15. Alma en Pena.
- Kalyna Rein

- 15 jul 2020
- 10 min de lectura

Por Sensei, Kalyna Rein — Escuela Satori
Libro: Metafísica 03 - Realidad ilusoria.
Compilación: 2020. Blog 15. ATP.
Fecha publicación: 201311.
ZTR:
Alma en Pena
La ZTR… Zona de Tiempo Real. Un espacio donde los hilos del presente se entrelazan con voces antiguas y memorias que no saben descansar. Un umbral difuso entre lo vivo y lo que sigue latiendo aunque ya no respire.
A veces, ese umbral se abre.
Y no se anuncia. Solo llega.
Recuerdo aquel día de noviembre de 2013.
Las manos mojadas de agua tibia, el sonido constante de los platos, el vapor en el aire. Una cocina de restaurante cualquiera. Yo estaba allí, ocupada, sumergida en la rutina simple del empleo, cuando… algo se deshiló.
Mi vista se desenfocó como si el mundo físico se deshiciera en hilos borrosos.
Y la visión comenzó.
Una sombra descendía en mi pecho, una emoción sin nombre se apoderaba de mis huesos. Oscuridad. Dolor. Una tristeza densa como brea… fría… profunda…
una soledad que no venía de mí, pero me hablaba desde dentro.
Allá arriba, en medio de esa niebla opresiva, surgía una línea de luz.
Fina como un suspiro. Temblorosa como un anhelo.
Como si detrás de esa grieta se escondiera un mundo más justo,
un hogar que ya no recordaba cómo pisar.
Me invadió el cansancio de siglos.
El alma, meciéndose al borde del sueño.
Y en esa penumbra… una niña me llamó.
No la oí con los oídos, la sentí con la sangre. ¿Acaso era algo que yo había olvidado?
La visión se disolvió sin despedida. Y allí quedé, estremecida.
Consciente de que algo antiguo me buscaba.
Más tarde, ya en calma, hablé con mi compañera. Ella también lo sintió. Coincidimos en que ese eco no era ajeno: era mío. De alguna vida.
De algún dolor que me seguía como sombra muda.
“Debe ser algo de tu primera encarnación en México”, me dijo.
Y supe que debía volver.
Así que me recosté. Cerré mis ojos de carne… Y abrí los otros, los reales.
Estaba de nuevo allí. En el sillón que me sirve de cuna astral.
Una suerte de cama blanca, suave, suspendida entre planos.
Desde allí descanso cuando la materia me retiene.
Desde allí me encuentro.
Lo primero que hago siempre es mirarme.
Mis brazos… blancos como la nieve bajo la columna de luz que cae desde lo alto.
Mis manos… el vestido ligero que acaricia como el viento a las flores dormidas.
Mis piernas, mi cabello, mi forma verdadera.
La que soy cuando no finjo ser alguien más.
La que puedo amar sin peso.
Claro que no reniego del cuerpo humano que me ha sido dado.
Me permite estar aquí. Acompañar. Amar en la tierra.
Pero no negaré que, a veces, se siente como un traje de plomo.
Ser lo que no soy… también es amor.
Me incorporé. Caminé unos pasos por la sala en penumbras.
Ese espacio vacío, sin muebles ni adornos, que es mío.
No necesita ser decorado. No hay hambre, ni frío, ni tiempo.
¿Mi descanso?
Dentro de la glándula pineal del cuerpo biológico. Allí, justo en el centro, está mi estancia secreta. Y la columna de luz que desciende sobre mí no es otra cosa que la Línea del Hara: el hilo de vida, el eje.
Por ella desciende mi familia astral, cuando desean tocarme.
Llamé entonces a mi Guardiana. Mi amiga. Mi sombra protectora.
Ella es una Ónix. Una de las nuestras. Una de la Orden que nos resguarda.
Y como siempre… vino.
Su presencia es firme, callada, luminosa.
Y con ella, llegó la confirmación: esa visión fue un llamado. Un eco de lo perdido.
Un alma en pena. Pero no fue ella quien me llamó.
Fui yo… la que sintió el tirón del recuerdo.
En esos días, algo se abrió. Una pequeña fisura.
Y de esa herida brotaron memorias enterradas…
sensaciones, sentimientos densos como tormenta.
Oscuridades que me habían pesado sin nombre.
Un odio sin raíz, una tristeza paralizante, un rencor que no sabía a quién pertenecía.
Lo racionalicé mil veces.
Pero no encontraba la hebra que explicara su origen.
Y entonces entendí: no era exactamente mía… pero vivía en mí.
Una pena heredada de otro cuerpo, otra historia, otra muerte.
Una vida que no cerró.
Una promesa que no pude cumplir.
Una niña que me llamó… desde la grieta.
Y la escuché.
Porque a veces, la compasión comienza con saber mirar el dolor que llevamos dentro y reconocer que… también es un alma. Una que necesita ser abrazada.
Para que, al fin, pueda descansar.
La luz aún fluye. El sillón blanco me espera.
A lo lejos, las lápidas guardan silencio.
Pero bajo sus piedras, hay suspiros que florecen.
✴
Alma en Pena.
¿De qué rencor extraño estaba hablando?
Lo diré sin rodeos, aunque aún hoy me tiemble la voz al recordarlo:
era un odio hacia todos los hombres.
Sí… qué terrible y angustioso fue atravesar aquello. Porque, en lo profundo, yo sabía que la mayoría de ellos son seres buenos y protectores. Lo había vivido. Lo había visto en mi anfitrión, y también en quien soy ahora dentro de este cuerpo biológico.
Y sin embargo, todo ese malestar se disparó al ver en la pantalla de la computadora la imagen de un hombre vagabundo, acechando entre los matorrales… Fue como si una sombra despertara. Sensaciones oscuras que iban y venían, olas frías que durante meses tiñeron de gris los días de mi vida.
Quizás alguien se pregunte por qué no lo resolví antes.
Recuerdo que una vez escuché que el alma necesita tiempo para comprender sus propios silencios… y en aquellos días yo era todavía muy inmadura. Me encontraba presionada por múltiples dificultades en el plano invisible y, al mismo tiempo, aprendiendo a sobrevivir sola en el mundo terrenal.
Cuando quedé sola en este cuerpo, sin la asistencia de mi anfitrión, sentí que el mundo se desplomaba sobre mí como mil baldes de agua helada.
Volví por amor, y nunca me arrepentí… pero jamás había pensado en lo que implicaba la materia. Hasta entonces nunca había sentido hambre, ni cansancio, ni la preocupación cotidiana de existir.
Todo cayó sobre mis hombros de golpe. Comprendí cuánto me faltaba aprender.
No tenía memoria de casi nada de mi anfitrión, apenas algunos gestos simples que compartíamos.
No dominaba el idioma, no sabía trabajar, ni cuidar del cuerpo, ni comprender cómo funcionaba esa vasta maquinaria llamada sociedad.
No sabía cómo seguir adelante.
¡Cuánto lloré!
¡Cuánto pesó la soledad!
El silencio se volvió gélido.
Ya no estaba la voz de mi amigo para aconsejarme, para reconfortarme, para decirme qué hacer. Solo yo… y el eco de mis propios pensamientos.
Pero tuve la fortuna de no estar completamente perdida.
Cris, mi amada amiga y compañera, me sostuvo desde lejos. Recuerdo sus palabras cruzando miles de kilómetros a través del chat, como pequeñas luces enviadas desde México mientras yo estaba en Argentina. Ocho mil kilómetros de distancia… y aun así su presencia era un puente cálido.
Esa era mi realidad.
Y sobre todo ello, ese rencor inexplicable seguía latiendo.
Algo tenía que hacerse.
Y entonces comprendí que aquel llamado era la clave que faltaba.
Si había conectado con esa conciencia… era porque estaba lista para el encuentro.
Mi Madre Mariel siempre fue amorosa y comprensiva,
pero jamás me anticipó nada de lo que vendría.
Nunca me habló del pasado ni del porvenir.
Solo me dejó caminar en un presente perpetuo, con una mirada fresca hacia todo lo que encontraba. Sé que lo hacía desde la sabiduría… no desde el abandono. Aun así, no dejaba de ser difícil.
Y allí estaba yo, al borde de otro enigma.
Sabía cómo encontrar a la niña. Si habíamos sido parte de la misma encarnación, ambas compartíamos la misma nota del alma… ese sonido eterno que atraviesa mundos y dimensiones, la vibración única que nos reúne cuando llega el momento.
Extendí la mano y desde ella nació una esfera de luz: una Estrella Guía.
Su brillo salió disparado como un rayo fuera de mi refugio. La seguí.
Atravesamos la ZTR, volando sobre selvas, lagos y montañas…
hasta llegar a mi querido México.
Y entonces descendimos frente a las puertas de un antiguo cementerio.
Era pequeño, como de pueblo.
Un lugar donde el tiempo parecía mezclarse con la tierra seca. Al pisar ese sitio sentí que debía avanzar con cautela. Algo observaba desde la quietud… y una inquietud leve me recorrió la espalda, como si viejos guardianes dormidos pudieran despertar.
Seguí a la Estrella entre los panteones.
Allí apareció una pequeña casita blanca, un panteón familiar sencillo. El estuco desgastado por los años, las puertas de madera envejecida, ese olor antiguo que habla de historias cerradas.
Respiré hondo y entré con respeto.
Cajones, urnas, objetos olvidados.
Abuelos y bisabuelos descansaban en silencio.
Y a mi izquierda… un pequeño ataúd entreabierto.
Me acerqué despacio.
Dentro, una niña reposaba con su vestidito blanco, acostada de costado como si durmiera. Su cuerpo reducido a huesitos no apagaba la ternura que despertaba en mí…
ni la nostalgia.
¿Qué sueñas mientras duermes?
¿Me estabas esperando?
Tomé su mano.
Y todo cambió.
De pronto yo estaba recostada, mirando desde la oscuridad, un rayo de luz afuera…
Cansada. Helada. Asustada.
Esperaba… Era mejor quedarse allí. Mejor no salir.
Un dolor me atravesaba el cuerpo como una tormenta.
El estómago oprimido, el cuello tenso, el aire pesado.
Sentía golpes… como ecos densos de violencia que caían sobre mí,
como si el mundo entero se hubiera vuelto demasiado estrecho y me estrujara.
Luego, otra vez el cambio.
Me encontré de pie frente al ataúd.
La niña descansaba en silencio.
Entonces lo comprendí.
Aquella visión inicial… era su mirada.
Yo veía lo que ella veía desde su pequeño cajón:
la rendija de luz que se filtraba por la tapa desplazada,
el hilo luminoso que entraba por la puerta del panteón como una promesa lejana.
Me quedé inmóvil. El aire parecía suspendido.
Y en medio de esa penumbra antigua, la luz temblaba… como si alguien,
desde otro mundo, estuviera abriendo lentamente una ventana hacia el amanecer.
✴
Alma en Pena.
Decidí correr la tapa.
No con miedo, sino con la quietud de quien recuerda el propósito con el que vino.
Extendí mis manos sobre la madera rancia, y con el poder que me asiste, pronuncié en silencio un llamado sagrado: que se muestre ante mí el alma que reposa a mi lado.
Y ella…ella se incorporó.
No como una aparición fantasmal, sino como un soplo de vida que vuelve a ocupar su forma. Delicada, blanca como copo de nieve, con los cabellos oscuros cayéndole como hilos de noche sobre los hombros.
Sus ojos… ay, sus ojos. Negros y grandes como el recuerdo, como el tiempo detenido en la espera. Transmitían pesar. Nostalgia. Una dulzura triste, frágil y callada.
“No temas, mi niña —le susurré—. Te he venido a buscar. Te amo… y quiero ayudarte.”
Le tomé la mano con la ternura de quien recoge una flor caída.
Y entonces…lo vi todo.
Su familia. La mesa compartida. La risa entre hermanos. La madre sirviendo el almuerzo, con ese gesto tan humano que uno nunca olvida. El padre llegando a casa, trayendo con él el sol del mediodía.
Después, la calle. Un pueblo como tantos. El sonido de las hojas al paso.
Y de pronto… la trampa.
Un brazo que jala. La caída. El peso. Los golpes. La asfixia. La mente confusa.
El cuerpo que ya no responde. El terror absoluto.
Y esa tristeza última… ese pensamiento final, como una gota de cristal que se quiebra:
—“Ya no volveré a casa… mamá… papá… hermanos…”
Luego… la oscuridad.
El silencio espeso del lugar en que despertó.
La tumba. Y la certeza de que estaba muerta… pero también viva.
Recluida en ese intersticio invisible, aferrada al cajón como si fuera el último hilo que la ataba a su mundo.
No quería irse lejos.
Sabía que su madre aún caminaba cerca. Sentía que debía quedarse.
Y había algo más: una espera.
Un presentimiento cálido de que una persona importante llegaría algún día.
Alguien que la haría feliz. Un reencuentro prometido.
Ese anhelo sin nombre que la mantenía entera.
Pero había miedo también.
El miedo a los muertos que, según ella, salían por las noches.
El miedo a abandonar su refugio y quedar expuesta.
“Si me quedo aquí —pensaba—, nada malo me pasará”.
Y no se atrevía a mirar más allá de la puerta entreabierta.
Volví a mí.
Ya no era la niña. Era la mujer.
La que se inclina para abrazar.
La que conoce el camino de regreso.
Intenté convencerla. Le hablé de un lugar hermoso, lleno de niños como ella, donde sería amada y libre. Le hablé del cielo. Le hablé de hogar.
Pero nada la convenció.
Estaba aferrada. A su tumba. A su madre. A esa esperanza dormida bajo tierra.
Entonces le prometí volver.
Y la dejé allí… como quien deja una lámpara encendida, con la promesa de regresar.
Recuerdo haber sentido cómo ella acompañó su propio cuerpo a la tumba.
No por dolor, sino por intuición.
Sabía que debía permanecer cerca. Esperando... Esperando.
Al día siguiente, llamé a mi amada Dalia. Mi guía. Mi consuelo.
Ella vino. Y con su presencia maternal, como un jardín que se abre, algo cambió.
La niña se iluminó al verla. Se acercó enseguida.
Dalia tenía la dulzura de su madre. La misma manera de inclinarse, de acunar con los ojos.
Se abrazaron. Y en ese abrazo… fuimos sanadas.
Mi guardiana, Maira, trabajó en silencio, sosteniéndonos a ambas para que no cayerámos en las trampas de las viejas heridas. Porque lo que allí se movía no era solo pena.
Era magia densa. Energía atrapada.
Y así… las cuatro dejamos atrás esa tumba.
Ese rincón olvidado que fue su casa durante once años.
Su nombre era Estelita.
Y fue arrebatada del mundo por la violencia de un hombre, a los casi trece años.
Ella era mi Ego terrenal, y yo su nivel astral. Una encarnación sin método walk-in.
Esa vez habíamos nacido como lo hacen todos. Pequeñas. Naturales.
Con la semilla de nuestra misión escondida en el corazón.
Nacimos en un pueblo cercano al de la chica que era el “Contenedor” del combo de Jessel. Y Mariel —nuestra Madre— había tejido los hilos de la experiencia con precisión. En la preparatoria debíamos encontrarnos. Del amor, de la amistad… surgiría nuestra misión.
Pero algo falló.
Algo oscuro.
Algo ruin.
Algo gestado en las entrañas del odio.
Tal vez la Señora Oscura presintió la jugada.
Y entonces llegó la muerte. Rápida. Inesperada. Brutal.
Y el plan se quebró.
No pudimos ascender juntas.
Yo fui jalada hacia Mariel.
Estelita… quedó atrapada en su caja de madera.
¿Por qué Mariel no vino antes?
¿Por qué trece años?
Ahora lo sé.
Mariel se arriesgaba demasiado al acercarse a ese lugar.
La Señora Oscura acechaba.
Y cualquier movimiento en falso podía poner en peligro a la Contenedora.
Si ella moría, el Combo entero regresaría al Bajo Astral.
Y Jessel… Jessel quedaría fuera de alcance.
Mariel debía ser sigilosa. Esperar. Como una pantera que se oculta entre los arbustos del tiempo.
¿Y por qué no me lo dijo?
Porque no podía.
Porque era un dolor que aún no estaba lista para abrazar.
Debía llegar por mí misma. Y así fue.
¿Y Estelita?
Ahora habita un rincón del Reino, parecido a la Tierra.
Bosques, prados, cabañas. Un lugar hecho de luz vegetal y ternura.
Allí la esperan dos madres: Mariel y Jessel.
Con ellas juega, se baña, duerme, sueña. Con ellas vuelve a ser niña.
Con el tiempo, la llevaron a visitar su antiguo hogar.
Pudo despedirse. De mamá. De papá. De sus hermanos.
Y yo… yo investigué.
Busqué en archivos, en internet, en escuelas.
Encontré su casa. Su historia. Su huella.
Nos reencontramos en la paz.
Este testimonio no pretende dar lecciones.
Solo abrir una ventana.
Para que otros comprendan qué profundo es el dolor
que arrastra un alma que ha partido sin despedida.
Y qué sagrado es el rito de ayudarla a regresar al cielo.
Que nunca olvidemos… morir no es desaparecer.
Como dijo una vez el gran Fabio Zerpa:
—“Morir es volver a Casa”.
Que así sea.
Y que la estrella de Estelita… siga brillando, desde su nueva ventana de cielo.

Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.
La que vivió y murió. Y volvió a vivir.




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