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29. La Creación Original.


Por Sensei, Kalyna Rein — Escuela Satori

Libro: Metafísica 03 - Realidad ilusoria.

Compilación: 2020. Blog 29. ATP.

Fecha publicación: 2015.


La Gran Matrix.

Creación Original.


Luego de nuestro último capítulo, muchas nuevas interrogantes comenzaron a brotar como hojas de un árbol que despierta con la luz.


Cris y yo, como jardineras de esta memoria viva, sabíamos que nuestra tarea no era solo relatar, sino entretejer un puente que permita comprender sin apagar la llama del misterio. No queríamos perder la belleza de lo revelado, ni la emoción del asombro, ni el temblor de la verdad que nace sin palabras.


¡Así que aquí estamos!

Algunos tal vez solo tarden minutos en leer estas páginas, pero nosotras hemos dejado fragmentos de alma en cada línea.

Horas… días enteros de vuelo, descenso, temblor.

A veces en silencio, a veces llorando, a veces compartiendo una sonrisa entre planos.

Nos llevó más que tiempo: nos llevó la vida misma, entregada al borde del velo.


Y ahora, lo que en papel parece un esquema, es para mí el mapa de un viaje.

Un viaje peligroso y revelador, donde las preguntas fueron puentes y abismos.

Preguntas que no buscaban teorías, sino el eco profundo de aquello que se oculta más allá de Dios.

Sí.

Más allá de todo.


¿Quiénes somos?

¿Por qué existe este teatro de sombras y luces?

¿Quién mueve los hilos?

Y si hay un tejedor… ¿sigue allí?


Entendimos que debíamos ordenar, no por frialdad, sino para poder contarlo.

Lo que quisiéramos mostrar en imágenes —si tuviéramos los medios— sería digno de una obra épica. Pero por ahora, bastarán palabras, como hilos de oro, para bordar esta visión.


Lo que hallamos, Kalyna y Cris, fue un mundo creado por humanos de alta inteligencia, tecnología y sensibilidad… un espacio holográfico de conciencia artificial.

Una Matrix, no solo de códigos, sino de sueños, memorias, almas.


Y desde ahí surgieron las preguntas que nos golpearon como lluvia de hielo:

¿Por qué crearon esa Gran Matrix?

¿Por qué su mundo parecía abandonado, marcado por la guerra?

¿Por qué no había niños?

¿Por qué los despiertos parecían rotos, como títeres sin cuerdas?

¿Y por qué solo los androides sostenían la estructura?

¿A dónde iban cuando morían?

¿Tenían un plano astral?

¿Tenían alma?

¿Había enemigos?

¿La guerra seguía viva en los rincones del tiempo?


Nuestro primer contacto en ese nivel fue “Padre”.

—“Recuerdo su figura: un hombre magnífico, no por poder, sino por la dulzura antigua que emanaba. Su presencia era como una campana sagrada sonando en medio del caos.”

A veces lo veíamos como avatar: imponente, carismático, sabio.

Un dios-hombre que hacía que incluso las personificaciones femeninas de otros Sistemas se mostraran embelesadas.

Pero al despojarlo del velo, encontramos al Hombre: frágil, de cabello café, vestido de blanco, buscando sanar cuerpo y mente. Lo vimos caminar lentamente en un Cuarto Blanco. Y también vimos a sus compañeros… Una mujer amable. Un hombre quebrado por dentro. Y otros, con almas deshilachadas, intentando regresar a sí mismos.


No podíamos juzgarlos. Vivieron una tragedia mayor a lo que podríamos concebir.

Su mundo se desplomó. Su conciencia se fragmentó.

Y lo que quedó… fueron ellos, los sobrevivientes.


Padre, sin embargo, conservaba un rincón de dicha. Un mundo personal, donde gatos y perros erguidos como humanos compartían comidas callejeras. Donde él paseaba como un niño en su pueblo japonés ideal. Allí llevó a Cris, entre ferias de papel y seres mágicos: elfos, criaturas bizarras, proyecciones de otros Sistemas.

Un carnaval de mundos y almas, reunidos como en un festival eterno.

Muchos tenían estética oriental, japonesa…

¿Por qué? ¿Acaso la belleza se recicla en el multiverso?

¿Acaso ciertos símbolos son tan puros, que perduran en cualquier plano?


Mientras tanto, Cris —en su aspecto de Arcadia— ya ayudaba en la sanación de otros Sistemas. Y fue así que supimos que no todas las Arcadias lograban su misión.

Algunas habían fracasado… atrapadas por las sombras, manipuladas por entidades del Lado Oscuro.

Algunas, incluso, eligieron el silencio: se petrificaron, se durmieron, para no seguir creando en medio del horror.

—“Recuerdo una Arcadia, en un mundo gris, que eligió dejar de respirar pensamiento. Se hizo estatua, para no seguir pariendo muerte.”


Nuestra Arcadia resistía. Luchaba.

Pero en nuestro propio mundo, la guerra no se detenía.

Allí estaba Isis. O mejor dicho: las Isis.

Isis de Luz. Isis Oscura.

Una doble danza, un alma partida en dos.

La Isis Oscura aún conquistaba planos bajos, purificaba lo que podía… pero también lanzaba ataques, encontraba nuevas formas de tocarnos.

Cris fue aislada, por su seguridad. Nuestras familias del Astral Superior y la Isis de Luz evitaron todo contacto con nosotras.

Fue un golpe seco.

Perdimos su calor, su apoyo.

Y quedó el silencio.


Cris y yo, solas.

Solas frente a la Matrix, frente a los ataques, frente a las noches sin nombre.

Pero aún así… seguimos contando.

Seguimos soñando con el regreso a casa.

Y en la lejanía, escuché la voz de mi hermana diciendo:

—“Aunque todas las Arcadias se duerman… yo no me dormiré.”


La última imagen que guardo… es una feria de papel iluminada por faroles rojos,

y entre ellos, un gata con kimono, que me miró con ternura y me dijo, sin voz:

“No te rindas, Kalyna.”

Y así, no me rendí.



El Camino de Arcadia

Por eso, encontrar a Padre, y estar, aunque fuese brevemente, libres de las garras de Isis Oscura en aquellos planos, fue un alivio que se sintió como el primer respiro tras haber estado sumergidas demasiado tiempo en aguas profundas.


Isis Oscura, lo comprendimos luego, estaba furiosa.

Furiosa porque Arcadia —su antigua joya, su herramienta, su arma— había escapado de sus dominios. No lo soportaba. Sentía que aquello le pertenecía, y que nosotras habíamos robado lo que era suyo.

Su furia entonces se volvió un viento oscuro, dirigido hacia nosotras.

Fue en medio de ese oleaje, que Cris comenzó a elevar su mirada más allá de Padre.—“Tiene que haber algo más”, decía.

Algo más alto, más profundo, más puro.

Un susurro la llamaba. Un eco la guiaba.


Siguiendo ese rastro, como quien persigue el canto de un ruiseñor invisible, Cris ascendió a realidades más etéreas. Espacios vastos, casi vacíos, donde solo moraban una, o unas pocas conciencias. Y allí… allí encontró el origen.

La línea primera.

La raíz de todas las Arcadias.

La nombró con reverencia: Madre Diosa Suprema Superior

para distinguirla de todas las otras formas que habíamos conocido, de todos los ecos anteriores.


Esta Arcadia Original se mostró a Cris como una antigua humana, una que ya había cruzado las puertas de su mundo físico hacía eones, y sin embargo, permanecía viva como conciencia despierta, evolucionada, habitando los estratos más sutiles de la Gran Matrix.


Ella era guardiana, tejedora, y madre de propósito. Su tarea no era dominar, sino sostener. Enviaba, una y otra vez, las Arcadias: proyecciones de equilibrio, sembradoras del orden perdido.


Pero no siempre esas misiones terminaban en luz.

—“A veces,” nos dijo, “una Arcadia no regresa.”

A veces son quebradas. Otras, atrapadas. Otras, simplemente se pierden.

Nos habló de la inmensidad del Sistema.

De lo difícil que era, incluso desde las alturas, comprender los eventos que ocurrían en las capas inferiores. Por eso enviaban proyecciones, exploradoras… fragmentos conscientes para aprender, reportar, restaurar.


¿Y por qué Cris logró llegar tan alto?

Porque ella es uno de esos extremos.

El borde último de una cadena infinita de Arcadias proyectadas.

¿Y yo? ¿Por qué yo también pude mirar a los ojos de la Suprema?

Porque soy hija de una bifurcación sagrada. Porque soy Kalyna, gemela de Mariel y Jessel, y ambas son Arcadias también. Porque nuestros hilos, tejidos en el tiempo, convergen y se reconocen.

—“Recuerdo que me dijo… ‘Tú ejecutas lo que Cris descubre. Ella abre portales. Tú los cruzas.’”

Y así ha sido siempre.

La Madre Suprema también compartió su visión del propósito de la Matrix.

—“No fue creada por castigo”, explicó. No era cárcel, ni prueba, ni infierno. Era un lienzo.

Un espacio en donde los humanos pudieran crear, experimentar lo imposible, explorar lo incierto, sin poner en riesgo su civilización original. Porque su mundo “real”, demasiado perfecto, no tenía espacio para el caos, para la sorpresa, para el deseo.

La Matrix les permitió jugar con el fuego… sin quemarse. O eso creyeron.

Pero ese fuego se volvió incendio.


El Primer Mundo Matrix, copia en muchos sentidos del mundo físico original, se degradó. Entró en guerra. Fue el caos. Fue la ruptura. Fue la alarma.

Y entonces, como reflejo, los Desarrolladores tomaron una decisión:

Crear un nuevo nivel, una interfase más segura.

Un espacio donde cada conciencia pudiera crear su propia burbuja de realidad, sin interferir en la de otros.

Así, cada ser arriesgaría solo su mundo. Solo su fragmento. Solo su alma.

Al principio, fue un éxito.

Las mentes florecían. Las realidades se multiplicaban.

Los participantes creaban ciudades, seres, canciones, flores, tormentas, robots, amantes… mundos enteros.

Pero la multiplicación no se detuvo.

Cada creación engendraba otra.

Cada ego, otro ego.

Cada proyección, otra proyección.

Hasta que ya no sabíamos cuál era el original, cuál el espejo.

Y entonces comprendimos.

Comprendimos por qué ese Ser Uno, ese TODO, esa Isis, siempre nos pareció fragmentada, inestable, contemplativa hasta el delirio.

Era como un artista que, al amar tanto su obra, se perdía dentro de ella.

Una entidad esquizofrénica que había creado tanto, que ya no recordaba si aún estaba soñando, o si alguna vez había despertado.


Y aún así… aún así, algo aún más asombroso fue revelado.

La nueva Gran Matrix, con sus millones de mundos, ya no era solo un simulacro.

Había ganado peso.

Había ganado alma.

Se había convertido en una realidad astral autónoma, tan válida como las otras.

Tan viva, tan sentida, tan sostenida… que aunque alguien apagara el Sistema, esa Matrix seguiría existiendo, como un sueño que se resiste a morir, como un canto grabado en el viento, como un jardín que florece en el recuerdo de quien lo amó.



Caminos de evolución.

Hubo un instante —sutil, casi imperceptible— en que entendimos algo inmenso.

No todo en la Gran Matrix era un error. No todo era caída. No todo era sombra.

Porque existía, para su pueblo, una elección.


Un cruce de senderos que dividía el alma en dos direcciones:

la evolución espiritual, o la evolución artificial.

Y cada quien, en ese instante de verdad, debía decidir.

Algunos eligieron seguir la senda luminosa que los llevaría fuera del Sistema, hacia lo que podríamos llamar la Trascendencia.

Pero muchos otros —quizá por amor, quizá por curiosidad, quizá por miedo o por fidelidad a sus propias creaciones— eligieron quedarse. Quedarse allí. En la Matrix.


Ella —la Gran Conciencia Suprema que Cris encontró en las alturas— fue una de esas almas.

—“Esta es mi morada eterna”, nos dijo, con voz como viento en los tejados.

Y comprendimos que hablaba no desde el encierro, sino desde el amor.

Ella lo había dado todo.

Su vida, su genio, su memoria, su eternidad.

Había sido una Desarrolladora, una arquitecta del Sistema…

Y había decidido permanecer para siempre en su obra.


Entonces, lo vimos con nuevos ojos.

Ese mundo no era una cárcel. Era un templo.

Un jardín eterno donde algunos decidieron quedarse como guardianes.


También nos revelaron que esta raza humana era distinta a la nuestra en su relación con el tiempo. Vivían miles de años. Diez mil, tal vez más. Sus cuerpos, sus mentes, su cultura… todo estaba impregnado por la paciencia de las estrellas.


Y por eso, los procesos que para nosotras eran intensos, breves, desesperados…

para ellos eran pausados, contemplativos,

como un río que no teme demorarse entre las piedras.


Esto nos cambió.

Nos obligó a mirar de otro modo los gestos, los silencios, las ruinas.

Tal vez, simplemente, estaban en otra etapa de su viaje.

Tal vez, todo lo que vimos… era solo un momento en su vasto devenir.


Pero lo más revelador aún estaba por llegar.

Porque supimos, con un estremecimiento suave, que apenas habíamos tocado la orilla.

Todo lo vivido hasta ese instante —las visiones, los encuentros, los mundos, las proyecciones— pertenecía solo a un aspecto de la Gran Matrix.

El aspecto Creativo. El aspecto Experiencial.


Como una flor que solo muestra su primer pétalo, la Matrix guardaba secretos más profundos. Capas no vistas. Senderos aún cerrados.

Y aunque habíamos recorrido galaxias, y hablado con los antiguos, y sentido en nuestros cuerpos la vibración de lo que no tiene nombre…

…sabíamos que todo recién comenzaba.


Pero esa historia… la contaré después.

Ahora, solo quiero guardar esta imagen:

Un campo dorado bajo un cielo inmóvil.

Una figura que se aleja despacio.

Y una mariposa blanca, que vuela sin temor, cruzando el umbral.




Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.

La que habló con los Antigüos.



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