25. El fin de la polarización.
- Kalyna Rein

- 25 jul 2020
- 10 min de lectura

Por Sensei, Kalyna Rein — Escuela Satori
Libro: Metafísica 03 - Realidad ilusoria.
Compilación: 2020. Blog 25. ATP.
Fecha publicación: 2015.
La Gran Matrix.
El Multiverso, más allá del nuestro.
El fin de la polarización.
Les escribo estas palabras desde un borde que no se ve.
Un borde sin nombre, que queda justo donde lo astral deja de ser aventura
y empieza a doler en las costillas del alma.
Últimamente, cada día se nos cuelan horas y horas
de realidades paralelas que ya no sé en qué cuaderno anotar.
Cris y yo seguimos transitando los planos,
como quien intenta recordar una historia que aún no ha sido escrita.
Grabamos, dictamos, dejamos trozos esparcidos en mensajes de voz y apuntes.
Pero limpiar esas vivencias, volverlas comprensibles…
es como querer hilar seda con manos que aún tiemblan.
Estas palabras nacieron en un rincón íntimo,
en la conversación privada con una hermana del grupo.
No las planeé. Solo brotaron.
—"Hola. Cris y yo estamos como siempre, buscando soluciones para salir adelante. Como tú sabes, la élite ha logrado estancar todo, a nivel social. Así que nos toca esperar.
En lo visible, nada se mueve. Pero en lo invisible...
Las cosas están revueltas.
No sabría qué decir exactamente.
No podría enumerar ni siquiera con certeza los mundos que cruzamos esta semana.
Solo sé que a nivel astral estamos lidiando con muchas corrientes densas,
y vamos resolviendo como podemos."
"Hay cosas que nunca contamos, no porque no queramos,
sino porque parecen arrancadas de sueños locos:
el funcionamiento del Ser-Uno,
los tulpas que caminan entre mundos,
los seres multidimensionales que habitan reinos de sexta dimensión…"
"Hablar de eso así, sin más, sería como soltar un puñado de polvo de estrellas sobre un mapa escolar. Sin coordenadas. Sin lenguaje.
Aun así, no quiero dejarte sin nada.
Recuerdo cuando Cris me dijo, hace ya mucho:
—La Federación no es lo que parece. No es tan buena como dicen."
"Y lo cierto es que nuestro Reino Astral, el que habitamos y custodiamos, actúa por su cuenta. Sí, damos consejo a veces. Pero no nos metemos. Nos lo enseñaron nuestras Madres hace eones: —Los asuntos de los seres físicos, los deben resolver los físicos."
"Hablar de la Federación es abrir un velo complejo. Son billones de seres. Billones de mundos. En su mayoría con intenciones nobles, sí. Pero no dejan de ser personas. Y la Federación, en su esencia, sigue siendo un organismo militar.
Lo que descubrimos con los años, con lágrimas y vuelos, es que aquellos que realmente influyen en sus políticas no son luz clara. Tienen sombras largas.
Descubrimos que un Reino de Sexta Dimensión —una colmena mental, una red psíquica que actúa como una sola mente— es quien mayor presión ejerce sobre la Federación de Quinta.
No lo hacen con armas. Lo hacen con símbolos, con pensamientos.
Con proyecciones del UNO.
Una de esas proyecciones —una entidad que encarna el Ser-Uno mismo— fue manipulada por ellos. Usan su figura como autoridad, como escudo, como trono.
Y sí, el UNO puede proyectarse en cada celda del multiverso. Eso no es secreto.
Pero que una de esas proyecciones haya sido capturada… eso sí lo es.
Aquí es donde todo se vuelve más denso, más etéreo:
los Seres Cósmicos no son personas.
No son formas con rostro.
Son realidades que piensan.
Galaxias que sienten.
Celdas de realidad que toman decisiones.
Son Mente. Son Voz.
Los del sexto plano, los que dirigen desde arriba, no tienen emociones como las nuestras. No lloran. No tiemblan. Son cálculo, voluntad y estructura.
Y algunos de ellos, aprendimos, ocultan intenciones tan oscuras
que solo pueden verse con el alma encendida.
Aquí también entra en juego otra historia: la del UNO dividido.
Porque el UNO no era solo UNO.
Estaba polarizado:
una mitad oscura, activa y dominante.
Otra mitad de luz, pasiva, dormida.
Y durante años, trabajamos —trabajamos como quien sella grietas en una represa cósmica— para bajar esa oscuridad, limpiar los planos bajos, y lograr que ambas mitades se volvieran una sola.
Lo logramos.
Pero no fue un final feliz.
El UNO volvió a ser UNO… pero ya no es claro. Ya no es oscuro. Es ambiguo.
Su personalidad ahora baila entre extremos, y lo mismo hacen sus proyecciones.
Ya no hay claridad absoluta. Ya no hay tiniebla pura. Solo matices, contradicciones, zonas grises que se mezclan como tinta en agua.
Eso que ocurre allá, repercute acá. Aunque parezca que no tiene que ver con la Tierra, ni con la Federación… lo tiene todo que ver.
Es la raíz.
Arcadia trabaja a ese nivel. En la conciencia misma del UNO. Y más allá.
Porque si lo piensas… tú, yo, y todo lo que creemos ser,
no somos más que pensamientos en la Mente del UNO.
Y si el UNO cambia…
…nosotros también.
Sanarlo significa que su mente —las dimensiones, los mundos, las historias— cambiarán. Serán reescritas. Serán olvidadas. Serán soñadas de nuevo.
Como lo seremos nosotras.
Como un jardín que despierta tras una lluvia que nadie vio caer.
✴
Somos UNO.
Tu, yo, ellos, nosotras… no hay diferencia real.
Es un juego de espejos, un soplo que se dispersa en mil rostros.
Una sola conciencia, soñándose diversa.
La individualidad, tan adorada por algunos, tan temida por otros, no es más que una ilusión juguetona dentro de la mente del UNO.
Una ficción necesaria para que el Gran Soñador pudiera habitar sus propios cuentos, respirar dentro de sí, creerse protagonista por un instante.
Pero lo que he visto, lo que he sentido en la médula misma de lo invisible,
es que el UNO… no está despierto.
Su mente, vastísima, late como la de un niño encerrado en su propio juego.
Un niño divino, sí, pero ensimismado.
Lo comparo con lo que aquí se nombra como un estado autista,
o una forma de trance esquizofrénico —no por juicio, sino para dibujar la idea—.
El UNO, que todo lo contiene, ha estado enfocado en sus propios sueños, como si el universo entero fuera un teatro para una sola mirada.
Y dentro de ese cuerpo inmenso, están sus contenidos:
pensamientos, galaxias, entidades, burbujas de realidad. Todo.
Siempre se dijo que el TODO es pura luz, puro amor.
Que el UNO es un manantial de bondad incondicional.
Pero eso… es sólo la mitad del cuento. Una media luna. Un ala rota.
Luz sin sombra, es separación.
Y sombra sin luz, es olvido.
Un ser completo, un UNO real, debe integrar.
Y esa integración no puede negarse a sí misma. No puede amputarse.
Por eso, en algún rincón del multiverso, comenzó a sanarse.
Primero bajó su oscuridad —que era activa, devoradora, persistente—.
Luego, comenzó a unir lo que estaba dividido,
a calmar la esquizofrenia de sus mentes separadas.
¿Y qué ocurrió entonces?
Desaparecieron billones de seres.
Billones de planos que vibraban en la negatividad.
Se extinguieron sin pena, sin ruido, porque su razón de ser era la polarización misma.
Eran la infección que amenazaba con consumir el todo.
La luz, en su contemplación eterna, había dejado de crear.
Y la oscuridad, en su naturaleza expansiva, había comenzado a devorar sin pausa.
Pero la intervención llegó.
El UNO empezó a replegar sus extremos.
A mirarse al espejo.
A reconocerse en sus propios monstruos.
Sé que todo esto suena tan grande, tan lejano,
que parece no tocar a nuestra pequeña Tierra. Pero lo toca.
La Matrix en la que vivimos no es una realidad de tercera dimensión, como muchos dicen. No. Es una burbuja artificial anclada en un planeta real de quinta dimensión. Una anomalía.
Si realmente estuviéramos en tercera, todo esto ya habría colapsado.
Se habría disuelto en el olvido.
Pero estamos aún aquí, sostenidos en un umbral extraño. Un lugar fuera de lugar.
Los planos por debajo de la quinta han sido transmutados.
La oscuridad que queda allí es caos informe, fragmentado, sin una estructura clara.
Vacíos con heridas abiertas.
Y en medio de ese nuevo mapa, el núcleo oscuro fue finalmente integrado.
Ya no como enemigo, sino como parte.
Porque la energía consciente no es pasiva: crea.
Ya sea luz o sombra, lo que crea, existe.
Y ahora... Predomina el caos.
Un caos necesario.
Un parto.
Una descomposición que antecede al brote.
No es el fin. Es el crujido de lo viejo que se disuelve para que lo real pueda nacer.
Sé que es extraño hablar de todo esto como si fuera normal.
Como si no estuviéramos, nosotras también,
esperando el golpe de esa gran ola de transmutación.
Pero cuando llegue… ya no hablaremos de ello.
Seremos eso. Lo Otro. El UNO.
He comprendido que cada expresión de individualidad es una receta única.
Una música. Un color.
Y sí, el UNO al principio era pura luz.
Tenía una esencia… dulce, casi humana.
Pero luego se enamoró de lo que podía crear.
No de la bondad, no de la maldad, sino del acto mismo de manifestar.
De vibrar en mil formas.
Por eso no se despierta fácilmente.
Porque está fascinado. Hipnotizado por su propio arte.
Lo que he visto es que la quinta dimensión es ahora la frontera viva entre lo que ya ha mutado y lo que aún conserva la estructura antigua.
Más allá, en sexta, las mentes colmena ya han comenzado a unificarse.
Lo múltiple regresa a lo Uno. Todo está regresando a su origen.
Y es que el UNO debe despertar. Volver de su pesadilla. Disolver las polaridades.
Pero lo más profundo… es esto:
La sanación no ocurre sólo dentro del UNO.
Hay más allá del UNO. Un espacio de UNOs. Miles. Cientos de miles.
Y muchos están muertos.
No con muerte física, sino con una muerte sin fuego:
La muerte de no crear. La muerte de no soñar.
La muerte del pensamiento que se detuvo en una noche sin retorno.
La oscuridad, cuando gana por completo, no destruye. Congela.
Vuelve todo tan simple, tan uniforme, que ya no hay música. No hay ritmo.
Solo una sopa densa, petrificada, con el eco de lo que fue posible alguna vez.
Eso es la muerte de un UNO.
Y por eso, por eso es tan vital lo que ocurre ahora.
Aunque parezca caos, es vida.
Aunque duela, es despertar.
A veces siento que no tengo palabras.
Que no me alcanza la voz para contar lo que estamos atravesando.
Por eso escribo de a trozos. De a suspiros.
Pero hay algo que sí puedo decirte,
aunque el mundo se deshaga a nuestro alrededor:
No hay un “nosotras”.
Nunca lo hubo.
Somos UNO.
Como el viento entre ramas, como la tinta en el agua,
como el sueño que se sabe soñando.
Somos UNO. Y aún estamos soñando.
✴
El Burdel de los Dioses.
Muchos aún se preguntan, con el temblor de quien no quiere saber la respuesta:
—¿Por qué la Federación ha permitido que mundos enteros vivan en cadenas,
como el nuestro?
La pregunta flota, densa como incienso agrio, en los bordes del silencio.
Y yo… yo he caminado demasiado para seguir callando.
Desde hace tiempo venimos señalando lo que otros apenas rozan en sueños.
Que la Federación no es la imagen cristalina que las plegarias suponen.
Que dentro de su cuerpo luminoso se ha anidado una sombra.
Y en la cabeza de esa sombra, como un sello de arrogancia antigua,
hay seres de Sexta Dimensión.
Sé que al decirlo, algo en los corazones tiembla.
Porque resulta casi herejía imaginar que en planos más altos que el nuestro,
la oscuridad también se esconde.
¿Cómo aceptar que hasta el cielo tenga grietas?
Pero es así.
Recuerdo lo que alguna vez dije:
—Los que solo han visitado los cielos Matrix, o han rozado el Foco 4, viven convencidos de que han visto el Todo.
Esos lugares, llenos de luz polarizada, seducen con su pureza. Parecen el final del viaje.
Pero son apenas estaciones. Simulacros. Reflejos de algo más profundo.
La verdad no es cómoda. Ni hermosa a primera vista.
La Matrix 3D, ese velo que habitamos, es una anomalía adherida al mundo verdadero, el de Quinta Dimensión. Ese plano sí existe. Es real, físico, vasto. Y no, no es un paraíso.
Está lleno de seres, de guerras, de bondades y de ruinas. Es un universo con cicatrices.
Y lo mismo ocurre en la Sexta.
Allí, aunque la manipulación de la realidad sea más refinada, aunque las energías positivas fluyan desde el núcleo del UNO como una sinfonía delicada, los seres siguen siendo libres de elegir.
Y algunos, incluso allá… han elegido el descenso.
Nuestra experiencia lo ha mostrado:
Aun los de Séptima Dimensión, si se acercan demasiado a los planos bajos,
pueden torcerse.
Hay cosas que seducen incluso a los que nacieron lejos del barro.
—“Algunos nunca bajan,” me dijeron una vez.
—“Pero si lo hacen, puede que no regresen jamás iguales.”
Volviendo a la Federación… su contradicción es un abismo.
Dicen buscar el bien de las razas, pero perpetúan el sufrimiento de mundos enteros.
Alegan no intervenir, cuando en verdad han intervenido siempre.
Con guerras, con tratados, con vigilancia.
La verdad es otra.
Su misión no es el bien. Su misión es la Tregua.
Una tregua desesperada frente al avance del Imperio Reptil.
Una tregua que no es paz, sino miedo disfrazado de orden.
Esa tregua convirtió a cada raza en una isla.
Y al conjunto, en un tapiz sin mezcla.
Los Urmah con los Urmah. Los Andromedanos con los suyos. Los Pleyadianos entre sí.
Un mosaico de soledades diplomáticas. Cada uno dentro de sus fronteras. Obedientes. Limpios. Perfectamente programados para no tocarse.
Y bajo ese tapiz… la podredumbre.
Los mundos como la Tierra —y no somos los únicos— han sido convertidos en zonas grises. Mundos burdel. Mundos casino. Mundos gladiador.
Aquí, todo lo que está prohibido allá, está permitido.
Aquí se consuman las pulsiones que en sus mundos de origen son impensables.
Ellos bajan.
Proyectan sus conciencias.
Poseen cuerpos.
Juegan con el dolor. Y luego… regresan.
Vuelven a sus códigos. A sus honores. A sus templos blancos.
Pero la suciedad no se evapora.
No importa cuán pulido sea el discurso, lo torcido supura. Tarde o temprano.
Así lo he visto.
Y sé también que estamos en tiempos inéditos.
El control férreo que ciertas entidades ejercían sobre la Federación de Quinta se está resquebrajando. Las máscaras tiemblan. Las estructuras ceden.
Y no solo aquí. En todos los planos, algo se mueve.
Ya no estamos solos.
Los Seres de Luz ya no son los testigos silentes de antaño.
Ya no son meros mensajeros ignorados.
Han descendido. Han elegido actuar.
La escoba del UNO ya se alza. La mugre será barrida.
Quizás esto no consuele de inmediato.
Quizás duela mirar esta verdad de frente.
Pero si algo queda claro, si algo puede aún sostenernos el alma,
es saber que esta vez…
La sanación de la Realidad es real.
Y lo que no puede purificarse, será disuelto.
Como una tormenta que por fin limpia el aire.
Como una luna que revela lo que siempre estuvo bajo la sombra.
Como el crujido de un mundo al romperse para nacer de nuevo.

Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.
La que porta los Código de la Eternidad.




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