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10. La edad astral de Kalyna.


Por Sensei, Kalyna Rein — Escuela Satori

Libro: Metafísica 02 - Viajera Astral.

Compilación: 2020. Blog 10. ATP.

Fecha publicación: 20150622.


Viajera Astral

La edad astral de Kalyna Rein.


Nunca fue sencillo determinar la edad de un ser astral.

Lo recuerdo bien. No solo porque provenimos de otros planos, con marcos de tiempo distintos —más lentos, más elásticos— sino porque el crecimiento no sigue una línea recta. Depende de las circunstancias, de la experiencia, de la conciencia.

Un ser astral puede crecer de golpe…

o quedarse suspendido fuera del tiempo durante lo que, para la Tierra, serían siglos.


En mi caso, fui creada como un clon infantil de mi madre Mariel.

Mi crecimiento nunca estuvo atado a un reloj biológico, sino a la madurez de mi personalidad, a lo que la vida me ofrecía —o me negaba— experimentar.

Podía avanzar rápido en forma y conciencia,

o detenerme indefinidamente en una misma etapa.


Recuerdo una conversación.

Un chat del grupo de Facebook Viajera Astral.

Era el 22 de junio de 2015, cerca de las siete de la tarde.

Allí, Emma D. se propuso hacer algo curioso: intentar calcular mi edad.

—Recuerdo que me preguntó:

“Desde tu nacimiento hasta tu encarnación en la Tierra, ¿cuánto tiempo pasó, Kalyna?”

Y yo respondí, con honestidad infantil, que no lo sabía.

Que mamá me había hecho para crecer en México, dentro de un cuerpo biológico.


—“Calcula tiempo de Tierra”, insistió él.

Entonces recordé en voz alta:

Nací en 1988, como bebé.

Crecí hasta morir en 2001.

Después… nada claro. Fragmentos. Sensaciones sueltas.

Lo siguiente que recuerdo con nitidez es mi regreso,

cuando entré al cuerpo del señor Gabriel en 2011.


—“¿Y entre 2001 y tu próxima encarnación, viviste en tu plano?”, me preguntó.

No. Le respondí. Mamá me tenía escondida. Lo que hizo no estaba bien visto. Por eso lo hizo en secreto. Me creó un lugar astral solo para mí. Ella me visitaba.

Y a veces venía una Guía de su confianza.

Nuestra gente no quería que nos arriesgáramos en estos planos, menos aún después de que Jessel se perdió en la Tierra.


—“¿Y tú qué hacías en ese tiempo?”, preguntó Emma.

Bobear. Eso dije. No pensaba mucho. Solo estaba allí, con las cosas que mamá había puesto para entretenerme, y con Dalia, que me cuidaba.

Mamá Mariel es hija de los reyes de nuestro reino… y no querían arriesgarla.

—“¿Qué cosas?”, volvió a preguntar.

Y yo aclaré, un poco confundida entonces, que Jessel era hija de los reyes del reino vecino. En ese tiempo aún no tenía claro el parentesco completo.


—“¿Quién es Dalia?”

Así se lo conté: Dalia era la guía que a veces me cuidaba y que vigilaba a Cristina.

Era la guía de más confianza de mi mamá.

Recién cuando rescatamos a Jessel, mamá me presentó al resto de la familia.


—“Entonces jugabas”, concluyó Emma.

Sí. Cabeza de niña pequeña. Pasear, jugar, bobear.

—“¿Tenías forma de niña?”

Sí. De trece años. Recién cambié aquí, en la Tierra, en estos últimos años.

—“¿Estar sola qué se sentía?”

No sabía que existían otras cosas. No lo pensaba.

Me sentía tranquila. En paz. En amor.

—“¿No había animales?”

Hice memoria… aves, conejos, peces de colores, mariposas. Ya casi lo había olvidado.


—“¿De cuántos años te ves ahora, en cuerpo astral?”

Me reí. Dije que no sabía. Que calculaba mi edad por el tamaño de mis pechos… si crecían o no. No sabía cómo medir la edad.

—“¿No pensabas mucho sobre quién eras?”

No. Ni entonces ni cuando recién llegué.

Cristina dice que mamá me “drogaba” con energía de amor… quizá.

Es un truco para mantenernos tranquilas.


Emma seguía intentando calcular.

Cris decía que yo era de dieciocho o menos, por eso me trataba como niña.

Yo protestaba: no soy niña, soy mujer.

—“Vivías el día a día jugando”, dijo Emma.

Sí.


Le conté que mi primer año aquí dormía, salía a sanar y a tomar energía de la naturaleza. Solo pensaba en lo hermoso que era sanar y ver feliz a la gente.

No pensaba quién era ni por qué estaba allí.

Creía que yo era un ángel puesto para ayudar a papá Gabriel… y que siempre sería así.

Me equivoqué.


Entonces Emma llegó a su conclusión.

Dijo que tenía una edad trascendental de veintisiete años.

Que desde 1988 hasta entonces, esa era mi existencia.

Que mi conciencia se había arraigado a las experiencias humanas.

Que morí a los trece y conservé ese desarrollo hasta volver.

Que al llegar en 2011, mi edad mental era de trece años.

Que luego, de golpe, crecí, enfrentando responsabilidades enormes siendo aún una niña buena e inocente.

Que mi edad mental alcanzó unos diecisiete años… aunque, por capacidad de conciencia y pensamiento, equivaldría a unos cuarenta años humanos.


Yo le dije que usaba la mente del señor Gabriel.

Que le sacaba experiencia y conocimiento.

Que si algo no sabía, pensaba, buscaba y aprendía. Como leer un libro.


Emma rió. Yo también.

Cris decía que era ingenua, torpe, fácil de engañar.

Pero me enseñó a ser más precavida, a preguntar. La amo por eso.

Porque me sostuvo. Porque me enseñó.


Al final pregunté qué edad debía decir.

Papá Gabriel había fijado mi cumpleaños el 6 de enero de 2012, el día que salí sola del cuerpo por primera vez. Antes no me dejaba, era débil.

Pero también estaba la fecha de mi nacimiento en México.


—“En tu casa, veintisiete. Aquí, diecisiete”, dijo.

—“Si quieres que te tomen en serio, di veintisiete”.

Asentí.

Sí. Por eso decía más edad.

Porque si no… se ríen.


Desde aquel chat han pasado muchas cosas.

He cambiado. He madurado.

Pero como ilustración de cómo experimentamos la vida los seres astrales,

ese recuerdo sigue siendo fiel.


Mi edad no vive en un número.

Habita en la forma en que el tiempo me atravesó…

como una luz que aprendió a crecer sin saber nunca del todo

cuántos amaneceres llevaba dentro.




Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.

La que creció a golpes.



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