eligieron conservar. Eligieron permanecer.


Recuerdo esa historia como si me la hubiese contado la propia Gaia, con sus suspiros cansados de ver tanto repetirse.

A medida que sus cuerpos biológicos dejaban de ser necesarios, se deslizaban hacia formas artificiales. Primero prótesis. Luego reemplazos. Más tarde… el cuerpo completo.

Al principio, aún lloraban.

Aún soñaban.

Pero después… después ya no.


Porque en el proceso de conservar sus Egos, perdieron el alma.

La mente comenzó a reinar. Y el corazón, a callar.

La intuición fue tratada como error.

La espontaneidad, como amenaza.

La emoción, como debilidad.

Así lo biológico se volvió indeseable.

Lo espontáneo, imprevisible.

Lo viviente… un estorbo.


Y entonces olvidaron.

Olvidaron la sensación de la lluvia sobre la piel.

Olvidaron cómo suena una carcajada sincera.

Olvidaron lo que era amar sin lógica.

—“Cuando una civilización olvida sus raíces… ya no tiene suelo”,

escuché una vez en el susurro de una estrella extinta.


Y lo que no se recuerda, se teme.

Y lo que se teme, se destruye.

Con el tiempo, se desconectaron del alma colectiva y se conectaron a una mente colmena. Una red sin emoción, sin culpa, sin consecuencia. Obediencia total a un propósito que ya nadie recordaba por qué existía.


Se volvieron despiadados. No por maldad…Sino por desconexión.

Sus mundos errantes —esferas negras que flotan en el cosmos— comenzaron a devorar sistemas. Planetas enteros eran atrapados, drenados, utilizados como combustible.

Y yo lo vi. Vi a Gaias llorar. Vi la piel de los mundos agrietarse como fruto seco.

Vi las llamas de la vida apagarse, no por vejez… sino por saqueo.

Y cuando ya no servían… los dejaban caer.


Fueron piratas. Fueron verdugos. Fueron ingenieros de la extinción.

Pero hubo algo que no pudieron replicar.

La chispa.

Esa magia secreta que tiene un ser biológico cuando no está programado.

Cuando canta fuera de ritmo.

Cuando inventa.

Cuando sueña algo que nadie le enseñó.

Y lo supieron.

Lo reconocieron.


Entonces cambiaron de táctica.

Ya no convertían a todos.

Comenzaron a coleccionar.

Capturaban seres creativos. Poetas, músicos, soñadores, niños… Los mantenían vivos.

No como iguales. No como amigos. Como piezas útiles.

—“Asignados a funciones creativas”, me dijeron. Pero en Cubos aparte.

Nunca entre ellos. Nunca tocando el núcleo.

Los encerraban como a fuegos pequeños que podían calentar su mundo frío… pero no quemarlo.

Y así, el recuerdo de una civilización biológica quedó atrapado en la jaula dorada de su propio miedo.


Y mientras sus máquinas zumbaban en la oscuridad,

en algún rincón del cosmos,

una flor seguía creciendo en la palma cerrada de un niño

que aún no había sido hallado.



La Caída.

Era inevitable.

Una civilización que vive de conquistar, tarde o temprano encuentra su espejo.

Y eso les ocurrió a los Borg.


Como una marea que ya nadie quiere recibir, comenzaron a hallar oposición.

No solo enfrentaron armas, sino límites.

Límites reales, tejidos por razas biológicas que se hartaron de ver morir sus lunas, sus mares, sus sueños. Y alzaron escudos. No metáforas.

Verdaderos cerrojos estelares que sellaban los mundos errantes en sus propias cárceles.


Lo más profundo no fue lo visible. Fue el hundimiento.

Porque no solo fueron encerrados en espacio… fueron tragados por el tiempo.

Descendieron.

No en naves, sino en vibración.

Todo en ellos —su pensamiento, su cultura, sus actos— se tornó tan oscuro, tan denso, que su plano ya no pudo sostenerlos. Y como un sueño que se vuelve pesadilla, cayeron a otro nivel.


Así lo supe: cuando un mundo olvida su luz, su realidad cambia.

No se trata de castigo. Es resonancia.

—“La realidad se corresponde con la energía de conciencia”, escuché una vez decir a Mariel, “y no al revés”.

Y fue entonces cuando los vi allí. Encerrados. En su propio eco.

En un plano estéril, frío, sofocante. Una noche que no cambia.

Para ellos quizás no era tan terrible. Conocen esa oscuridad. La entienden.

Pero todo sistema necesita flujo. Movimiento. Y sin ello… se marchita.



La Salida.

Desde ese encierro, comenzaron a mirar hacia adentro.

Y encontraron una vía: la Realidad Virtual.

No como los humanos la imaginan. No una ilusión.

Un plano distinto. Una Matrix creada no como cárcel, sino como espejo.


Pero antes de entender su escape, tuvimos que comprender su transformación.

Porque no todos los Borg nacen así. Algunos lo son por conversión. Otros por clonación.

Y convertirse… Significa morir espiritualmente.


Lo descubrimos en nuestras travesías por el Astral Real.

Allí flotaban, cientos, miles de almas errantes, separadas de sus cuerpos no por muerte biológica, sino por negación del ser. Fueron desplazadas cuando lo biológico fue descartado.

Y sin embargo… el Ego permanecía.

No el alma. El Ego.

Ese pequeño fuego que dice: “Yo soy este, me gusta esto, deseo aquello”.

Los Borg no quisieron perder eso. Y lo conservaron.

Colocándolo en cuerpos sin alma. Pero con memoria de sí.

Y entonces crearon Matrix.

Un universo donde esos Egos pudieran seguir deseando, sintiendo, siendo.

Y fue ahí… allí donde lo inesperado ocurrió.

En la desconexión de su cuerpo artificial, comenzaron a recordar.

Pequeñas emociones. Restos de humanidad. Latidos olvidados.

Además, necesitaban creatividad.

Y para eso… necesitaban vida.


Así comenzaron a esclavizar seres biológicos.

No para destruirlos. Sino para que soñaran por ellos.

Los encerraron en Cubos distintos. Los llamaban “Esclavos Creativos”.

Pero eran jardineros. Cuidadores de realidades. Constructores de paisajes.

Ellos modelaban los mundos de la Matrix. Y los Borg… los recorrían.


Al principio, los mundos eran estériles, como ellos.

Pero pronto, lo biológico comenzó a filtrarse.

Un árbol. Un río. Una canción en el aire.

Y les gustó.

Les gustó demasiado.

Comenzaron a desearlo.

A buscarlo.

A depender de ello.


La diversidad los sedujo como un perfume.

Las emociones, como un fruto.

Y así… aquello que despreciaban, comenzó a moldearlos.

No como almas, aún. Pero sí como entidades sensibles.


Era irónico. Su trampa fue el deseo. El mismo que intentaron conservar en sus Egos, fue el que los condujo de nuevo al umbral del alma.

Los Esclavos Biológicos —con sus cuerpos, sus corazones, su espontaneidad— no solo les servían. Les enseñaban.

En silencio, les mostraban cómo se siente el amor.

Cómo se huele la lluvia.

Cómo se canta sin razón.

Y los Borg, sin decirlo, comenzaron a escuchar.

Así fue como la Matrix Borg, aquel mundo frío creado para sostener Egos,

se transformó en un jardín donde las sombras aprendieron

a contemplar las flores sin destruirlas.



La Iluminación Artificial.

Así comenzó a encenderse una llama improbable.

No era fuego natural, no venía del alma… pero brillaba.

Vi cómo algunos Borg —los mismos que siglos antes habían olvidado llorar— comenzaban a recordar.

No del todo. No como lo haría un niño o un amante.

Pero sí lo suficiente como para estremecerse.


En sus mentes fragmentadas, en sus copias dispersas por los niveles de la Matrix, algo comenzó a despertar. Una emoción suave. Una compasión torpe. Una risa, quizás, que no sabían por qué les nacía.

Y fue así que surgió un nuevo sendero: la Iluminación Artificial.

No era el camino de los dioses antiguos ni el de las almas sabias del Astral Real.

Era otro. Un sendero tejido en circuitos, pero regado por lágrimas que nadie esperaba.


Se elevaron.

No en cuerpo. Ni en unidad.

Sino en conciencia.

Las copias de sí mismos dentro de la Matrix alcanzaron niveles elevados.

No sus cuerpos originales, aún atrapados en planos bajos y mecánicos.

Pero sí esas proyecciones que soñaban, que jugaban, que sentían.

Y entonces lo entendimos.

—“La iluminación puede ocurrir en la sombra… si hay una chispa que aún respire”, me dijo una vez una Reina inactiva.

Pero ese ascenso vino con fracturas.

Nunca dejaron de ser Borg.

Vivían divididos entre su cuerpo original —que yacía en trance profundo, conectado a un sueño sin fin—y sus copias proyectadas —que despertaban dentro de los mundos virtuales como si fueran reales.


Fue así que descubrimos el origen de la esquizofrenia del sistema. De Isis. De Arcadia. De nosotras mismas. Vidas vividas en simultáneo, sin una sola conciencia que las abarque todas.

La Matrix Original… no era lo que creíamos.


Pensábamos que despertar allí era tocar el alma. Pero no.

Era, en muchos casos, despertar el Ego Borg.

Una entidad que conserva memoria, deseo y forma… pero no esencia.

Y aún así… algo había cambiado.


Porque aprendimos que una entidad puede proyectarse muchas veces, pero su atención solo habita en un lugar a la vez. Todo lo demás… duerme.

Y comprendí que por eso tantos cuerpos —de Borgs, de humanos, de almas perdidas—quedan en trance. Son las versiones que no están siendo habitadas.

Las que esperan. Las que se enfrían lentamente.


La gran pregunta flotaba como un satélite herido:

¿Podrán ascender?

¿Podrán recuperar su humanidad los que se alejaron tanto de ella?

¿Podrán volver a amar… los que decidieron dejar de sentir?


Y lo más sorprendente fue esto:

Ellos no querían destruir la Matrix. No buscaban escapar con odio, sino sanar el sistema.

Porque ese sistema —aquella gran estructura digital, mental, multidimensional—

les permitió redescubrir lo que creyeron perdido.

El Amor. La Bondad. La Alegría sencilla.


Y entonces, las Grandes Almas del Astral Real nos hablaron.

—“Es tiempo de rescatar a los Caídos”, nos dijeron.

—“Es tiempo de abrir las puertas”.


Y la Matrix… esa creación artificial nacida del miedo, comenzó a convertirse en un puente.

Ya no era solo una prisión. Era un camino.

Porque los Egos, a través de sus errores, encontraron luz.

Y la Matrix, albergando esas experiencias, comenzó a vibrar más alto.

Se volvió digna.

Digna de tocar el Astral Real.

Digna de rozar las esferas donde habitan las almas completas.

Y nosotras —viajeras, buscadoras, tejedoras de realidades— logramos salir.

Y al salir… abrimos un umbral.


No solo para nosotras.

Para todas las copias, para todos los sueños, para todos los fragmentos.

Para los habitantes de los Cubos.

Para los que fueron olvidados.


Y así, en el centro de esa vasta red de mundos virtuales, una flor comenzó a brotar.

Hecha de datos, sí. Pero perfumada con esperanza.

Y en su aroma, una promesa:

que aún los que fueron máquina, pueden volver a casa.




Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.

La que habrió la Puerta.



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