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23. Las Mujeres Vril.


Por Sensei, Kalyna Rein — Escuela Satori

Libro: Metafísica 03 - Realidad ilusoria.

Compilación: 2020. Blog 23. ATP.

Fecha publicación: 20150615.


Mundos Paralelos.

Las Mujeres Vril.


Introducción.

A causa de que algunos NO llegaron a entender el video con el cual publiqué éste relato sobre la Sociedad Vril en YouTube, y votaron para censurarlo en YouTube (quitando a los demás el derecho a juzgar, y entender esa información) les dedico la siguiente reflexión a modo de introducción, para ver si algo se sacude en las conciencias. Así evitamos incomodidades y malos entendidos.


Quiero compartir una breve reflexión, sobre la censura que Youtube le ha puesto al video sobre las mujeres de la Sociedad Vril. Censura que demuestra una vez más, cuán poco entiende la gente lo que ve. Reaccionando sólo por reflejo, respondiendo a la propaganda y la historia que creen que conocen y entienden. Cuándo todo lo que creen que es verdad: política, religión, historia, ciencia, es simplemente una gran mentira llamada Matrix.


Pero más allá de la historia oficial o no, éste video en particular NO trataba de la historia conocida, sino de una experiencia en OTRO PLANO DE REALIDAD. Una historia que continuó en otro lado, en otro mundo. Aunque a muchos, eso les pese.


Qué pensarán éstas personas, que tan frescamente nos censuran, si supieran que la ciencia y la tecnología, todas tan norteamericanas, a las cuales tanto admiran, son producto directo de los científicos alemanes.


Todos ellos llevados por Estados Unidos, y colocados en los puestos más importantes, de su sistema militar-industrial. Como así también, que la Flota Espacial más importante de la Tierra actualmente, es la llamada Flota Oscura, heredera directa del 3º Reich. Algo denunciado por militares, científicos y políticos de alto rango.


Qué pensarían, si comprendieran, que la miseria actual de mundo es obra de la Cabalá Oscura, entre otras logias sionistas, masónicas, satanistas, como Huesos y Calaveras de los Bush, la logia de los Clinton, los Rockefeller, los Gates...



Parece en verdad que el mundo nunca ganó nada (hablando de la 2º Guerra Mundial), ni libertad ni felicidad, ni experiencia. ¿Acaso en lugar de ganar, la humanidad perdió con el desenlace trágico de la 2º Guerra Mundial? Para responderlo, mire de forma atenta y desprejuiciada su realidad actual.


No apoyo ni comparto ningún grupo que fomente el odio y la miseria de la humanidad. Sea alemán, americano, ruso, chino, israelita, o el que sea. De hecho, lucho activamente contra toda maldad, de formas que seguramente, ustedes no pueden ni imaginar. Pero eso no implica, dejar de señalar la miopía humana, en cosas como la historia y la verdad.


Ahora sí, que comience el relato...


Las Mujeres Vril.

Encuentro astral.


Guardo este recuerdo como se guarda una visión que no me pertenece del todo y, sin embargo, me atraviesa. No lo viví con mi cuerpo, pero lo recibí con la atención con que se recibe una verdad delicada.


Fue Cris quien me lo confió,

y aún hoy puedo oír el tono de su voz cuando me habló de aquella noche.

La conozco. Hemos compartido durante años el intercambio silencioso de experiencias que no buscan ser creídas, sino reconocidas.

Por eso la escuché sin duda.

Por eso dejo que sus palabras vivan aquí, atravesadas por mi memoria.


Recuerdo que Cris me habló de un despertar extraño.

Me dijo que había soñado que hablaba con personas, pero que los recuerdos se le deshilachaban, hasta que de pronto abrió los ojos a las cinco de la mañana. Antes de despertar del todo, se dio cuenta de algo inquietante: escuchaba voces.

Dormía, y no sabía que tenía los ojos abiertos.


Me dijo que soñaba con una conversación, y que al mismo tiempo veía su casa.

Dos planos superpuestos.

Escuchaba a su madre despertando a sus sobrinos para ir a la escuela, el murmullo cotidiano de la mañana. Pero dentro de sí, no estaba su cuarto.

Era otro mundo. Allí era donde estaba realmente.


En ese cruce, su sobrino se acercó a la cama y la movió.

Su visión se enfocó de golpe en la habitación. Lo vio. Y en el mismo instante sintió un dolor raro, una descarga intensa de energía en el estómago, como si algo invisible la hubiera golpeado desde dentro.


Recuerdo que me dijo que se cubrió la cara con las manos, casi sin pensarlo:

una en defensa, la otra preparada para atacar. Lo dijo con una risa breve, incrédula.

Le resultó extraño verse reaccionar así ante la presencia de su sobrino: sentir la energía, el dolor, y responder como si hubiera un peligro real.

Cuando terminó de reaccionar, solo estaba su cuarto. Su sobrino. Nada más.



Se quedó acostada, respirando, esperando que la energía disminuyera.

Y volvió a dormir.

Entonces, sin transición, el mundo cambió.


Me contó que se encontró en un pueblo. No sabía cómo había llegado.

Era como una escuela de chicas grandes, algo parecido a una universidad.

Había tensión en el ambiente. Una discusión colectiva, casi un juicio.

A una mujer se le había perdido su ropa, y todas decían que la culpable era ella.


Me dijo que participaba de la escena y, al mismo tiempo, sabía que no era culpable.

Un maestro actuaba como juez, intentando resolver el conflicto.

Todas la miraban mal. Todas afirmaban que ella tenía la culpa.

Era un jardín. Un espacio abierto, luminoso, y sin embargo cargado.

Todas discutían. Y sin darse cuenta, levantó la vista.


Recuerdo cómo su voz cambió cuando llegó a ese punto.

Me dijo que miró el cielo y vio tres luces, como fuegos artificiales. Eran hermosas.

Se movían juntas. Y de pronto dejaron de parecer fuegos artificiales.


Por un instante, todos miraron hacia arriba. Hasta que alguien llamó al maestro y las chicas se dispersaron. Cris las siguió. En una parte del jardín, apareció la ropa de la mujer.

Me contó que le dijo, casi riéndose: —¿Ves? Yo no fui.

Ellas escondieron la ropa para que a mí me regañaran.

Recuerdo que repitió: —Ven, ven, yo no fui.


Entonces, a lo lejos, sobre un cerro, comenzaron a surgir millones de luces de colores, como una lluvia imposible. Llegaron unas amigas. Miraban juntas el cielo.

Cris recordó haber dicho: —¡Qué hermoso! ¡Vamos a ver, vamos!

Pero cuando se acercaban a la salida, apareció el maestro.

Les dijo que no podían ir, que estaba prohibido.


Y recuerdo con claridad cuando Cris me dijo que le respondió:

—Usted y yo sabemos que eso no son luces comunes.

En ese instante comprendió lo que estaba viendo. No eran luces.

Era una nave enorme, descendiendo. De ella salían naves más pequeñas, destinadas a matar gente o a llevársela.


El maestro insistió en que tenían prohibido salir y se fue. Ellas no le hicieron caso.

Salieron a la calle. Sus amigas comentaban excitadas lo que habían visto.

Cris recordó que preguntó: —¿A dónde vamos?

Y que le respondieron: —Vamos al parque. Ella dijo que sí.


Mientras caminaban, le vino a la mente su casa.

Pensó en que si llegaba tarde la regañarían.

Recordó una discusión entre su madre y su hermana.

Pensó que a ella no la retarían: casi no salía, estaba con amigas.


Cuando llegaron al parque, la gente miraba el cielo. De nuevo aparecieron tres luces.

Recuerdo que me dijo que pensó: —Qué súper se ven.

Unos amigos propusieron acercarse más. Subieron a un carro, pero no avanzaron mucho.

Al final de la calle, antes de salir a la carretera principal, la policía detenía a la gente.

Bajaron del auto. Miraban sin saber qué hacer.


Cris me dijo que miró el cielo. Sus amigas siguieron caminando. Ella se quedó sola.

Un policía se acercó y le dijo que tenía que regresarse.

Vio a sus amigas una cuadra más adelante, esperándola, mirando las luces.


Quiso caminar hacia ellas, pero el policía la agarró del hombro y le dijo que no.

Recuerdo cómo su voz se tensó cuando me dijo que se sintió molesta,

profundamente molesta. No le gusta que los hombres la toquen.


Lo agarró con fuerza. Lo empujó. El policía cayó al suelo. Cris corrió.

Vio a sus amigas en una parte del camino, apoyadas en un alambre.

Les dijo: —Vengan, volvamos a casa.

Ellas miraban inquietas. Entonces Cris levantó la vista.

Las luces ya no estaban.

Ahora eran naves.


La gente gritaba, pero no huía. Estaban paralizados, asombrados.

Una de sus amigas gritó y corrió. Una nave lanzó un rayo. La desintegró.

Cris me dijo que se quedó mirando, como en shock.

Movió a la otra amiga, que seguía agarrada al alambre.

Le dijo: —Vámonos.


Alguien le habló. Era un soldado. Preguntó qué hacían.

Cris quiso correr, pero la nave dio la vuelta y mató a su otra amiga.


Entonces todo la atravesó de golpe: dolor, miedo, venganza, ira. Un dolor horrible.

Recuerdo que me dijo que quería matar a esas naves. Miró al cielo. Una se alejaba.

Se concentró. Con la mano imaginó que la agarraba. Y la hizo explotar.

La furia la sostenía.

Pasaron más naves. Las hizo explotar una a una.

Recuerdo que me dijo que pensó: —Si entro a una de esas naves, iré y mataré a todos.


No supo cómo ocurrió, pero un piloto murió. Se proyectó dentro de la nave.

Entró. Empezó a destruirlas.

Las seguía. Las destruía. Lloraba. Gritaba.

Recuerdo que me dijo que dentro de aquella nave miraba por una pequeña ventanita.

Había palancas, pero no las usaba. Todo se movía con su mente.

Al ver otra nave, las armas se disparaban solas.


Hasta que, de pronto, aparecieron aviones.

En medio de aquella agitación, Cris me dijo que escuchó a otros pilotos. Le pedían que bajara, que aterrizara, que regresara. Sus voces eran insistentes, como si quisieran traerla de vuelta desde un borde invisible.


No supo explicarme cómo descendió de la nave. No hubo un gesto claro, ni una puerta, ni un suelo reconocible. Simplemente ocurrió.


Ahí su voz se volvió más lenta, como si todavía estuviera mirando desde ese lugar.

Y cuando terminó de hablar, el silencio quedó suspendido entre nosotras,

como un cielo nocturno que aún guarda luces que no han decidido apagarse.


Me dijo que se encontró en un campo verde, algo escondido, como si el mundo hubiese querido proteger ese lugar del caos. La hierba era real, viva.

Y alrededor, soldados. Muchos. La rodeaban.


Entonces gritó. Aún puedo oír su grito cuando lo recuerda:

—¡Que no se me acerquen! ¡Que no se me acerquen!

El capitán dio un paso al frente y le tocó el hombro.

En ese instante, algo se encendió en ella. Lo agarró con fuerza y lo lanzó lejos, como si su cuerpo todavía respondiera a una furia que no había terminado de apagarse.


Recuerdo que me dijo que gritó:

—¡No me gusta que me toquen los hombres!


Después se apartó. Buscó un rincón, cualquier pequeño refugio.

Se sentó en el suelo y comenzó a llorar.

No era un llanto suave, sino uno cargado de peso, como si todo el dolor que había contenido hasta entonces se desbordara de golpe. Dolor por lo visto, por lo perdido, por lo vivido.



Y entonces ocurrió algo más.

Sin darse cuenta, se vio desde afuera.

Me dijo que se miró fuera del cuerpo de aquella persona. Vio a una mujer sentada en el campo, llorando. Una mujer de cabello corto, encogida sobre sí misma, atravesada por un dolor que parecía demasiado grande para un solo cuerpo.


En ese instante, pensó con claridad: —Esa persona no soy yo.

Era como si estuviera dentro de ese cuerpo y, al mismo tiempo, separada.

Como si habitara su carne sin serla. Miraba su dolor desde afuera, lo observaba con una mezcla de compasión y distancia, como quien contempla una herida que no le pertenece del todo, pero que aun así duele.


Se quedó mirándola. No sabe cuánto tiempo.

El campo seguía verde. El mundo, extrañamente quieto.


Hasta que alguien le habló.

Y entonces despertó.

Como si una mano invisible hubiese cerrado con cuidado aquella escena,

dejándola suspendida en algún lugar al que tal vez, algún día, vuelva a asomarse.



Sociedad Vril

Aquí es donde el relato de Cris se detuvo. Su voz se apagó con suavidad, como si hubiese dejado algo suspendido en el aire entre nosotras. Pero mientras ella hablaba, algo más ocurría en mí.

Yo veía.

No es extraño para mí.

Me sucede a menudo: cuando alguien relata una experiencia profunda, las imágenes no llegan como palabras, sino como escenas completas. Veo lo que me dicen.

No con los ojos, sino con esa mirada interior que no distingue entre recuerdo, visión o presencia. Así que, mientras Cris hablaba, yo estaba allí.

por esos lugares. Miraba esos cielos. Sentía esa densidad.


Por eso, casi sin darme cuenta, empecé a comentar lo que ambas estábamos viendo.

Recuerdo que le aclaré algo, incluso a mí misma:

Cris no tenía idea alguna de si aquello había sido fantasía o realidad. Por eso lo llamó “sueño”. Pero nosotras sabemos —por experiencia compartida, por comprobaciones repetidas— que la mayoría de sus sueños no lo son. Son viajes astrales reales, que luego terminan revelándose por distintos caminos.


Ella no sabe de historia. No le interesa la aeronáutica.

Mucho menos conoce detalles, nombres o secretos de la Segunda Guerra Mundial o del Tercer Reich. Nada de eso formaba parte de su mundo mental.


Sin embargo, cuando me habló del final de su experiencia, del cuerpo de aquella mujer en la que estuvo alojada por un instante, algo se activó en mí.

Un nombre surgió de golpe, junto con un rostro nítido,

como una fotografía antigua que alguien hubiese deslizado en mi conciencia.


La Sociedad Vril.

No perdí tiempo. Fui a buscar. Investigué.

Quise ver qué encontraba bajo ese nombre que había llegado sin ser llamado.

Y lo que apareció ante mí fue… asombroso.


Recuerdo haberle dicho, casi en voz alta, que me resultaba curiosa la relación entre su relato y aquella historia. Curiosa y precisa. Especialmente el hecho de que la figura más importante del grupo se pareciera tanto a la mujer que yo veía en mi mente.


Entonces volví a las imágenes que Cris me había descrito. Los aviones.

Esa transición extraña entre naves y aeronaves. Busqué: “aviones del Tercer Reich”.

Y ahí ocurrió ese instante seco, eléctrico, en el que todo encaja.

Encontré imágenes de aviones secretos de Hitler. Extraños. Exóticos. Fuera de lugar.

Justo como los que ella había descrito.

Recuerdo que exclamé, sorprendida:

—Eeeeeeeeeeeeeeee… ¡changos! Esto no es casualidad.

Y recuerdo la respuesta inmediata de Cris, casi saltando:

—¡Esos aviones usaban los soldados, de color verde!

Algo se alineó de golpe.


Cris siguió hablando, recordando más detalles. Me dijo que las naves extraterrestres eran similares, que lanzaban rayos, que no tenían llantas.

Que aquella mujer no estaba sola: tenía dos amigas en ese mismo proyecto.

Yo seguía buscando, guiada por la visión.

Encontré fotografías reales de las mujeres Vril. Y se las mostré.

—Estas eran las amigas de Gudrun —le dije—.

El equipo Vril era solo de mujeres.

Mujeres con grandes capacidades psíquicas.



Le conté lo que iba descubriendo:

que canalizaban mensajes de seres provenientes de Aldebarán, en las Pléyades.

Que recibieron instrucciones para construir naves con forma de platillo.

Que ayudaron a diseñar una nave campana, una Vimana, capaz de viajar a otra dimensión. Que el objetivo secreto de la Sociedad Vril era regresar a Aldebarán.



Cris me interrumpió, como si una imagen la hubiese atravesado:

—De sus amigas, una traía el cabello suelto, y otra, el cabello agarrado.

Luego soltó una frase que me heló y me hizo sonreír al mismo tiempo:

—¡Es la puerca! Me dijo que le robé su ropa.

Entonces lo supe.

—Es la líder del grupo Vril —le dije—. Se llama Maria Orsic.


Cris siguió recordando. Me habló del lugar. Dijo que era un patio bonito, antes de entrar al pueblo. Como una entrada amplia a un edificio.

Que había carros antiguos. Que alguien les dio raite en uno de ellos.

Eran de color gris verdoso.

Yo veía cada detalle como si caminara junto a ellas.

Y con esa imagen busqué carros del Reich. Encontré uno. Se lo mostré.

—¿Era así el carro?

—Siii —respondió riéndose—. Había carros de los de antes.

—Es el jeep Volkswagen que usaban en esas bases alemanas —le dije.


Ella dudó un segundo y luego recordó algo más. Me habló de una alameda, de un lugar amplio, de un árbol enorme que dominaba todo el espacio. La gente se sentaba alrededor, en estructuras de cemento. Había plantas. Pero el árbol… el árbol era lo inolvidable.


Busqué otra imagen.

—Ahí tienes un carro, el de color negro —le dije, mostrándosela.

Cris se iluminó. —A un árbol así grande fue donde estábamos.

Y llegó ese carro por nosotras. Había como un parque, con bancas pintadas de rojo.


Sentí entonces que el relato no estaba cerrado.

Le dije que luego iría al Astral a ver de qué se trataba aquello que había visto.

Ella, inquieta, me pidió algo más:

—Dime el nombre completo de esa mujer.

Esa mujer de cabello amarillo es mala.


Le respondí con lo que ya sabía:

—Se llama Maria Orsic. Fue la líder de la sociedad de damas médiums Vril. Trabajaron para el movimiento alemán. Se caracterizaban por su cabello largo y por su contacto con entidades de Aldebarán. De ahí surgió mucha tecnología… eso que hoy llaman ovnis. Aunque, debo decirlo, las mujeres eran realmente divinas. Unas preciosuras.


Cris volvió a la imagen de la mujer de cabello corto.

—Esa chica parece la más joven. Quiero su nombre. La de cabello corto.

Quiero buscar su historia.

—Le dicen Gudrun —le respondí—.

El grupo se contactaba con pleyadianos de Aldebarán.

Estaban diseñando una flota de naves…


Pero entonces Cris negó suavemente con la cabeza.

—No creo que fueran pleyadianos…

Y de pronto, como un relámpago de memoria, dijo el nombre completo:

—Gudrun Ensslin… ¡es esa!


Luego rió.— El grupo adoraba a Isis.

Yo también sonreí.

Porque una de las entidades más altas que yo he conocido en otros planos se llama Isis.

Y su risa no era burla, era reconocimiento.

El relato se cerró ahí, no como una puerta, sino como un círculo.

Las imágenes siguieron vibrando en silencio, como si aguardaran el momento justo para volver a abrirse en otro cielo, en otro cruce, en otro recuerdo que todavía no ha sido dicho.



Recuerdo que, después de todo aquello, Cris quiso ver más.

Su inquietud no se había calmado; al contrario, parecía haberse abierto como una grieta.

Me dijo que quería saber más sobre esa mujer, que había encontrado información extensa sobre el grupo Vril, pero que todo la dejaba más confundida.


Recuerdo sus preguntas cayendo una tras otra, como piedras en el agua:

¿por qué había contactado solo con ella?,

¿qué tenían esas mujeres para que ella hubiera tenido que ir a buscarlas?,

¿por qué aparecían versiones absurdas, como esa que decía que Hitler era su padre?


Me dijo que todo eso la desorientaba, que la información parecía torcida, mal colocada, incompleta, como si alguien hubiera mezclado verdades con ruido. Sentía que no lograba encontrar el hilo correcto.


Entonces fui yo quien habló.

Le pregunté si no había notado algo:

si ese “portal” del que hablaban tantos textos no se parecía demasiado al mundo astral. Recuerdo que le leí un fragmento de un artículo que había encontrado, y que mientras lo hacía sentía una extraña resonancia, como si esas palabras buscaran instalarse en otro nivel.


El autor decía —recuerdo bien el tono— que no debíamos tener miedo, porque detrás del Portal Estelar no aguardaban la muerte ni monstruos, sino un Creador bondadoso y amoroso. Hablaba de una "Gran Hermandad Blanca" como guardiana de ideas, de dioses invocando a la "Hermandad de Agartha", a la "Orden de Thule" y a otros sistemas para construir un nuevo Eón, una nueva Era. Decía que la esperanza era su principio.


Pero incluso mientras leía, algo en mí dudaba.

Recuerdo haberle dicho que no estaba del todo convencida de que detrás de una Puerta Estelar no hubiera muerte o monstruos. Mi propia investigación, mi experiencia, me llevaba a pensar que allí había de todo.

Que abrir una puerta no filtra lo que cruza.

Que se deja pasar lo que habita del otro lado, sea luz o sombra.

Y cuando el texto mencionaba a Agartha como una nación dentro de la Tierra Hueca, sentí una certeza silenciosa: aquello, de algún modo, era real.


Cris me escuchó en silencio y luego me lanzó una pregunta que parecía surgir desde muy adentro:

¿no crees que eso de la Tierra Hueca podría ser una parte del astral?

¿será ese el lugar al que fui?


El artículo continuaba, y yo seguí leyendo, ya no solo con los ojos.

Hablaba de reuniones del grupo Vril en un refugio forestal cerca de Berchtesgaden, en Alemania. De encuentros en diciembre de 1919, donde personas de Thule, Vril y otros círculos se reunían acompañados por la médium María Orsic y otra mujer conocida solo como Sigrun.


Decía que María recibía transmisiones mediúmnicas en una escritura secreta, una lengua desconocida para ella, con datos técnicos precisos para construir una máquina voladora. Una máquina para el más allá. Una Jenseitsflugmachine. El Vril-Odin.

Mientras leía, sentí cómo la historia dejaba de ser historia.



Cris me interrumpió, con esa mezcla de emoción y vértigo que ya le conocía:

¿crees de verdad que esa máquina hizo un portal al astral?

Si funcionaba… imagínate, mujer… esa máquina está en el astral.

Y si es esa campana… ¡en la Tierra también está!

Su mente iba rápido. Demasiado rápido.


Me dijo que si se revisaban ambas máquinas podría abrirse un portal del astral a la Tierra. Que entonces podrían venir con poderes sobrenaturales.

Me habló de los nombres que aparecían, de la confusión entre Sigrun y Gudrun, de otra médium más, de cómo todo parecía duplicarse y mezclarse.

Luego ocurrió algo que todavía hoy me eriza la memoria.


Cris encontró una fotografía. Decían que pertenecía a la mismísima María Orsic. Pero tomada décadas después de su desaparición. Años que no cuadraban. En la imagen, la mujer aparecía rejuvenecida, usando otro nombre: Sully.

Recuerdo su voz, alterada, casi temblando: Es ella. Sully es verdad.

Es la misma que María Orsic.


Me dijo que esa mujer, con el cabello suelto, era la que había visto ese mismo día. Entonces comprendió algo que la dejó sin aliento: eso significaba que todas ellas estaban en esa dimensión. En el lugar al que había ido. Las cinco. O quizá ya no. Tal vez ahora solo quedaban tres. No lo sabía. Estaba confundida. Profundamente confundida.


Me preguntó por qué se decía que habían escapado.

Si no habían huido —me dijo—.

Si eran esas mujeres las que había visto hoy, atrapadas en otra dimensión.

Le respondí con lo poco que la historia oficial dejaba ver.

Que en 1945 María Orsic y el Círculo Vril desaparecieron misteriosamente.

Que eso llevó a escritores, teóricos y místicos a creer que había escapado a Aldebarán.

Que también explicaba que María desapareciera por un tiempo y regresara con otro nombre, antes de desaparecer definitivamente.


Cris guardó silencio un instante. Luego recordó algo más.

Me dijo que cuando las mujeres discutían, había un hombre presente. Que sentía que era un maestro. Tenía bigote. No sabía por qué, pero la miraba a ella de un modo distinto. Con frialdad. Con una indiferencia que dolía. Como si no la aprobara. Como si no debiera estar allí. Ese detalle quedó suspendido entre nosotras.

Como si aún estuviera esperando su lugar en el relato.



Recuerdo que, en medio de esa marea de preguntas, Cris intentó aferrarse a una imagen concreta. Me dijo que no lo recordaba bien, pero que creía que al hombre al que había llamado “maestro” se parecía a una persona que había visto en un video.

Según ese material, era amigo de María Orsic y se llamaba Nikola Tesla.



Luego añadió, casi con timidez, que el Comandante que había sentido tan cercano se parecía a otro hombre mayor, uno que en los videos llamaban Hitler.

Yo la escuchaba con una mezcla de asombro y cuidado.

Porque sé —y lo digo ahora con total claridad— que Cris no tiene idea alguna de estos personajes históricos. No forman parte de su mundo, ni de sus intereses, ni de sus lecturas.


Por eso, cada asociación suya tenía el peso de lo no aprendido, de lo no buscado.

Me dijo que quería saber qué les había pasado a esas dos personas. Si también habían desaparecido. Vio otro video y me contó que allí afirmaban que Nikola Tesla murió a los ochenta y cinco años. Pero ella lo había visto joven. Igual que en las fotografías antiguas. Eso no le cerraba. Nada le cerraba.


Volvió a las mujeres.

Preguntó por qué decían que solo eran tres las médiums, si ella había visto cinco. Las tres más conocidas aparecían siempre, pero nadie hablaba de las otras dos: Gudrun y Heike.


Le dije que regresaría a la investigación en unas horas. Que todo era interesante, pero también profundamente secreto. Que incluso se decía que Hitler no había muerto en la Segunda Guerra Mundial, que quien murió fue un doble, un hombre parecido. Nada estaba del todo claro. Nada parecía haber sido contado completo.


Cris se rió, nerviosa, y me lanzó una pregunta que era más un vértigo que una idea:

¿crees que en verdad donde fui estaban esas personas?

Luego se puso seria.

Dijo que si eso era así, entonces estaban en el plano de los muertos, en el astral.

Justamente el lugar que ellos querían conocer. Un mundo cargado de poder.

Y si eso era cierto —me dijo—, entonces ellos tenían la puerta para abrir dimensiones.


Yo recordé algo que ya había consultado tiempo atrás. Le dije que, según los intraterrenos, esas ciudades no están bajo la tierra física, sino en el astral de la Tierra. En un nivel muy cercano al plano material. Casi pegado. Le dije que quizá el grupo Vril se encontraba en ese mismo nivel.


Cris se aferró a esa idea como a una certeza súbita.

Me dijo que ella había llegado allí.

Que yo, siendo astral, podía ir donde estaban. Que podía verlos.

Le respondí que sí. Que podía hacerlo.

Y recordé entonces unas palabras antiguas, transmitidas desde Isis —la diosa máxima que ambas conocemos—: que llegaría un momento en que habría que limpiar los planos paralelos. Era una misión encomendada a la gente de mi Reino. No algo inmediato, pero sí inevitable.


Cris siguió buscando. Encontró información sobre la mujer de cabello corto.

Me dijo que en Wikipedia afirmaban que era hija de Hitler.

Le respondí con honestidad que no sabía todo eso. Ella insistió en que la información estaba en conflicto. Yo le dije que lo poco que sabía era porque, una vez, había visto la foto de la rubia —María Orsic— y algo en ella me había llamado la atención. A partir de ahí había mirado algunas cosas, nada más.


Cris volvió a lo esencial. Me dijo que le gustaría que fuera.

Que si las amigas habían muerto a manos de esas naves, entonces debían encontrarse en el astral. Que ya estaban muertas. Me pidió que leyera el artículo que me había enviado.

Le dije que estaba bien.

Insistió en un detalle:

en la parte donde aparecía ella, justo arriba, había otra mujer. Me dijo que esa mujer, la de cabello suelto, era exactamente la que le hablaba.

Así la había visto. Así la había sentido.

Le dije que se trataba de una María Orsic moderna.


Cris afirmó que Sully era ella. Que según el escritor, investigaban a una Sully en el futuro. Que parecía como si María ya hubiera desaparecido antes. Que su apariencia era joven. Y eso significaba algo inquietante: que habían viajado y regresado años después.


Le dije que leer todo eso me llevaría tiempo.

Ella rió, impaciente, y me pidió que al menos leyera esa parte. Me preguntó cuándo iría a ver el lugar. Quería saber si eran ellos. Por qué estaban allí. Qué había pasado. Por qué ella la había llamado. Qué eran realmente esos ovnis. Y qué había sido de sus amigas.

Sus preguntas quedaron flotando, una tras otra,

como luces suspendidas en un cielo que aún no decide abrirse.


Y yo sentí, con una claridad silenciosa, que aquel lugar no había terminado de mostrarse. Que la historia no pedía respuestas rápidas, sino presencia.

Que algo, en algún plano muy cercano al nuestro,

estaba esperando ser mirado sin miedo.



Al día siguiente, dejé asentado lo que había comprendido.

No como una sentencia, sino como quien ordena símbolos después de una noche larga.

Era 26 de junio de 2015.



Recuerdo haberle dicho que eso era lo que había sucedido. Que aquel “sueño” no lo era. Que yo entendía que se trataba de una dimensión paralela de la Tierra. Un plano muy cercano. Que parecía haber sido colonizado por los alemanes, aunque no sabía si había otros pueblos allí, otras presencias.


Le dije que Isis había hablado.

Que enviaría a Dalia, una Guía experta, y a una Guardiana Ónix a investigar.

Le expliqué —como quien recuerda algo antiguo— que la Orden Ónix es un linaje de Guardianas de élite al servicio de la nobleza Arita y Rein, llamadas así por sus trajes y alas negras, por la forma en que la sombra se vuelve disciplina en ellas.


Cris rió, con esa risa suya que mezcla afecto y desafío,

y me dijo que si no había ido yo, entonces me estaba volviendo floja.

Le respondí que Isis también había dicho algo más:

que tocaría limpiar planos cercanos a lo físico. Eso era todo por ahora.

Que luego habría que ver qué resultaba del Cubo y de los alemanes.

El Cubo… esa tecnología astral que usa mi gente para asuntos muy específicos,

cuando las tramas son demasiado densas para resolverse con gestos simples.


Pasaron cuatro días.

Y entonces supe algo más.

Era 30 de junio de 2015 cuando le dije que Isis y Arcadia no estaban.

Que se habían ido a la realidad paralela donde se encontraban las Vril. Que ellas querían que las mujeres tuvieran más poder. Que pudieran tomar decisiones propias.

Cris se sorprendió.

Me dijo que entonces aquello parecía una revolución.

Y volvió a preguntarse por qué la había llamado esa mujer, Gudrun.

Le respondí con honestidad: no sabía si la había llamado,

o si ella simplemente la había sentido.

Cris insistió. Dijo que por eso pensó que irían Dalia y la Ónix.


Le expliqué que el asunto era más amplio.

Que estaban Isis, Arcadia y las Ónix allí. Que Dalia seguramente también. Que estaban organizando cómo nuestra gente iba a ayudarles.

Cris no lo entendía.

Me dijo que Arcadia podía destruirlos a todos ella sola.

Que no comprendía por qué tanto rodeo.


Le respondí con suavidad que no todo se resolvía destruyendo.

Ella insistió: que podía atraparlos, que además estaban las Ónix.

Le dije que sí. Y le pregunté si de verdad creía que ellas no lo sabían.

Que eran más listas que nosotras. Que yo solo podía decirle que estaban allí.

Cris preguntó entonces para qué iba todo eso.

Le respondí que hablaba como si ellas no supieran lo que hacían.

Se impacientó.

Dijo que llevaba dos días demorados ese asunto. Que destruir o reunir tomaba solo uno.

Ahí sentí el peso de la diferencia entre nosotras.

Le dije que veía que no entendía la magnitud de las cosas.


Ella cambió de tema de golpe. Me preguntó qué hacía esa mañana, alrededor de las diez, hora de México. Dijo que veía que no recordaba sus diseños, esos artefactos astrales que ella misma creaba.


Le respondí que había estado en el Templo, con Lilian y Jessel. En el Templo Astral donde me reuní con la noble familia Arita. Le dije, sin dureza, que aún no comprendía la magnitud del universo ni cómo se relacionan las cosas. Que era una gran diseñadora, sí, pero que le faltaba estar al frente de sus propias obras. Que eso no era un problema. Que ya llegaría su momento.


Al día siguiente, 1 de julio de 2015, volvió con otra inquietud.

Me dijo que no sabía por qué, pero que algo no le cerraba.

Me pidió ayuda con una duda: si esas mujeres Vril estaban en otra dimensión física astral, ¿podían usar poderes solo por el hecho de estar en astral?


Le respondí que creía que era una dimensión similar a la de las Hadas.

Un plano paralelo muy cercano, que permite un poco más de poder.


Cris recordó entonces que cuando estuvo como walk-in dentro de Gudrun, tenía poderes. Que con solo levantar la mano había destruido un avión.

Le dije que incluso aquí, en nuestro plano físico, las Vril ya tenían poderes.

Que en un plano más favorable debían tener aún más. Que además Isis y Arcadia estaban allí. Que si no fuera astral, ellas no se involucrarían. Que con los físicos de tercera dimensión no se meten. Solo con lo astral.


Cris se inquietó de nuevo. Dijo que ya eran tres días.

Que eso le daba más dudas. Que no entendía qué hacían, que tardaban mucho.

Le respondí que ellas hacen mucho más que patear traseros.

Que organizan mil cosas a la vez.


Cris guardó silencio un segundo y luego dijo que sí, pero que nunca habían tardado tanto.

Y en ese comentario suyo sentí algo más que impaciencia.

Sentí la percepción de un tiempo distinto, estirándose en otro plano, donde las decisiones no se miden en días, sino en equilibrios que aún no se dejan ver.




Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.

Mediadora de mundos.



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