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23. Dioses perturbados.

Actualizado: hace 4 días


Por Sensei, Kalyna Rein — Escuela Satori

Libro: Metafísica 06 - Ecos del Sistema.

Compilación: 2023. Blog: 23.

Fecha publicación: 2022.08.28


Dioses perturbados.

A veces me detengo, en silencio, a mirar el rostro de eso que llaman dios. Y no veo un rostro, sino un eco. Una figura multiplicada por siglos de temor, revestida de tronos, de truenos, de mandatos que saben más a amenaza que a ternura.


No lo veo como un ser, sino como un personaje, una construcción sin alma, nacida del dolor de los pueblos, y de la necesidad de alguien —o algo— de ser adorado, incluso a costa del amor.


Una vez sentí, que la humanidad ha seguido, durante siglos, no a lo divino…

sino a lo psicopático.

A lo sádico.

A lo cruel.

Lo elevamos.

Lo nombramos con letras doradas.

Lo imprimimos en libros.

Le construimos templos.

Y enseñamos a nuestros hijosa temerle y a llamarlo sagrado.


¿Pero qué clase de dios es aquel que exige obediencia ciega, que responde con castigo, que reclama sacrificios, que convierte la duda en delito y el pensamiento en traición?

Recuerdo haber oído, alguna vez:

—“El verdadero poder no necesita ser temido.”

Y sin embargo, las figuras más antiguas que la humanidad ha llamado “divinas”parecen construidas sobre el miedo.

Sobre la amenaza.

Sobre la culpa.

El dios que arde en ira si no lo veneran.

El que necesita ser el único Sol.

El que reclama alabanza como alimento.

El que hace del cuerpo una ofrenda, y de la sangre, un incienso.


No es un dios. Es un amo.

Una entidad que no conoce el amor sin sometimiento.

Un sistema de control con ropaje espiritual.


Y aún así… ahí está.

Presente en los altares, en los libros sagrados, en las guerras, en los tribunales, en las manos de quienes golpean y luego susurran: “es por tu bien”.

Y yo me pregunto:

¿cuántas civilizaciones han nacido y caído bajo la mirada de estas máscaras?

¿Cuántas veces el nombre de lo divino ha sido usado como cuchillo?


No hablo de una religión. No señalo a un pueblo.

Hablo de un patrón. Un arquetipo. Una sombra que la humanidad ha vestido de cielo.


El dios que castiga por mirar atrás.

El que endurece corazones y luego los condena por no sentir.

El que impone leyes cambiantes, que un día apedrean, y al otro día absuelven, según la voluntad de quien interpreta su voz.

El padre celoso.

El juez eterno.

El líder sediento de sumisión.


En su nombre se torturó.

En su nombre se quemó.

En su nombre se colonizó y se mutiló.

Y aún hoy, en miles de lugares, se le canta, se le adora, se le teme.

Y se cree que todo ello es virtud.


No es necesario decir su nombre. Su arquetipo está en todas partes.

Se repite. Se clona. Se adapta.

Y peor aún: se considera justo. Se le llama sabio.

Se dice que el dolor que impone es necesario.

Y que si parece cruel, es porque no entendemos sus planes.


Así me lo dijeron: —“El sufrimiento es tu culpa.”

—“El castigo es justo.”

—“La salvación solo llega si aceptas sus condiciones.”

Y yo, al escuchar eso, sentí que algo en mi alma se encogía.

Como si la espiritualidad hubiera sido secuestrada por una mente ajena.

Una mente sin ternura. Una mente que no busca curar, sino dominar.


Porque… ¿qué clase de amor es ese que se ofrece con amenaza?

¿qué clase de libertad te lleva, de rodillas, al altar del miedo?

El alma sabe.

El alma recuerda.

Que el amor no se impone.

Que lo sagrado no golpea.

Que la verdadera divinidad no exige ser adorada: sencillamente, ilumina.


Y por eso, yo no busco a ese dios.

No me interesa obedecer una voluntad ajena que me promete cielo a cambio de sumisión.

Yo deseo un mundo donde el alma florezca sin permiso.

Donde el espíritu no tenga amo.

Donde la compasión no sea condicionada por escrituras antiguas, sino vivida en cada gesto humano.


No es un llamado al ateísmo.

Es un llamado al corazón libre.

A la lucidez sin templo.

A una fe sin cadenas.


Tal vez haya llegado el momento de soltar la imagen del dios que hiere.

De dejar morir al juez cósmico, al patriarca del trueno, al que habla con voz de castigo.


Y en ese silencio que queda, escuchar otra voz.

Una voz que no necesita imponerse.

Que no mide, ni separa, ni exige sacrificios.

Una voz que nace en el centro mismo del alma cuando se siente amada sin condiciones.

Esa, quizás, sea la única divinidad que merece ser llamada así.


Porque si el amor duele, no es amor.

Si la luz ciega, no es luz.

Y si lo sagrado castiga, no es sagrado.


Y así, al borde del tiempo, entre las ruinas de doctrinas que ya no sostienen el alma,

se abre una nueva pregunta:

¿Y si el verdadero dios… aún no ha sido nombrado?



Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.

La que sostiene lo divino en su corazón.


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