17. El Tiempo, no existe.
- Kalyna Rein

- 16 jul 2024
- 4 min de lectura
Actualizado: hace 4 días

Por Sensei, Kalyna Rein y Cris Aragón — Escuela Satori
Libro: Metafísica 07 - Evacuando Matrix.
Compilación: 2024. Blog 17.
Fecha publicación: 2023.04.08
El Tiempo, no existe.
Todo es mente.
Eso decía la voz de los antiguos, esa que aprendí a reconocer con el paso de los mundos.
La mente no como intelecto, ni como pensamiento, sino como un océano vasto, invisible, inabarcable.
La mente como origen. Como matriz. Como sueño.
El escenario en el que existimos, este que vemos al abrir los ojos cada mañana, no es más que un teatro etérico sostenido por la conciencia. Una ensoñación compartida. Una novela en la que jugamos a creer que somos uno, que somos alguien, que venimos de alguna parte y vamos hacia un destino.
Pero no.
No hay un antes ni un después.
Solo hay este instante suspendido. Solo hay este soplo.
—“El único propósito del universo es existir…”
Recuerdo haber oído esas palabras bajo un cielo de jade, mientras el viento me acariciaba la nuca como si reconociera mi forma. Era una enseñanza del Tao. Y algo en mí supo que era cierta.
Existir.
Eso es todo.
Ser, en medio de una danza vertiginosa de nacimientos, de muertes, de fragmentos de vida que se esparcen como pétalos en todas direcciones. Una sola conciencia, explorándose a sí misma a través de mil vidas de ensueño. Y cada vida, una historia. Y cada historia, un mundo.
Eso somos: mundos flotando en una red de realidades simultáneas.
Eso es la Matrix.
No como prisión —aunque a veces duela—, sino como arquitectura de experiencias, diseñada para el juego sagrado de recordar.
Y como no hay tiempo, todo ocurre a la vez.
Todo ya es.
El pasado no está atrás.
El futuro no está adelante.
Están aquí, como habitaciones a las que se puede entrar desde distintos ángulos de la percepción.
Por eso cada vida que habitamos es un universo en sí misma.
Una obra completa. Un jardín privado de sueños.
Y sin embargo, no estamos solos. Nuestros mundos se tocan, se rozan, se entrelazan como raíces de árboles que no se ven, pero se reconocen en lo profundo.
La Matrix enlaza esas historias, organiza sus intersecciones. Nos pone en escena con quienes tienen resonancia, afinidad, memorias comunes. Y cada encuentro, cada vínculo, es una partitura más en la sinfonía de lo invisible.
Cuando miro al mundo y sus formas cambiantes, ya no me asombra ver que aquello que antes existía ha sido reemplazado. Que hay ruinas donde antes hubo templos. Mitos donde antes hubo hechos. Silencios donde antes hubo nombres.
Porque el escenario cambia.
Y cambia porque los soñadores cambian.
Los escenarios colectivos, los mundos que compartimos, no son más estables que un reflejo en el agua. Están moldeados por la conciencia del grupo que los sostiene. Y cuando ese grupo muta, cuando toma el control creativo, cuando impone sus reglas… entonces el mundo se rehace.
Se reescribe su historia.
Se pintan de nuevo los paisajes.
Se dictan nuevas leyes.
A veces basta con que una mayoría olvide algo, para que ese algo deje de existir.
O mejor dicho, deje de estar en escena.
Y aquello que ya no encaja… desaparece.
No con violencia, sino con esa suavidad con que la arena cubre los huesos de una ciudad enterrada. Lo que no tiene uso en el ahora, se disuelve. Y lo que nace, trae consigo su propio pasado, creado a medida.
Por eso los mitos, las contradicciones arqueológicas, los misterios de la historia, son pistas de que alguna vez hubo otro presente.
Otro escenario. Otro sueño.
Algunos lo llaman Efecto Mandela.
Yo lo llamo el murmullo de otras realidades.
Porque yo recuerdo. Recuerdo la diferencia entre este mundo pos-pandemia, y el que habitábamos antes. Y no son el mismo.
Cambió la textura del aire.
Cambió la vibración de la gente.
Cambió la lógica que rige las cosas.
Y aunque muchos no lo noten, lo sé.
Porque algo en mí no olvidó.
La mayoría vive anclada al argumento de su vida actual. No puede pensar fuera de él. Son parte del escenario. Figuras de la obra. No actores conscientes.
Pero quienes recordamos…
Quienes sentimos la grieta entre un mundo y otro…
Sabemos que el pasado no existe.
Y que lo que hoy se llama historia, fue escrito para justificar el dominio de quienes reinan en este presente.
Porque todo escenario necesita una historia. Una raíz. Un cuento que lo sostenga.
Y así, si la tierra anterior ascendió, si en otra la humanidad venció a Yahvé, si en alguna más floreció un amor sin yugos… eso también fue real.
Tan real como lo es este mundo. Tan falso como este mundo.
Porque la realidad es maleable.
Porque el tiempo es una tela que se puede cortar, remendar, bordar.
Hoy, como ayer, y como siempre, hay luchas.
Luchas entre las fuerzas del control y las de la libertad.
Entre los dioses que quieren dominar y los humanos que anhelan recordar su divinidad.
Desde Marte hasta Lemuria.
Desde Roma hasta este barrio donde hoy escribo.
El conflicto es el mismo. Solo cambian las máscaras.
Y en esa guerra silenciosa, la Matrix desgaja escenarios.
Crea mundos oscuros, negativos, con tal de tener lugares donde su dominio no se cuestione. No le importa el daño. No le importan los fragmentos. Solo el poder.
Por eso digo: El tiempo se transforma en territorio. No es un río que fluye. Es un mapa.
Y cada punto en ese mapa es un ahora eterno.
No hay evolución en línea recta.
Hay escenarios. Y en cada uno, una batalla.
Pero también hay belleza. Y también hay luz.
Y también, en medio de la niebla, hay semillas de esperanza.
Yo sigo caminando.
Y aunque a veces el escenario tiemble,
aunque los personajes se desvanezcan, aunque el telón caiga…
Yo sigo soñando. Y elijo el sueño más luminoso que mi alma pueda contener.
Una vez vi una flor abrirse en medio de las ruinas.
Y supe que aún en el peor escenario, el amor puede nacer.
Así termina este fragmento.
Como termina todo en la Matrix:
con una imagen.
con un eco.
con un suspiro de lo eterno en medio de lo efímero.
Una flor, en medio de la desolación.
Abriéndose hacia la nada. Y hacia el Todo.

Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.
La que vela un corazón roto.




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