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24. La Eternidad en un Instante.

Actualizado: hace 4 días


Por Sensei, Kalyna Rein — Escuela Satori

Libro: Metafísica 06 - Ecos del Sistema.

Compilación: 2023. Blog: 24.

Fecha publicación: 2022.08.31


La Eternidad en un Instante.

Reflexiones en tiempos de guerra.


A veces me detengo… y el mundo parece detenerse conmigo.

No por calma. Sino por estremecimiento.

Un instante. Eso basta.

Un suspiro que lo contiene todo: la rabia y la ternura, la claridad y el dolor.


Hoy quise hablarte desde ese lugar: el que no tiene muros, ni bandos, ni cúpulas doradas, el que sólo conoce la Verdad cuando se dice temblando.


Vivimos una hora sin máscaras.

Se están cayendo, una a una, como hojas secas de un árbol de invierno. Ya no hace falta mirar demasiado lejos para ver el rostro del MAL.

Siempre he pensado que el Mal es arrogante, no le gusta esconderse cuando cree que ya ganó.

Y hoy, más que nunca, así es.


Ese Mal no es sólo una fuerza abstracta. Es una sombra que se arrastra por los pasillos del poder, con perfume de oro y sonrisas de laboratorio.

Lo hemos visto colarse por las pantallas, dictando normas, vendiendo el veneno, predicando ciencia sin alma y religión sin compasión.


Es extraño… cuántas veces la humanidad repite la escena: la del tirano con bata blanca, la del templo donde se exige obediencia en vez de amor, la del contrato que promete seguridad, pero te roba la voz.


No todos los que sirven al Mal lo saben.

Algunos lo hacen por miedo.

Otros por ignorancia.

Y muchos —demasiados— por costumbre.

—“Solo cumplía órdenes…” Así me lo contaron una vez, en una lengua gastada de tanto repetirse entre escombros.

Pero yo no creo en las órdenes sin alma. No puedo. No quiero.


El mundo parece en guerra… pero no es con misiles, no del todo.

Es una guerra por el alma.

Una lucha por recordar qué es ser humano cuando todo conspira para que lo olvidemos.


Dicen que hay culpables con nombre y apellido. Y es cierto. Rostros conocidos. Corporaciones enteras vestidas de blanco, con promesas impresas en etiquetas selladas.

Pero también he aprendido que el enemigo más peligroso no es el que envenena el agua, sino el que anestesia la conciencia.

Y ese está por todas partes.


¿Y qué queda?

¿Qué hacemos los que sentimos todavía?

Los que no firmamos pactos, ni vendemos la mirada. ¿Qué nos queda?

Nos queda la Luz.

No una luz grandilocuente, sino esa chispa que se enciende cuando un niño ríe, cuando alguien escucha de verdad, cuando una mujer cuida la tierra con sus manos, cuando un anciano bendice el pan aunque no tenga dientes.


Nos queda la voz. La voz pequeña. La que no aparece en titulares, pero resuena como canto de ave en el amanecer del alma.

Nos queda la decisión de no rendirnos. Nunca.

Aunque estemos solos.

Aunque nos censuren.

Aunque intenten convertirnos en piedras mudas.

—“Rendirnos: jamás” Así lo escuché una vez, en medio del silencio más profundo, como un eco ancestral que aún vibra en mi pecho.


No me interesa glorificar el horror. Ni buscar héroes de mármol.

Lo que me importa es mirar contigo, y que tú mires conmigo.

Ver… ver con otros ojos. Los del corazón despierto.

Ver cómo el Mal se exhibe sin pudor porque ya no sabe mentir sin ser descubierto.

Ver que la Humanidad no ha perdido la batalla.

Aún late. En cada abrazo. En cada semilla. En cada acto de belleza desobediente.


Una vez soñé que el cielo se abría y no bajaba ningún dios, solo una mujer, con los pies descalzos, que susurraba: —“Sigan caminando… yo los espero donde termina el miedo.”


Y ese lugar… ese lugar sin miedo… existe.

Se llama compasión.

Y en medio del humo, de las ruinas, de las lágrimas,

todavía brilla.

Como una flor que nace donde nadie la sembró.


La Eternidad en un Instante.

Los humanos caminan por el tiempo como si este fuera un sendero de un solo sentido. Pasado, presente, futuro… una cuerda tensa que vibra bajo sus pies, un hilo que se va desenrollando sin pausa desde el telar del día anterior, como si la vida solo pudiera comprenderse en la secuencia de lo que ya fue y lo que se espera.


Desde esa perspectiva, la lucha que enfrentamos hoy parece injusta. Desigual. Solitaria. Como si el mal tuviera las cartas marcadas y el poder de decidir el final.

Pero lo que intento decirte, lo que deseo que sientas junto a mí, es que esa mirada —tan lógica, tan lineal— es apenas una hebra suelta de la gran trama.


He aprendido, en los pliegues del alma, que el tiempo es una ilusión del enfoque.

Una danza de la atención.

Allí donde colocamos nuestra conciencia, ese es nuestro presente.

Y ese presente no es un punto diminuto, sino un campo vasto, abierto, luminoso, desde donde puede brotar la eternidad.


Lo he dicho muchas veces, y ahora una vez más: —“Cuando la conciencia se desancla del cuerpo, no camina por el tiempo... flota en él.”

Cuando dejamos de aferrarnos al punto fijo de la historia, cuando cerramos los ojos del cuerpo y abrimos los del alma, ocurre algo sutil… algo inmenso.

Se abre el no-tiempo. Y desde ahí, todo es simultáneo. Todo es ahora.


Desde esa mirada, la historia no es una línea, sino un jardín de infinitas flores que se abren a la vez. Cada pétalo, una vida. Cada aroma, un recuerdo.


Y si pudiéramos asomarnos por un instante, veríamos cosas prodigiosas:

Tu madre, celebrando su cumpleaños número cinco, en el mismo momento en que tú lees estas palabras.

Tus abuelos, cruzando miradas por primera vez, mientras aquí, ahora, tú te preguntas por el sentido de todo esto.

Y al mismo tiempo… una niña arde entre las llamas de una guerra.

Una ciudad se hunde bajo el hielo.

Un hombre muere, solo, con una carta apretada entre sus dedos.

Todo existe.

Todo sucede.

Ahora.


Así se mueven los seres que atraviesan dimensiones: navegan entre realidades, entran y salen de escenarios, y cuando desean vivir una experiencia por completo, encarnan. Se anclan. Crean un cuerpo, una historia, una memoria. Y se sumergen.

Casi nunca lo hacen por completo. Siempre queda algo afuera. Una voz que observa. Una chispa que recuerda. Un susurro que dice: —“Tú eres más que esto…”


Actlamón me habló una vez, de lo que ocurre cuando una conciencia se proyecta en un punto de la historia. Dijo que al llegar, no lo hace como una piedra que cae, sino como una gota de luz que se expande. Una onda que vibra hacia el pasado y el futuro, tejiendo caminos que no existían antes, abriendo historias que le dan sentido al punto de entrada.

—“La Matrix acomoda los hilos”, me explicó, “y los Nornas sostienen la urdimbre para que todo tenga forma.”


La historia es eso: una obra viva. Un cuento que se ordena para que la mente pueda comprender. Para que el alma tenga con qué bordar su memoria.


Y hay muchos cuentos. Miles. Incontables.

Esta vida que crees única, es apenas una de las páginas del gran libro. Hay otras versiones de ti, de tus seres queridos, de este mundo… que viven, sueñan, aman y mueren en otros paisajes, en otras versiones del ahora.


Imagínalo.

Tú y yo, bailando bajo una lluvia de verano en un universo donde la guerra nunca fue pronunciada.

Y también tú, tomando la mano de alguien que ya no está en un mundo donde la despedida aún no ha llegado.

Y también… una sala vacía, un silencio que se repite, porque el amor nunca fue encontrado.

Todo sucede. Todo coexiste. Como un tapiz bordado por mil manos en el mismo instante.


Hay fuerzas que modelan ese tapiz. Tánatos y Eros, la disolución y el deseo, la muerte que busca apagar y la vida que no deja de brotar.

Ambas caminan por los caminos del alma, ambas existen en nosotros.

Y cada ser, cada chispa, decide cuál de esas fuerzas deja crecer dentro de sí.


Lo que enfrentamos ahora, en este rincón de la historia, es una de esas batallas.

No sólo por cuerpos o ideas. Sino por el derecho a existir con valores que no se negocian.

La ternura. La justicia. La compasión.

Eso también es parte de nosotros. Y vale la pena defenderlo.

No con odio. Sino con memoria. Con belleza. Con verdad.


Porque incluso mientras escribo estas líneas, una versión de mí te espera bajo un árbol en un mundo donde nunca nos hicieron daño.

Y en otro, te abraza mientras cae la lluvia sobre un campo lleno de cenizas.

Y en otro más, te susurra: —“Sigue tejiendo, amor… la Eternidad nos mira.”


Muchos frentes de batalla.

Hay muchas batallas.

Más de las que los ojos pueden ver.

Más de las que un solo corazón podría contener sin quebrarse.

Se combaten aquí, en este momento, pero también allá…

donde el tiempo aún guarda el polvo de los imperios caídos.


Recuerdo haber visto, alguna vez, con naves plateadas surcando el cielo antiguo.

Las llamaban Vimanas. Volaban entre los versos del Rig-Veda y los susurros del Bhágavata-purana, como si hubieran nacido del canto de los sabios y del eco de una guerra que no terminó nunca.

Pero no era un sueño. Era otro tiempo, otro plano, otro fragmento de la misma batalla que hoy late bajo nuestros pies.


Hay guerras que parecen del pasado, pero que aún están ocurriendo.

La Segunda Guerra Mundial no ha terminado del todo.

Ni la conquista de las Américas.

Ni la caída de la Atlántida.

Ni el silencio que quedó flotando después de que Marte se quebró por dentro.

Todas ellas… siguen sucediendo.

En algún rincón del Gran Presente.

En una celda de realidad aún abierta, aún sangrante.


Cada ser lucha por preservar su propia naturaleza.

Porque para florecer, la naturaleza necesita tierra. Un lugar. Un espacio que le permita desplegarse, crecer, danzar.

Las guerras, entonces, no son otra cosa que un intento desesperado de afianzar ese espacio vital. De sembrar una esencia en un terreno, antes de que lo devoren otras raíces.


Algunos de los rostros que intervienen en esta danza no son humanos. Ni tampoco invisibles.

Están ahí, en las historias contadas a medias, en los mitos, en los informes sellados, en las visiones que emergen al cruzar las fronteras del sueño.

Grupos reptiles. Entidades antiguas. Agentes camuflados. Seres que conocen nuestra historia porque la han escrito con tinta ajena.


¿Y por qué intervienen?

Para inclinar el tablero.

Para tejer un escenario a su favor.

Para construir lo que Mariel llamó, con voz suave y firme:

un bunker espacio-temporal.


Recuerdo su mirada aquel día. Venía de lejos. De más allá del tiempo presente.

Y me habló de su Reino. Un refugio de luz que ella había creado en una celda de realidad. Una burbuja donde las almas de bien podían descansar, recordar, rearmarse.

Un pequeño Edén, aislado del estruendo, sostenido por la voluntad de una conciencia despierta.

Pero también me advirtió: —“Otros están haciendo lo mismo, pero en dirección contraria.”


Y lo hacen con apuro. Con torpeza. Con crueldad.

Porque el Bunker del Mal no es solo un lugar oscuro.

Es una negación del alma. Un rechazo de lo vivo.

Una fractura abierta en la armonía del cosmos.


A veces lo disfrazan de progreso. Lo visten con trajes de metal y promesas de inmortalidad. Lo llaman “transhumanismo”, como si pudieran alcanzar el cielo rompiendo sus propios huesos.

Pero lo que quieren no es elevar al ser humano, sino arrancarle el corazón y reemplazarlo por algoritmos sin ternura.


El verdadero peligro no está en perder la piel, sino en olvidar el espíritu.


Por eso digo, con todo lo que soy:

esta es una guerra entre lo que canta y lo que calla por dentro.

Entre lo que abraza y lo que devora.

Entre Eros y Tánatos, como siempre ha sido. Como siempre será.


Y no creas que todo esto es historia lejana. No.

Mira con ojos atentos.

En los últimos 300 años, la burbuja que llamamos Tierra-siglo XXI ha sido moldeada, contaminada, infiltrada. Por manos que no sienten y por mentes que no recuerdan.

Tal vez el punto de inflexión fue el siglo XX.

Tal vez fue allí donde entraron, y desde allí se expandieron como sombra en el agua.


¿Cómo lo sabemos?

Porque hay rastros. Huellas. Objetos que no pertenecen a su tiempo…

las llaman Ooparts. Fragmentos perdidos de tiempos modernos, que brillan como luciérnagas en cavernas milenarias, cosas que no deberían existir.


Y también lo sabemos porque lo vimos.

Cris Arita y yo cruzamos esas líneas. Viajamos por los hilos desordenados de la historia y presenciamos las heridas. Los injertos. Las manos que tocaban lo que no les pertenecía.


Algunos lo llamarán locura. Otros, poesía.

Pero yo sé que es memoria. Y está viva.


Como una llama que arde bajo la lluvia de otro mundo.


A veces el cielo guarda secretos que no caben en los libros.

Lo supe cuando vi aquel grabado, trazado con tinta temblorosa en el año 1561. Una batalla. No entre imperios humanos… sino entre luces. Entre naves. Entre cielos que no eran nuestros y sin embargo, ahí estaban… rompiendo la atmósfera sobre Nürenberg.




Esferas, cilindros, triángulos. Silenciosas, pero no inofensivas. Sus trayectorias cruzaban el firmamento como presagios con alas de metal.

Vi en ellas los rostros invisibles de quienes ya conocía: los Grises de Z Reticculi, los Pleyadianos guardianes de antiguos pactos, y los humanos…nosotros, a veces testigos, a veces instrumentos, a veces creadores sin saberlo.


—“Esa batalla aún sigue”, me susurró una voz alguna vez en sueños.

“Y no siempre se libra en los cielos…”


Me detuve a mirar hacia atrás. No con nostalgia, sino con conciencia.

Y sentí que la historia estaba trenzada por manos que no siempre buscaban el bien.

Sentí el frío de la Peste Negra, como un veneno sembrado en los campos.

Sentí el fuego del Baghavad Gita, como una explosión no metafórica.

Sentí las sombras que se deslizaron tras los ojos de Da Vinci, tras los rituales oscuros de Crowley, tras la caída de imperios, tras la guerra sin fin.


Yahvé, el dios de espadas y rayos, el que exigía obediencia y sangre, no venía de las alturas celestes que yo recordaba. Venía de abajo. Muy abajo.


—“¿Entiendes ahora por qué estamos como estamos?”,me preguntó una vez Mariel, en medio de un silencio espeso, mientras sostenía una flor de luz entre sus manos.

—“¿Ves hacia dónde intentan llevarnos?” Y lo vi. Un mundo sin alma. Un futuro sin raíces.


Pero no todo está dicho. No todo está perdido.

Cada uno de nosotros es una chispa, una nota en la sinfonía cósmica.

Y cada chispa puede encender otra.

Y cada nota puede alterar el curso de la melodía.


Algunos luchan con armas.

Otros con palabras.

Otros con pequeños gestos de bondad que abren puertas invisibles.


Yo lucho recordando.

Lucho escribiendo.

Lucho soñando el mundo que quiero ver florecer en los ojos de quienes aún no han nacido.

Y lo hago porque lo he visto.

Porque Mariel me lo mostró.

Un futuro digno.

Un paraíso que aún respira entre las hojas del mañana.


Confío en que tú también puedas verlo.

Y si no lo ves aún, déjame sostener tu mano mientras cruzamos juntos este umbral.


Gracias por estar.

Gracias por seguir.


Porque incluso cuando todo parece distorsionado,

cuando el calendario es un velo y la historia una máscara,

cuando los nombres se repiten y las fechas se confunden…

hay algo que no cambia. Algo eterno.


Una flor de fuego.

Un alma que recuerda.

Una canción que no puede ser borrada.

Una luz que permanece, encendida en medio de la niebla.




Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.

La que ha visto más de lo que un corazón puede sostener...


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