19. El Walk-in Sam.
- Kalyna Rein

- 19 jul 2020
- 8 min de lectura

Por Sensei, Kalyna Rein — Escuela Satori
Libro: Metafísica 03 - Realidad ilusoria.
Compilación: 2020. Blog 19. ATP.
Fecha publicación: 20150622.
Mundos internos:
El Walk-in Sam.
Grupo privado de Facebook “Viajera Astral”.
Todo comenzó como un intercambio casual.
Un puñado de almas dispersas, reunidas en un rincón virtual, jugando a desenredar hilos invisibles, compartiendo intenciones, recuerdos, visiones.
Allí conocí a Marta.
Una de esas personas que no ves con los ojos, sino con otra parte de ti… la que escucha más allá del silencio.
—“Me gusta cómo vibras —me dijo—, pareces un ángel.”
Y luego, como disculpándose:
—“Perdón por leerte, fue involuntario… es mi don.”
Yo sonreí.
Le respondí como quien se quita el velo sin miedo:
—“Léeme todo lo que quieras. Yo lo permito.”
Marta era distinta. No lo decía, pero se sentía.
Y cuando me leyó, no lo hizo solo con palabras. Sintió mis bloqueos. Mis defensas.
—“Es bueno protegerse” —susurró.
Hablamos de mis velos, de cómo algunas videntes no podían leerme.
De mi mundo astral, de sus paisajes luminosos y mi raza estelar, de los que vinimos y caminamos aquí con un cuerpo prestado y un alma recordando.
Ella me dijo:
—“Eres sabia, prudente, pero sigilosa como serpiente.
Miras el mundo como un espejo gigante.”
Y tenía razón.
Le conté que no estaba sola. Que de mi linaje, había una hermana y una prima en esta Tierra. Que nos buscábamos a través de pantallas y sueños.
Y Marta me compartió algo más profundo.
Que ella también tenía compañía. Tres seres vivían con ella. Uno de ellos, enviado por alguien oscuro. Su antiguo compañero, un demonio disfrazado de amante.
—“Lo desprecio” —dijo, sin rabia, con una firmeza serena.
—“Debería regresar con su amo” —le respondí.
—“Y los otros dos… ¿de dónde vienen?”
Y fue entonces cuando él se manifestó.
Sin aviso. Sin dramatismo. Como quien abre una puerta desde dentro.
—“Soy Sam” —dijo, con la voz de quien ha esperado mucho para hablar—.
—“No soy el enviado del demonio. Soy parte de Marta. Un alma que se quedó.”
El ambiente se volvió de terciopelo. No era miedo. No era duda.
Era la certeza de estar presenciando algo real.
Sam se sentía antiguo y sereno. Hablaba con respeto.
Con la firmeza de quien no exige nada, pero no está dispuesto a ocultarse.
—“Yo soy el que la cuida” —dijo—.
—“Estoy con ella desde hace mucho. Soy un Walk-in.”
No lo dijo con orgullo ni con pena. Solo con verdad.
Marta se mantenía en silencio.
Quizá dejándolo hablar desde dentro.
Quizá sintiendo alivio al no tener que traducirlo más.
Yo lo escuchaba.
Sentía su frecuencia, como un hilo de plata entre los planos.
Me contó que había estado en ella desde la niñez.
Que compartían el cuerpo, los sueños, las decisiones.
No como parásito. No como invasor.
Sino como parte de un acuerdo antiguo, firmado con las lágrimas de la necesidad y la ternura.
Sam tenía recuerdos que Marta no tenía.
Y Marta tenía vivencias que él observaba como quien acompaña desde el borde.
Se habían fundido, sin perderse. Se respetaban. Se completaban.
—“Ella me permite estar” —dijo—
—“Y yo la protejo.”
No fue necesario más.
Ni explicaciones, ni pruebas.
En ese momento, comprendí que la conciencia no siempre se divide por cuerpos, ni la identidad se encierra en un solo nombre.
A veces, hay un alma que camina con otra, como sombra luminosa.
Como guardián sin alas.
Sam era eso. Un alma compañera. Una semilla viva creciendo en el jardín de otra.
Y mientras el chat seguía su curso, mientras Marta volvía a escribir con su propia voz, yo sentí que algo se había abierto.
Como una flor que no pide ser mirada. Pero florece igual.
Y en algún rincón del astral, Sam sonreía en silencio, velando, como siempre.
Desde la penumbra tibia del corazón de Marta.
✴
Era el año 2015. Y como tantas veces, mis pasos invisibles me llevaron a un pequeño grupo de almas compartiendo visiones, dudas y luminiscencias en un rincón virtual llamado “Viajera Astral”.
Allí conocí a Marta. Su energía era curiosa, como de quien guarda más de lo que dice, pero sin temor a revelar lo esencial. Me dijo que a veces leía sin querer. Que era su don. Yo sonreí y le dije: —“Léeme todo lo que quieras. Yo lo permito.”
Y lo hizo.
Sintió mis bloqueos. Vio el reflejo de mi mundo interior, y me nombró como “ángel ministrador”, como alguien que mira el mundo como un espejo para aprender a verse.
En esos días ya era frecuente hablar de razas, de orígenes estelares, de quienes compartimos cuerpo con otras almas.
Yo le conté que tenía una hermana y una prima de mi raza viviendo en México, que éramos exploradoras del conocimiento, y que desde mi llegada a este cuerpo había tenido que adaptarme, que el hombre que me recibió se había ido al Astral, y que yo, por amor, había pedido quedarme.
Entonces Marta me habló de los suyos.
De tres presencias dentro de ella. Conciencias. No invitados. Sino multiseres.
Uno de ellos había sido enviado por su antigua pareja, una entidad oscura que deseaba dominarla. Los otros dos… no eran agresivos, pero tampoco fáciles.
—“Mi cuerpo es mío y punto” —me dijo Marta——“Ellos se adaptan a mí. No yo a ellos.”
Y así, en medio de esta conversación entre planos, alguien más quiso hablar.
Una voz se alzó, nítida, directa. Era Sam.
—“No regresaré a él, a ese hombre desquiciado” —dijo.
Yo no me sobresalté. Estaba acostumbrada a los cruces entre dimensiones.
—“Si no quieres volver con tu amo —le dije—, puedes venir con mi pueblo. Serás bien recibido.”
Pero no estaba hablando con una entidad errante.
No era sombra ni fragmento.
Era Sam. Un Walk-in consciente. Un alma vibracional.
Marta me explicó que no toda la información estaba disponible aún para mí.
Que ellos eran muchos en uno. Un multiser.
Sam, con su voz serena, tomó la palabra una vez más:
—“Sam te saluda. El planeta dorado bien puede ser un hogar para ti. Esa es mi procedencia.”
—“¿Tu planeta es dorado por el cielo o por sus habitantes?” —pregunté.
—“Somos seres dorados.”
Y allí lo comprendí. No hablábamos solo de luz, sino de una vibración más allá del lenguaje.
Yo recordé los viajes al Foco 4. Mundos de conciencia fusionada. Esferas donde las almas piensan en coro. Donde no hay nombre, solo propósito.
—“Ese es nuestro mundo” —confirmó Sam——“Fusionados y dedicados a esparcir la luz al cosmos.”
Me dijo que conocía mi raza. —“Son exploradores del conocimiento” —añadió.
Y me habló de su forma de luchar:
no con espadas, sino con báculos. Con vibración. Sin sangre.
—“Somos vibracionales. Esa es nuestra esencia” —dijo.
Le conté que Emma, una amiga, los había visto también.
Y que entre nuestras razas había amistad.
Que su plano estaba un poco más alto.
Quizá no por número… pero sí por frecuencia.
Entonces me habló con franqueza:
—“Tu canalización es difusa e inconstante. Así no pasarás a los otros de la séptima dimensión.”
—“Yo en realidad solo quiero volver a casa…” —le confesé.
—“¿Por qué no lo haces?”
—“Porque mi hermana no puede salir… y no quiero dejarla.”
Y allí, en ese simple diálogo, se reveló el centro de mi corazón.
Le conté que intentamos separarla del cuerpo, pero sólo salía en partes.
Que finalmente, decidimos esperar.
—“Esperen el tiempo” —me dijo Sam. Y su voz no era orden. Era bendición.
—“Nosotros también estamos prontos a irnos de Marta. Ha sido un placer.”
—“Aa… igual” —le respondí.
Y en ese instante supe, que hay encuentros que no necesitan ser largos para ser eternos.
Sam, ese ser dorado, se despedía con una promesa callada.
Marta, firme en su trono de carne, seguía siendo ella. Acompañada. Pero inviolable.
Y yo… volvía a mirar el cielo, con la esperanza de que, cuando llegue el momento, mi hermana y yo también podamos regresar juntas.
Como las luciérnagas que vuelven al bosque,
cuando la noche es al fin lo bastante oscura como para recordar el camino.
✴
El silencio de después.
Pasaron dos días.
El aire tenía esa textura extraña de las cosas que han cambiado, pero aún no han sido nombradas.
Me conecté al chat. Quería saludar a Marta.
Y de paso, decirle algo que había estado repensando desde nuestro último encuentro.
—“Hoy pensaba en lo que me dijiste —escribí—, y me di cuenta de algo. Me dijiste que era la única de mi raza en la Tierra. Y aunque al principio te corregí, diciendo que éramos tres: una hermana y una prima… en el fondo, tenías razón.”
Hice una pausa. No por duda, sino por ternura.
—“Mi hermana, en verdad, es humana. Mi hermanastra, más bien. Su diseño astral es distinto al mío, su origen también. Pero le amo tanto, que para mí no hay diferencia. Y mi prima… es de un Reino vecino, no del mío. Hicimos alianza. Ella es Walk-in, pero casi no recuerda nada. No le interesa mucho el astral. Aunque conserva una memoria dulce, de cuando visitó mi mundo y conoció a mi familia.”
Les considero familia. No porque seamos iguales, sino porque así las amo.
—“Gracias por la aclaración, Kalyna” —me respondió Marta—.
Su tono era suave. Agradecido.
Luego cayó un silencio. No el de la distancia.
Sino el que anuncia que algo va a decirse.
—“Hola linda… estoy mal. Y ni sé por qué. Siento un vacío inmenso en mí.
No sé ni por qué te molesto con esto… disculpa.”
Le respondí con dulzura. —“¿Vacía de qué manera? ¿Silencio?”
—“Así es. No hay nada.”
Y entonces lo supe.
Porque lo había visto. La noche anterior, había viajado en astral para visitar a Marta.
Para ver qué sucedía con los suyos. Y allí, lo entendí todo.
—“Tus amigos se fueron” —le escribí—.
—“Quedaron dos contigo, pero ahora serán tus Guías. Ya no vivirán dentro de tu cuerpo. Estarán por fuera. El que causaba más conflicto, también se fue.”
Marta tardó un momento. —“Así lo siento… y no comprendo por qué.”
—“Porque yo fui. Y vi cuando partieron.”
Ella no parecía enojada. Solo confundida. Desnuda ante algo que no había pedido.
—“No creo que todos…” —dijo.
Le conté con delicadeza:
—“Al que más desequilibrio traía, le ofrecí ir a mi mundo. Después de pensarlo, aceptó.
Los otros discutieron su rumbo. Algunos partieron, otros decidieron trabajar con otras personas. Dos de ellos se quedaron contigo.”
—“Debo entender que me quitaste a mis seres…”
La frase me tocó hondo.
Como si un pájaro dijera adiós sin saber si puede volver.
Le respondí con sinceridad:
—“Ellos eligieron. Solo les ofrecí una oportunidad.
Ahora serán tus Ángeles, tus Guías.
Te ayudarán a sostener tus habilidades, pero desde la paz. Desde afuera.
No invadiendo, sino acompañando.”
Marta no dijo mucho. Solo: —“Comprendo.”
Le aseguré que su nueva realidad traería más lucidez, más calma.
Que aunque al principio se sintiera como una casa vacía, ese silencio era una bendición.
—“Sam se quedó contigo como Guía. Y el otro… no sé su nombre aún.”
—“Ok.”
Yo sabía que esa sensación de soledad era real.
Porque me había pasado antes.
Porque cuando uno deja de oír tantas voces internas, el alma escucha por primera vez la suya. Y a veces, no la reconoce.
—“No te lo dije antes —le confesé— porque no quería influir en tu experiencia. Pero ya que lo sentiste, te explico la razón.”
—“No sé darte las gracias…”
—“No hace falta. Solo hice lo que sentí correcto. Y ellos decidieron.”
—“Estoy bien… solo un poco rara. Como sola.”
El corazón se me apretó con dulzura.
Le conté que a veces, cuando encuentro a personas con seres dentro, y ayudo en ese tránsito, algunos me agradecen. Otros se enfadan. Pero lo que queda… lo que realmente queda, es un silencio distinto. Una página en blanco que espera ser escrita con amor.
—“Yo iré a verte” —le prometí— “y te daré de mi luz. A ver cómo te sienta.”
Y ella solo dijo: —“Está bien.”
Al cerrar el chat, me quedé un instante en silencio.
Pensando en ese cuerpo que ahora era solo suyo.
En ese interior que antes era casa compartida, y ahora le pertenecía por entero.
Pensé en Sam, en los que se fueron, en los que se quedaron.
Y sobre todo… pensé en ese momento exacto en que el alma, por fin, se oye a sí misma como por primera vez.
Y aunque parezca vacío, aunque duela como si faltara algo, en verdad…
es el instante en que empieza el despertar.

Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.
La que ofrece una salida.




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