top of page

20. Aborto.


Por Sensei, Kalyna Rein — Escuela Satori

Libro: Metafísica 03 - Realidad ilusoria.

Compilación: 2020. Blog 20. ATP.

Fecha publicación: 201506.


Mundos internos:

Aborto.

Una conversación que me toca el alma.


Una tarde, entre los mensajes que llegaban a mi grupo de Facebook, alguien me preguntó:—Kalyna, ¿tú qué piensas del aborto?

Recuerdo haber tomado aire, despacio…

porque una pregunta así no se contesta con ligereza, ni con dogmas.

Es un tema complejo, profundo, doloroso…


Y, sin embargo, respondí:

—Si hablamos con seriedad, creo que siempre es mejor no abortar.

No por castigo, no por ley… sino porque la vida, si es cuidada desde el amor, florece.

Pero para que eso ocurra, hacen falta educación, conciencia y ética, no juicios ni cárceles.

Las leyes punitivas no resuelven el fondo del asunto.


Cuando alguien se ve ante el abismo de esa decisión, no es sólo porque lo quiere, sino porque algo en su vida —y en su entorno— se ha vuelto insoportable.

Es ahí donde el Estado y la sociedad deberían actuar:

resolviendo lo que llevó a esa persona a sentirse acorralada.

Dándole opciones verdaderas, caminos vivos, y no amenazas.


Después vino otra voz.

—¿Y qué pasa a nivel espiritual con una mujer que aborta?

—¿Y con el alma del feto?

—¿Se arruina su plan de vida?


Me quedé en silencio un instante…

porque esa pregunta ya no hablaba del mundo externo,

sino de los planos invisibles donde todo es más sutil.


Y entonces, desde ese otro lugar, compartí lo que he comprendido:

Un feto es un traje biológico en gestación.

Forma parte del cuerpo de la madre, es tejido de su carne, duplicación de sus códigos.

No es un ser independiente desde el inicio.

Es un proyecto corporal que, por sí mismo, aún no es vida consciente fuera del útero.


La naturaleza lo muestra claro:

si ese cuerpo no está completo, no sobrevive.

No basta la intención para que sea vida plena.

Hay condiciones que la misma biología impone.

Pero hay algo más allá del cuerpo.

Un ser.

Un alma.

Un viajero astral.

Ese Ser llega desde otro plano, desde otras existencias, para anclarse en ese cuerpo en formación. Y ese anclaje no siempre es inmediato.

A veces ocurre desde el instante mismo de la concepción…

otras, sólo minutos antes del nacimiento.

Cada caso es único.

Cada encuentro, sagrado.


Y es ahí donde todo cambia:

porque la madre no sólo lleva un cuerpo en su vientre, sino que puede —o no— estar compartiéndolo ya con un alma.

Y si así es, si ese ser ya ha descendido,

entonces la decisión de interrumpir la gestación

se vuelve un diálogo íntimo entre dos mundos.


—¿Entonces —me preguntaron

— si se aborta antes de que haya un alma, no pasa nada?

—¿Pero si ya hay un alma… es algo malo?


Y respondí desde lo que muestran muchas experiencias entre vidas.

En ese espacio intermedio, los seres que están por encarnar pueden pensar, comprender, comunicarse… sienten.

Y por eso, lo más sabio sería meditar, abrirse, y dialogar con ese ser.

Sí, hablar con él.


A veces —lo he visto— se puede llegar a un acuerdo.

Como si el alma dijera:

“No ahora. Pero volveré más adelante.

En otro tiempo, cuando el amor esté listo para recibirme.”

Y entonces el alma se retira. Y no hay ruptura, sólo aplazamiento.

Pero no todos lo viven igual. Algunos seres sienten miedo.

Perciben el pensamiento de la madre, del padre… incluso de otros.

Porque en esos planos, la telepatía no está limitada.


Hay quienes sienten el aborto como una muerte en pleno descenso.

Hay quienes lo toman con tristeza.

Hay quienes simplemente giran, y regresan al cielo.

Y hay otros que ni siquiera se inmutan. Solo esperan.

Saben que tendrán otra oportunidad.

Cada alma es distinta.

Cada historia, un pétalo de luz que cae o se eleva.


Lo que sí es constante, es que el alma… si no encarna,

si ese embarazo no prospera, vuelve a su plano.

Y busca.

Otra madre.

Otro momento.

Otro cuerpo que le permita habitar este mundo.

Así de sencillo. Y así de hondo.


Un día, vi en sueños a una mujer abrazando a un alma que flotaba frente a ella,

como un pequeño lucero aún sin cuerpo.

La mujer lloraba, pero no de culpa… sino de ternura.

Y le susurraba: —Gracias por elegirme, aunque no pueda ser ahora.

El alma sonreía. Y desaparecía en una espiral de luz, sabiendo que un día…

volvería a intentarlo.


Y en esa imagen, aprendí lo más importante:

Que hay decisiones que duelen, sí,

pero también hay despedidas que son pactos de amor.



Las almas no abortadas.

Alguien me preguntó, una vez, con esa mezcla de miedo y necesidad que tienen quienes llevan un silencio en el cuerpo: —“¿Existen las almas de abortos?”


Y la pregunta no era una teoría. No era una conversación casual.

Era un susurro tembloroso desde algún rincón del vientre.

Alguien le había dicho que sí.

Que los espíritus de los fetos abortados quedan atrapados en el cuerpo de la madre.

Que se quedan ahí… como polizones.

Como si fueran errores sin rumbo, condenados a flotar en el útero

que no los llevó hasta el final.


Le dijeron que traen ansiedad, enfermedad, infertilidad.

Le dijeron que podrían colarse dentro del próximo hijo.

Le dijeron que sólo un sanador experto podría sacarlos.


Y ella, mientras me hablaba, era apenas una barca que no sabía si el mar era ella…

o lo que le habían sembrado.


Me detuve.

Cerré los ojos un instante.

Respiré desde el alma.

Y recordé.


Porque yo he viajado por los ríos donde vuelven las almas.

He cruzado los corredores del nacimiento y del regreso.

Y lo que sé —no por estudio, sino por paso— es que ninguna alma queda atrapada.

Las almas siempre regresan a su origen. A su luz. A su tiempo.

El Alma no se pierde. No se arrastra.

El Alma recuerda el plan, y elige nuevamente.


Lo que a veces permanece —como el humo de un fuego que no alcanzó a ser llama— es el Ego. Una forma aún sin forma. Una conciencia en proceso de gestarse.

Eso, sí… puede quedar un momento girando como remolino sin tierra.

Y si hubo dolor, o apego, o una energía que se le ofreció como refugio…

entonces, puede ocurrir.

Puede que esa chispa que no llegó a ser niño,

se aferre un tiempo al campo vibratorio de quien fue su umbral.

Pero no es castigo.

No es norma.

No es maldición.

No es cierto que todo aborto deja una sombra.

No es cierto que todas las madres cargan fantasmas.


La mayoría de las veces, ese Ego en formación simplemente se disuelve,

como una niebla que se abraza con el cielo.

No queda nada. Ni siquiera tristeza.


Y cuando algo persiste —cuando de verdad hay un residuo, una presencia,

una imagen en el aura— no se “extrae”, no se “saca”como quien arranca un fruto podrido.

Se honra. Se habla. Se le devuelve a su alma.

Porque incluso la conciencia más fugaz merece amor.


A veces, lo he visto en imágenes Kirlian:

una silueta adherida al campo áurico.

Y otras veces, lo he sentido con los dedos del alma:

una energía que pide permiso para irse.


Entonces, meditamos.

Nos sentamos junto al silencio.

Y lo invitamos a volver. No al vientre, sino al Hogar.

Al alma de la que emergió. A su cielo personal.


Recuerden siempre:

—“El verdadero Ser es Astral.”

Y sí… la personalidad encarnada es solo una vestidura.

Una ropa que se gasta con el tiempo.

Un personaje en el teatro breve de la vida.


El Ego, incluso el más formado, es temporal.

Muere. Desaparece. Solo el Ser perdura.

Por eso, no teman.


Ni las madres.

Ni los hijos no nacidos.

Nadie está atrapado si hay amor.


Cuando me preguntaron de dónde saco estas certezas, respondí con suavidad:

—De los libros, sí… de Cabouli, de Weiss, de Estévez, de Zerpa…

Pero, más que nada, de mis propios pies caminando entre mundos.

De mi pecho abriéndose como puerta.

De haber sido madre, hija, estrella, vientre y alma, todo al mismo tiempo.

Y de saber que cada conciencia, al final… es devuelta al abrazo donde todo comenzó.


Una vez soñé con un jardín hecho de luces pequeñas.

Eran almas que no llegaron a florecer aquí,

pero que florecían en otro lado.

Todas brillaban. Todas eran libres.

Y en el centro del jardín, una mujer de ojos eternos

las nombraba una por una, como quien canta el nombre de las estrellas.

Así supe que ninguna vida se pierde.

Que toda alma encuentra su cielo.

Y que el amor —si es verdadero— no deja a nadie varado en la orilla.




Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.

La que cuida el jardín de Almas.



Comentarios


bottom of page