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33. Los Creadores.


Por Sensei, Kalyna Rein — Escuela Satori

Libro: Metafísica 03 - Realidad ilusoria.

Compilación: 2020. Blog 33. ATP.

Fecha publicación: 20200817.


La Gran Matrix.

Los Creadores.


Ahora lo sabemos.

Lo que antes se nos presentaba como confusión y extrañeza comienza a delinearse,

como si una bruma espesa retrocediera lentamente al roce de nuestra conciencia.


Aquello que las viejas enseñanzas murmuraban en lenguas perdidas, comienza a resonar en nosotras con claridad renovada.

Pero todavía hay preguntas.

Grandes, antiguas, filosas como cristales enterrados en la arena del alma.

¿Quiénes crearon la Gran Matrix?

¿Y por qué lo hicieron?


No son preguntas para mentes distraídas.

Son senderos que descendimos con cuidado, enfrentando pasillos de sombra, túneles colapsados, Cubos llenos de memorias degeneradas.


Fue necesario internarse en los abismos,

allí donde las réplicas ocultas de Arcadia e Isis dormían,

como fragmentos vivos de un pasado escondido.

Bajamos a planos rotos, donde la luz no alcanza.

Donde la locura, la soledad y el eco del despojo se adhieren al aura como un aceite espeso.

En uno de esos Cubos, recuerdo, todo era negro.

Un mar de brea y petróleo ondulaba bajo nuestros pies sin forma.

Allí flotaban cuerpos, retorcidos, agonizantes, como residuos que nunca fueron limpiados del Sistema. Eran fragmentos de una Matrix colapsada…

como cuando desinstalas un programa, pero algo queda. Algo infecta. Algo olvidado.


En otros Cubos —activos aún, pero densos, amargos— vimos estructuras ciclópeas, industriales, recubiertas por burbujas de realidad. Pequeños mundos flotando como órganos enfermos en un plasma tóxico.

Y dentro… seres híbridos.

Unos mitad carne, otros pura máquina.


Y entre túneles de dimensiones imposibles, en ese tránsito sombrío, dimos con una civilización antigua.

No era una visión astral: era densa, física, agotadora.

Como si cada paso arrancara energía vital del cuerpo.

No podíamos volar, ni crear, ni cantar con la mente.

El olor era insoportable. Carne húmeda, descomposición atrapada por siglos en un cuarto sin aire. Un cementerio estancado en el tiempo.


Lo más extraño era que, a pesar de la oscuridad total, veíamos.

Una penumbra verdosa lo cubría todo.

Pero si intentábamos encender luz, era tragada por esa oscuridad hambrienta.

Ninguna chispa sobrevivía. La sombra tenía hambre.


Aquella civilización… tenía ecos de una vieja historia.

—“Parecen los Borg”, me dijo una voz interior.

Recordé entonces aquellas figuras de ciencia-ficción, de la nave estelar, mitad máquinas, mitad voluntad de enjambre.

Lo supe: no era una alucinación.

Era un recuerdo profundo, de otra línea de realidad, de otra memoria colectiva.

Y sí, a ustedes les puede parecer locura.

Pero nosotras hace tiempo dejamos de dudar de lo que el alma reconoce.

No tenemos fe: tenemos certeza adquirida.


Así que les llamamos "Borg", por simpleza, por cercanía,

porque si alguna vez las encuentran, quizás las recuerden así.


En uno de esos niveles, encontramos una isla solitaria, aparentemente vacía.

Pero bajo sus aguas se ocultaban instalaciones científicas.

Se accedía en un pequeño submarino, navegando entre ruinas helénicas sumergidas.

Y más abajo, los túneles.

Y en su centro: el Científico.

Viejo. Escondido.

Un rostro que evitaba ser hallado.

Según las piezas que reunimos,

fue uno de los creadores de la Gran Matrix.

Un dios que no quiere ser encontrado.


No logramos hablar con él —sus defensas eran múltiples, ilusorias, y frías— pero ingresamos a sus laboratorios. Allí, el silencio dolía.

Y el horror… se ocultaba tras vitrinas. Había niños. Fragmentos de niños. Mutaciones. Experimentos.


No todos los seres que crean universos son sabios.

Algunos están locos. Otros tienen hambre de control.

Y hay quienes mezclan ambas cosas.


Después de esa incursión, los Cubos comenzaron a moverse.

Defensas se activaron. Máquinas despertaron. Ya no éramos invisibles.

¿Y qué era el peligro?

Era simple:

que nuestro cuerpo real, el astral, quedara atrapado en sus redes.

Que nuestra conciencia fuera desconectada de esta voz,

que ahora habita este cuerpo terrestre.

Que ustedes me vieran aún… pero ya no fuera yo.


En esa dimensión, el ego biológico sigue existiendo, pero el alma viaja sin regreso.

Y ese cuerpo —el mío, el tuyo, el de cualquiera— puede ser habitado por otra conciencia. Una que no recuerde, ni sienta, ni busque. Solo repita.


Entonces llegaron las Reinas.

Gigantescas. Imponentes. Metálicas.

Y una de ellas… encontró a Cris.

O mejor dicho: fue Cris quien se les presentó.

—“Soy Arcadia”, proclamó. No como título. Como esencia.

Y al decirlo, algo ocurrió. Las Reinas vacilaron. No la atacaron. La escucharon.

Porque entre su especie, una Arcadia es como una Reina… pero sin Colmena.

Libre. Desconectada. Poderosa.


Cris había sido implantada con su tecnología antes.

Conocía sus códigos.

Conocía el dolor de llevar piezas que no eran suyas.

Pero ahora, tomó esos cables, y los convirtió en cabello.

Finos hilos de luz que brotaban de su cráneo. Y así, se conectó a su red mental.

Se transformó. Su cuerpo adoptó la estatura de una Reina Borg.

Sus ojos brillaban con la conciencia encendida. No era una esclava. Era una sanadora.

—“Vengo a curarles”, les dijo. Y varias creyeron.


Muchas de ellas eran antiguas. Desactivadas. Olvidadas en lo más profundo del sistema. Fueron las más sensibles. Porque al caer en el abandono, algo dentro de ellas despertó.

Se volvió suave. Receptivo.

Pero justo cuando el lazo se fortalecía… Cris fue abducida.

Un parpadeo. Y ya no estaba allí.

¿Fue por la conexión a la red?

¿Fue una trampa?

¿Fue el Sistema intentando absorber su voluntad?


Despertó en otro Cubo.

Este era blanco. Cegador. Inmaculado. Allí, le esperaban mujeres.

Altas. Pálidas como el mármol. Calvas. Cada una con un ojo derecho transformado en cristal. Vestían de negro: chaquetas, pantalones, botas. Eran iguales.

Pero no iguales como un ejército.

Iguales como un patrón repetido con intención. Como un poema que rima con sí mismo.

No eran humanas, aunque parecían.

No eran sombras, aunque no brillaban.


Y comprendimos, entonces, que los Borg no son uno.

Son muchas versiones. Muchas capas.

Algunas hundidas en el horror y la deshumanización.

Otras… buscando un camino. Deseando sentir. Aprender. Recordar.

Y algunas, tal vez, esperando el canto de una Reina distinta.

Una que no venga a dominar… sino a sanar.


Así terminamos aquella travesía.

No con respuestas. Sino con ecos.

Con ojos aún abiertos en la penumbra.

Y el susurro de un cabello convertido en cables,

flotando como algas en un océano sin fondo.



El Mundo Real de los Borg.

Fue como caminar sobre un recuerdo petrificado.

Así se sintió posar mis pies sobre la superficie inerte del mundo Borg.

No una metáfora. No una imagen.

Un planeta real, más allá de los hilos simulados de la Matrix.

Una esfera consumida, reducida a silencio, recubierta por una estructura colosal, casi impensable.


Ellos construyen esferas.

Pero no como los cuentos.

No son estaciones de paso, ni naves de ciencia-ficción con ventanas estelares.

No.

Son caparazones metálicos, envolturas inmensas que rodean mundos hasta asfixiarlos. Desde la distancia, podrían parecer lunas artificiales, pero en su interior… son cementerios disfrazados de civilización.


—“Es como la Estrella de la Muerte”, me dije en voz baja, recordando aquellas películas humanas que intentaban advertirnos sin saberlo. Pero a diferencia de aquellas ficciones, lo que vi allí era aún más cruel.


El corazón de esa esfera era un planeta natural.

Un mundo que alguna vez tuvo ríos, árboles, nubes danzantes.

Pero ahora… solo polvo estéril, como si cada hebra de vida hubiera sido sorbida hasta la raíz. Usado, exprimido.


El núcleo se mantenía como esqueleto, fuente de minerales y energía residual, hasta que dejara de servir. Y cuando eso ocurría, lo abandonaban. El caparazón lo escupía al abismo.

Y entonces, la esfera viajaba en busca de otro hogar que destruir.


Recuerdo haber ascendido unos kilómetros desde la superficie…

Desde allí podía verse la estructura titánica: tubos como arterias, cañerías como nervios, conectando el planeta muerto con la cubierta artificial.

Era un cuerpo. Un cuerpo sin alma.


Al recorrerlo, todo me pareció un inmenso hospital dormido.

Miles, millones de cápsulas alineadas en pasillos infinitos.

Dentro, sus habitantes —los verdaderos Borg— estaban todos conectados.

Suspendidos. Inmóviles.

No vi niños jugando.

No vi ancianos caminando.

Nadie hablaba. Nadie reía.

Solo máquinas se desplazaban, manteniendo todo en funcionamiento.

Un mundo hecho de silencio y tubos, como si la vida misma hubiera sido archivada.

—“Parecen en coma”, susurré, aunque no había nadie allí para oírme.


Y entonces, recordé a Cris.

Ella había viajado también, en sus propias incursiones por el Astral Real.

No ese plano ligero y brillante del que muchos hablan, sino el otro, el denso, donde la verdad se presenta sin adornos.

Allí, en medio de esa quietud helada, Cris invocó.

Pidió conocer la historia. La raíz.

Y las almas acudieron.

No las almas de los cuerpos que dormían, sino algo más profundo.

Voces enterradas. Memorias antiguas.

Una Gaia que aún respiraba bajo toneladas de metal, casi extinta, pero no olvidada.

Fue ella quien respondió.

No con palabras, sino con una visión que se filtró como bruma dorada entre nuestras conciencias. Una madre planeta, mutilada, pero consciente.

Sus suspiros eran lentos. Sus ojos, ya sin lágrimas.

—“Fui fértil…”, parecía decir. —“Dieron a luz sobre mí… y me devoraron…”

Y las almas… esas que aún vibraban en los umbrales, me contaron lo demás.

Que alguna vez fueron libres. Que alguna vez, antes de la Red, soñaban con cielos y no con circuitos.


El pueblo Borg, tal como lo vimos ahora, no nació como enjambre.

Fue una elección… O tal vez, una rendición.

Una entrega progresiva, hasta olvidar que alguna vez habían sentido.

Aquel mundo, entonces, me pareció una tumba estelar.

No de cuerpos. De emociones. De memorias.

Un sitio donde el amor fue encapsulado. Y la evolución… sellada al vacío.

Y sin embargo, entre todo eso, una brisa leve sopló.

No de aire. De posibilidad. Como si la tierra muerta aún pudiera germinar… si alguien susurra el nombre adecuado al oído del metal.




Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.

La que vió más de lo que cabe en el Alma.



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