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10. Infiernos Matrix: Recuerdos olvidados.


Por Sensei, Kalyna Rein — Escuela Satori

Libro: Metafísica 03 - Realidad ilusoria.

Compilación: 2020. Blog 10. ATP.

Fecha publicación: 201406.


Infiernos Matrix:

Recuerdos olvidados.


¿Creíste, acaso, que sanar una ciudad era tan simple como colocar un domo y llenar el aire de luz? Qué ingenua esa imagen limpia.

No, amor. Debajo de la superficie, la sombra se arrastra. Y si no la miras de frente, no se disuelve. Esta vez… acompáñame a recuperar lo que había quedado sepultado en mí.

Ven.

Vamos a por mis recuerdos olvidados.


Una mañana, tras sellar el Domo sobre aquella ciudad mexicana, conversaba con Cris desde nuestras computadoras, como tantas veces. Sabíamos —lo sentíamos— que había pasado algo la noche anterior. Yo había viajado al astral sin memoria. Así que Cris me guió, con paciencia amorosa, en un ejercicio para activar esa parte dormida. Cerré los ojos, respiré hondo…Y comencé a recordar.


Era de noche en Argentina.

Desde mi forma astral abrí en el cielo un portal vertical, como un tubo espiralado de estrellas. Un túnel que vibra como los agujeros de gusano de las películas, pero vivo, pulsante, con bordes eléctricos.

Me lancé por él sin miedo.


Y salí sobrevolando la casa de Cris. La reconocí desde las alturas.

Descendí. Atravesé su techo de cemento. Y aparecí en su cuarto.

Allí me esperaban, de pie, despiertas: una Peke Domo… y nuestra querida Dalia.

La Peke me mostró una espada negra. Jamás la había visto. No era una katana.

Era otra cosa… más antigua, más temible. Oscura y bella como un eclipse.

—“La usaré contra el jefe de la ciudad”— dijo. Su voz era firme, sin odio. Sólo certeza.


Volamos juntas al parque.

Mientras cruzábamos la ciudad dormida, invoqué mi bastón. Lo hice girar en el aire, y desde su punta se dispararon rayos púrpura. Caían como lluvia mágica sobre los techos, las calles, los árboles. Una bendición… O una alarma.


Aterrizamos en la penumbra, justo cuando comenzaron a escucharse gritos.

Gente corriendo, escapando de la energía que los había tocado.

La Peke se clonó. Multiplicó su cuerpo. En un parpadeo, decenas de pequeñas guerreras salieron disparadas por la ciudad, cazando sombras, atrapando formas.


Me quedé sola en el parque, con mi bastón aún irradiando luz. La ciudad temblaba.

La Peke original extendió su mano y de su palma surgió una esfera púrpura grisácea. Creció… estalló… y se convirtió en cientos de esferas más pequeñas. Flotaban, giraban, se dispersaban. Atravesaban muros, buscaban cuerpos.

Encapsulaban, dormían, sanaban. Eran cápsulas de rescate.

Y una vez que hizo su trabajo, también ella salió volando.

Quedé sola.

Y entonces… comenzó.


Desde el suelo, desde los adoquines húmedos, una niebla negra comenzó a subir.

Era espesa, pegajosa, viva. Me envolvía las piernas, el vestido blanco. Y con ella surgieron manos. Negras como petróleo, viscosas. Me tomaron los tobillos.

Intenté volar. No pude. Sentí cómo esas cosas me jalaban hacia abajo.

Un miedo real, visceral, me invadió.

¡Recordé mi bastón!

Lo invoqué de nuevo, esta vez como un relámpago.

Lo agité, quemé las sombras. Gritaron. Me soltaron.

Y escapé hacia el cielo. El aire libre me devolvió el aliento.

Miré hacia abajo… Y decidí no quedarme sola.


Volé buscando a las Pekes.

Un lugar me atrajo. Una construcción sombría, sucia…

Al llegar, reconocí lo que era: un burdel, un bar… una trampa.

Entré.

Todo estaba destrozado. Sillas rotas. Vidrios. Cortinas desgarradas.

Sentí que las Pekes habían pasado por ahí.

Me adentré.

Escaleras angostas me llevaron a un sótano.

Allí… un hedor me cortó la respiración. Camastros tirados, cuerdas sucias, objetos manchados. Y una certeza me atravesó: allí se violaban y torturaban mujeres.


En el fondo del cuarto… un corredor. Un pasillo largo, helado. Oscuro como el pecado.

Volé por él. No toqué el suelo. Sabía que algo me seguiría.

A mitad del trayecto, sentí que me desplazaba en tierra de cementerio. Imágenes de calaveras me golpearon la mente. Debajo del parque… lo supe. Debajo de la iglesia. Las paredes se transformaban en criptas. Tumbas excavadas. Restos humanos asomando.


Entonces lo vi.

Al final del pasillo: un agujero. Negro. Redondo. Como un pozo sin fin.

Sabía que las Pekes habían bajado por allí.

Y yo no iba a volver atrás.

Me lancé.


Caí. Rápida y profundamente.

Brazos cruzados.

Cuerpo firme.

Oscuridad total.

Un acto de fe.


Al llegar al fondo, me puse de pie.

Estaba en una caverna inmensa. Luces. Fuegos. Fuego por todas partes.

Invoqué mi traje de caza. Apareció sobre mi piel, ajustado, negro.

Era como látex pero más sutil. Invisible. Me protegía. Me escondía.

Caminé hacia la escena.


Un grupo de Pekes Domo rodeaba a una criatura.

Un monstruo de fuego. Enorme, enloquecido.

Las guerreras saltaban sobre él, lo pinchaban con espadas negras, le robaban su poder.

Vi cómo una de ellas saltaba más alto que todas.

Cayó sobre la cabeza de la bestia, y le clavó una espada.

La misma espada negra que me habían mostrado al principio.

Desde la herida, surgió un remolino blanco, espumoso, giratorio.

Lo envolvió todo. Y fue apagando el fuego. Lo succionó.

Hasta que no quedó nada.


Nos reunimos alrededor de un cuerpo.

Ya no era una bestia, sino un ser pálido. Casi humano. Ceniza viva.

La Peke creó una burbuja púrpura. Lo encapsuló.

Y luego absorbió la esfera con la Espada Negra.


La caverna quedó vacía. Se abrían túneles oscuros, hacia quién sabe dónde.

Las Pekes me tomaron de los brazos. Y juntas volamos de regreso.


Emergí. De vuelta en la superficie.

Volví al cuerpo biológico.

Abrí los ojos.

Y todo se bloqueó.

Pero lo esencial… ya había sido recuperado.




Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.

La del salto de fé.


Continúa en la publicación: "Infiernos Matrix: Descenso."


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