2025.58 Ayahuasca y el Estado psicodélico.
- Kalyna Rein

- 19 dic 2025
- 4 Min. de lectura
Actualizado: hace 7 días

Por Kalyna Rein — Escuela Satori
Libro: Salud Mágica 03. 20251219
SM03-Blog 58.
Ayahuasca y el Estado psicodélico.
En los últimos años, la ayahuasca ha dejado de ser un asunto remoto o marginal. Se ha convertido en un fenómeno visible, extendido, comentado y buscado por personas muy distintas entre sí. Ya no se trata solo de pueblos originarios en contextos específicos, sino de un uso globalizado, urbano y, en muchos casos, comercial.
Frente a ese crecimiento, los gobiernos suelen adoptar una postura que parece prudente, pero que merece ser revisada con más atención: permitir su uso únicamente dentro de marcos religiosos reconocidos, mientras se prohíbe o penaliza cualquier otra forma de acceso.
A primera vista, esto puede parecer una política de cuidado. Sin embargo, cuando se la analiza con detenimiento, surgen preguntas incómodas.
Cuando regular no es lo mismo que cuidar.
Si una sustancia o práctica representa un riesgo potencial —y la ayahuasca lo representa—, lo esperable sería que el Estado recurriera a sus herramientas más sólidas: el sistema de salud, la evaluación médica, la psicología clínica, la psiquiatría, los protocolos de prevención y la responsabilidad profesional.
Eso es exactamente lo que se hace con anestésicos, psicofármacos o procedimientos invasivos. No se delega su manejo en creencias, tradiciones o jerarquías simbólicas, sino en competencia técnica.
Sin embargo, en el caso de la ayahuasca, ocurre algo distinto: el criterio sanitario se suspende y es reemplazado por un criterio religioso o cultural. No porque sea más seguro, sino porque es más fácil de encuadrar.
El resultado es paradójico: el Estado no elimina el riesgo, sino que se retira de su gestión, dejando la experiencia fuera de los sistemas de salud que existen precisamente para evaluar y contener situaciones complejas.
La consecuencia no deseada: fomentar lo no regulado.
Cuando una práctica se permite solo bajo condiciones simbólicas muy específicas, no desaparece fuera de ellas. Al contrario: se desplaza.
Las personas que no encajan en esos marcos:
no consultan a profesionales de la salud,
no informan efectos adversos,
no acceden a evaluaciones psicológicas previas,
y buscan contención en circuitos informales o cerrados.
Así, una política que dice querer prevenir daños termina fomentando exactamente lo que pretende evitar: prácticas no reguladas, invisibles y sin seguimiento clínico.
Desde una perspectiva de salud pública, esto no es prevención. Es desentendimiento.
El problema de fondo no es la sustancia, sino el criterio.
Este debate no gira en torno a si la ayahuasca “es buena” o “es mala”. Esa es una discusión simplista.
El verdadero problema es quién define las condiciones de legitimidad.
Hoy, el mensaje implícito es claro:
un grupo religioso puede gestionar la experiencia,
un profesional de la salud, no.
Esto no solo es incoherente, sino que deslegitima a médicos, psicólogos y terapeutas en su propio campo de competencia. Personas formadas para evaluar riesgos psíquicos reales quedan excluidas, mientras se otorga autoridad a estructuras que no tienen obligación de responder ante un sistema sanitario.
No se trata de atacar espiritualidades, sino de preguntarse por qué la fe sustituye al criterio clínico allí donde el riesgo es real.
La falsa oposición entre tradición y técnica.
Con frecuencia, cualquier intento de introducir criterios médicos o psicológicos es acusado de “atacar la espiritualidad” o de “colonizar saberes ancestrales”. Pero esta oposición es falsa.
Los pueblos originarios no quedan excluidos por la capacitación técnica.
Al contrario:
pueden formarse como técnicos certificados,
pueden trabajar junto a profesionales de la salud,
pueden ampliar su comprensión de su propia práctica,
y pueden ofrecer mayor seguridad a quienes participan.
La espiritualidad no se destruye por comprender interacciones farmacológicas o reconocer signos de riesgo psíquico. Se vuelve más consciente y más responsable.
Negar ese acceso a la formación no es respeto cultural; es mantener a las comunidades en un lugar folclórico, fuera de la ciudadanía plena.
Integrar no es imponer.
Un modelo verdaderamente responsable no elimina los marcos simbólicos ni las interpretaciones espirituales. Lo que hace es acompañarlas con pautas claras de seguridad.
La experiencia puede conservar su lenguaje ritual, su sentido cultural y su dimensión simbólica, mientras:
se evalúan antecedentes psicológicos,
se excluyen casos de riesgo,
se conocen interacciones con medicación,
y se dispone de protocolos ante emergencias.
Esto no es control policial ni imposición ideológica. Es cuidado compartido.
El Estado como actor NO neutral.
Cuando un gobierno permite el uso de una sustancia solo a determinados grupos, no es neutral. Está creando un monopolio legal, otorgando ventaja a ciertas organizaciones y cerrando el campo a alternativas más responsables desde el punto de vista sanitario.
En la práctica, se convierte en patrocinador indirecto de un culto o estructura específica, no porque adhiera a ella, sino porque le concede exclusividad.
Ese tipo de decisiones no protege a la población: protege un orden simbólico conocido y controlable.
Una pregunta que no puede evitarse.
Si un veterinario puede estar autorizado para manejar anestésicos y sustancias letales bajo protocolos estrictos,
¿por qué un psicólogo, psiquiatra o terapeuta capacitado no puede participar en la regulación de experiencias que afectan profundamente la psique humana?
La respuesta no es técnica. Es política y cultural.
Nombrar el problema no es promoverlo.
Hablar de ayahuasca, señalar su expansión como fenómeno social, cuestionar su gestión institucional, no es apología. Es análisis responsable.
El silencio, la abstracción excesiva o el miedo a nombrar actores concretos no protegen a nadie. Solo impiden discutir soluciones reales.
En síntesis.
El enfoque actual:
no previene,
no cuida,
no integra al sistema de salud,
y deja a las personas solas frente a experiencias de alto impacto psíquico.
Un enfoque verdaderamente responsable:
reconoce los riesgos,
utiliza herramientas clínicas existentes,
incluye a pueblos originarios sin folklorizarlos,
y devuelve al Estado su función básica: cuidar a las personas con conocimiento y ética, no con excepciones simbólicas.
No se trata de abrir indiscriminadamente el acceso.
Se trata de regular con inteligencia, y no delegar el cuidado de la conciencia en estructuras que no están diseñadas para asumirlo.
Ese es el debate que vale la pena dar.

Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.
Por una espiritualidad consciente y responsable.




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