9. Infiernos Matrix: el Domo.
- Kalyna Rein

- 9 jul 2020
- 4 min de lectura

Por Sensei, Kalyna Rein — Escuela Satori
Libro: Metafísica 03 - Realidad ilusoria.
Compilación: 2020. Blog 09. ATP.
Fecha publicación: 201406.
Infiernos Matrix: el Domo.
Tarde o temprano, llega el momento de ensuciarse las manos… si de verdad queremos limpiar la casa.
Acompáñame.
No tengas miedo.
Yo te muestro cómo hacerlo.
Esta vez, quiero narrarte algo que viví. Una escena real, una incursión nuestra… en uno de esos rincones podridos del sistema. Esos que algunos llaman infiernos. Pero no son el Bajo Astral natural —no—. Son falsificaciones. Imitaciones grotescas tejidas dentro de la Matrix Holográfica. Reflejos sucios del abismo. Espacios oscuros, viscosos, construidos por entidades que imitan la putrefacción como si fuera arte.
Y aunque sean copias…
no por ello son menos reales para quienes, por desgracia, terminan allí.
Esto ocurrió en junio del año 2014. Junto a Cris, mi compañera astral, planeábamos una forma de proteger ciudades humanas: limpiarlas, sellarlas… y luego, lentamente, llenarlas de luz. La idea era crear domos, escudos de energía viva, sobre cada una. Que la oscuridad no pudiera ni salir… ni volver a entrar.
Empezamos con una ciudad pequeña, en México. Cris vivía allí físicamente.
Yo la visitaba a menudo, desde lejos, en cuerpo astral. Nos comunicábamos a través de Internet. Compartíamos fragmentos de memoria, nos sorprendían las coincidencias. Hacíamos preguntas que nunca nadie nos respondió… salvo el cielo.
Una madrugada, desperté agitada.
Mi cuerpo todavía vibraba con la memoria del combate. Como si hubiese corrido, gritado, volado. En mi mente, una escena se repetía: jóvenes guerreras cruzando la ciudad a toda velocidad. Y entre esas imágenes… apareció un pergamino. Viejo, misterioso, flotando en la bruma. Con palabras que ardían aunque no emitieran luz:
—“Hay que derrotar al ser que domina la ciudad.”
Supe que aquello no era símbolo. Era clave.
Cuando amaneció, le escribí a Cris. Le conté lo que vi.
Ella comprendió al instante.
Ambas sabíamos —por experiencia— que los mensajes en forma de pergamino no eran sueños: eran llamadas. Advertencias reales.
Nos miramos, cada una desde su orilla de la Matrix, y supimos que había que actuar.
Ese ser… ese “dominador” del lugar… había que encontrarlo. Y cortarle las raíces.
Me dispuse a ingresar al plano astral, esta vez de forma consciente.
Nada de sueños. Nada de olvidar.
Sola, de pie en mi cuarto, elevé la mirada y me enfoqué en el cielo.
Y entonces… volé.
Crucé el techo como un relámpago. Mi cuerpo de luz se disparó como un cañón, y me elevé sobre las nubes, pasando llanuras, selvas, océanos… El aire me rozaba con la dulzura de la velocidad. El sol apenas comenzaba a nacer.
Y descendí.
Reconocí el paisaje. La ciudad de Cris, bajo la bruma del alba.
Caí suavemente sobre el parque central. Todo dormía aún.
Todo… excepto nosotras.
Llamé entonces a una Guerrera del Domo. Una copia astral de Cris, una de sus múltiples proyecciones. Ambas sabemos crear copias de nosotras. Pero ella tiene un talento especial: sus pequeñas guerreras —a las que llamamos las "Pekes Domo" —son especialistas en limpieza de infiernos. Se presentan como adolescentes fuertes, vestidas siempre con chaquetas largas, pantalones negros, y espadas que cambian según el combate. Son ágiles, dulces y letales. Pequeñas y eternas.
Junto a la Peke llegó Dalia. Mi guía. Mi nana.
La misma que me cuidó cuando estaba exiliada de la vida. Siempre hermosa, con su vestido blanco y su cabello negro suelto como noche serena. Ella irradia esa dulzura que hace que una se rinda, como una niña en brazos de su madre.
Nos elevamos.
Yo, desde lo alto del cielo, invoqué mi voluntad. Y un diamante gigantesco se manifestó sobre la ciudad, suspendido en lo invisible. Desde allí, el escudo comenzó a formarse: un domo cristalino, brillante, sólido como la verdad. Descendí al kiosco del parque y anclé un cristal biterminal. Canal entre el Sol y la Tierra. Puente entre reinos. Desde allí, la energía alimentó el escudo. Viajé sobre él, volando, revisándolo. Era traslúcido, pero fuerte. Impenetrable para la sombra.
Una energía blanco-violeta comenzó a llenar la ciudad. Y entonces… no sé por qué lo dije…pero lo dije: —“Todo lo que está dentro del escudo ahora pertenece al Reino.”
Y al decirlo, algo se selló.
Volví a tierra.
Sonreíamos. El cielo se iluminaba poco a poco. El día despertaba.
Fue entonces cuando sucedió. Desde el subsuelo del parque comenzaron a subir esferas de luz. Decenas. Cientos. Almas. Esferas flotantes como pompas de jabón luminoso, que emergían hacia el cielo. Comprendí que estaban atrapadas allí. Olvidadas bajo tierra. Y que ahora eran libres.
El parque se volvió sagrado.
Entonces, ellas descendieron.
Madre Mariel, y Jessel.
Y detrás, mis abuelas: Lilian y Ashtart.
Todas reunidas. Habían venido a observar.
—“Hemos venido porque esto que haces es una gran obra” —me dijo Mariel con suavidad.—“Vinimos porque declaraste esta ciudad como parte del Reino. Y lo que tú declaras… se vuelve Ley. Tu palabra es la Mía.”
Supe entonces que mi voz tenía peso.
Que yo podía fundar cosas.
Que el Reino ya no era un recuerdo… sino que se estaba encarnando aquí.
Madre Mariel presidía el Consejo de Sabios. Y ahora esa ciudad era la primera de la Tierra incorporada oficialmente.
Cristal, la gemela de Jessel, se acercó.
Junto a Lilian revisaron los cristales. Hicieron ajustes. El diamante flotante fue retirado.
Y el cristal anclado, elevado a unos 30 o 50 metros sobre el kiosco. Una torre de luz viva.
Conversé con la abuela Rein. Sobre cosas pequeñas… o quizás grandes.
Pero nuestras, al fin.
Entonces, Dalia habló: —“Aún quedan muertos dormidos en el pantano.”
Mariel nos encomendó ir allí. El pantano quedaba en las afueras.
Sombras aún lo custodiaban. Y la obra no estaba completa.
De pronto, el cielo se abrió. Un portal celeste.
Y comenzaron a descender más Guardianas.
Guías, guerreras, tejedoras.
Cada una tomó su lugar en la ciudad.
Yo sabía que era momento de partir.
Me despedí en silencio. Y regresé a Argentina.
Llevando conmigo el temblor suave de lo sagrado…
y la certeza de que, en algún rincón del mundo,
una ciudad había comenzado a brillar.
Como un faro. Dentro de un domode luz.

Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.
La del Verbo Certero.
Continúa en la publicación: "Infiernos Matrix: Recuerdos Olvidados."




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