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7. Liam: Padre Cósmico.


Por Sensei, Kalyna Rein — Escuela Satori

Libro: Metafísica Matrix 06 - Ecos del Sistema.

Compilación: 2023. Blog: 07.

Fecha publicación: 2022.05.16 Versión ATP 2025.

Continuación de la publicación: Liam: Sellos arcanos.


El nombre detrás del velo.

En otra proyección astral, regresé.

Volví a entrar al espacio interno de Osvaldo, ese paisaje invisible donde el alma guarda lo que no se atreve a decir. Mi intención era continuar la limpieza, desenredar los últimos hilos, descubrir qué más pedía luz.


Esta vez, la zona de la cabeza se encontraba despejada. La bruma se había disipado. Se podía ver con claridad el juego de colores, las estructuras sutiles,las vibraciones más altas de ese nivel.


Así que comencé a descender.

Me dejé caer suavemente por el eje del Hara, como quien baja por una espiral luminosa.

Y al encontrar nuevamente rastros de congestión, envié varios de nuestros cubos de transmutación a diferentes puntos del cuerpo sutil. Los dejé allí por un tiempo, haciendo su trabajo silencioso.

Luego, como siempre, los recogí.


No encontré presencias oscuras. Ningún ser ajeno. Solo densidad. Esa espesura que nace de uno mismo, acumulada durante años, como consecuencia de emociones no expresadas, pensamientos retenidos, prácticas incompletas, aislamientos prolongados.

A veces, uno construye un escudo. No por magia. Sino por miedo.

Y lo hace sin saberlo. Una defensa que se vuelve prisión. Una burbuja que no solo impide la entrada del daño, sino también la salida del dolor.

Por eso los escudos deben ser temporales, permeables, como una membrana que permite respirar. De lo contrario, el alma se ahoga en su propio silencio.


El nombre y la herida.

En la siguiente proyección, algo en mí deseaba ir más allá.

Ya no limpiar, sino escuchar.

Así que, aprovechando la noche, cuando el cuerpo de Osvaldo dormía, realicé una invocación.

Llamé a cualquier nivel superior de su consciencia que estuviera disponible para comunicarse.


Y entonces lo vi.

Como si despertara de un sueño dentro del propio sueño, una silueta comenzó a brillar.

Una figura suave, como la luna que se sienta al borde de la cama.

Me miró. Y sonrió.

Me presenté, y también presenté a una asistente astral que me acompañaba en esta travesía.

Él se puso de pie.

Y al hacerlo, lo vi con claridad.


Un hombre de energía amable, serena.

Vestido con ropas blancas, simples, de estilo oriental. No sé si antiguas o modernas, pero sentí que eran suyas. No un disfraz, sino un reflejo de su esencia.

También llevaba un gorro blanco, ligero, que le daba una presencia sagrada.

— “Me llamo Abdul… Abdul Rajmul” — me dijo.


Y su voz tenía el tono de los que han recorrido mundos.

Me contó que se identifica con una vida suya en el año 680.

Comerciante. Erudito. Habitante de la región de Egipto. Amante de los conocimientos antiguos, cercano a reliquias sagradas.

En esa vida fue feliz. Tuvo una buena familia. Y fue en ese tiempo que descubrió su verdadera espiritualidad. La que no depende de religiones, sino de encuentros.

Sin embargo, carga una pena. La pérdida de su familia.

Aunque sabe que ellos han seguido su camino, el dolor de haberlos perdido dejó una huella.

Y esa herida… lo ha hecho evitar, incluso ahora, el construir vínculos que puedan doler.

Evitar amar demasiado, para no sufrir demasiado.

Una estrategia del alma para protegerse del abismo.


Siento que Abdul tiene mucho para enseñarle a Osvaldo.

Mucho que sanar.

Y por algo ha sido él quien se presentó primero.


Cuando un nivel del Yo Superior se manifiesta, es porque su influencia está viva en la personalidad actual. Es la capa dominante en ese momento de la encarnación.

Y aunque Abdul fue una vida específica, el Yo Superior eligió adoptar su forma y su nombre. No por nostalgia. Sino porque esa fue una encarnación sagrada. Una que marcó un antes y un después.

Por eso, lo honra asumiendo esa identidad.


Pero sé que hay más.

Y nuestra próxima búsqueda será esa: acercarnos a un nivel aún más alto, más allá de las vidas. Donde el alma no tiene nombre ni historia, solo esencia.


La puerta abierta.

Después de compartirle todo esto, Osvaldo me respondió con entusiasmo:

— “Kalyna, qué maravilloso lo que me cuentas. Gracias por la limpieza interior. Me he sentido tranquilo energéticamente, e irradiando mucha luz. Lo del escudo energético seguramente es una creación inconsciente mía para protegerme de mi entorno.”

— “Entonces… ¿mi nombre astral o divino es Abdul Rajmul? Ya te había contado que estuve encarnado varias veces en Egipto. ¿Sabes qué significa Abdul Rajmul? ¿Cómo puedo utilizar ese nombre? ¿Puedo invocar a Abdul para que me guíe?”

— “Te agradecería mucho que conectaras con un nivel de consciencia más alto que mis encarnaciones terrestres… A ver qué nos revela… Origen de mi alma, misión de vida, consejos, mensajes…”

— “Entendí, después de preguntarte, que Abdul Rajmul es el nombre que tuve en esa vida específica, no mi nombre real.”


Y le respondí con dulzura:

Abdul fue una vida. Una página brillante de su historia. Pero también es la forma que tu Yo Superior ha elegido para manifestarse ahora.

Cuando un ser superior elige una de sus encarnaciones como rostro principal, es porque esa vida representa un eje. Una síntesis. Una revelación.

En tu caso, Abdul es quien supervisa tu vida actual. Pero no está solo.

Porque tú, Osvaldo, eres mucho más.

Tu ser abarca múltiples rostros. Múltiples tiempos. Y múltiples caminos.

Eres Abdul.

Y eres también todo lo que vino antes.

Y todo lo que vendrá después.



Entonces Osvaldo continuó preguntando:

— “11:11… 4:44… ¿Abdul es mi Yo Superior y Guía en esta encarnación?”


Y le respondí:

— “Sí. Pero no es el único. En tu Continuum de Consciencia, hay muchos seres que pueden ayudarte. Abdul es el que ahora se expresa. Pero tú eres más. Mucho más.”


Y después, con una chispa en su voz, me pregunta:

— “Maravilloso. En lo que has investigado de mí astralmente… ¿mi alma es lirana, de Gaia, o de la Matrix?”



Liam: Protección Firme.

En una nueva proyección astral, me sumergí con una intención distinta.

Esta vez, no buscaba limpiar, ni sostener.

Buscaba alcanzar un nivel superior.

Uno que viviera más allá de la Matrix terrestre. Un plano donde la voluntad aún no ha sido limitada por el peso de los sistemas encarnatorios.

Así que lo invoqué.

Y no tardó en manifestarse.


Apareció ante mí un hombre de cabellos claros, vestido con ropas blancas, suaves, sin adornos, pero con la dignidad que solo tienen los que no necesitan mostrar nada.

Su energía era cálida, serena, como un fuego que no quema, sino que abraza.

Le pregunté qué tan consciente era de sus encarnaciones en la Tierra.

Y me respondió con suavidad:

— “Es parte de mi labor atenderlas. Ellas influyen en mí, como yo influyo en ellas.”

Su respuesta no fue teórica. Era vivencia.


Me explicó que en el pasado tuvo muchas encarnaciones, y aunque ahora son menos, aún debe dedicarles tiempo, cuidarlas. Guiarlas.


Y comprendí entonces que la conciencia no es un rayo que baja en línea recta, sino un árbol, cuyas ramas se bifurcan una y otra vez.

Cada proyección contiene otras.

Cada encarnación tiene a su cargo fragmentos más pequeños.

Y así… la luz se multiplica como estrellas en una galaxia.


En el caso de Osvaldo, su guía más directo en la Tierra es Abdul Rajmul. Es él quien se encarga de sus encarnaciones terrestres.

Pero Liam… Liam es otra cosa.


Quise saber cómo es su vida en los planos donde habita.

Y me habló de su pueblo.

Un pueblo que se está reubicando, explorando un nuevo mundo. Una civilización orientada al servicio. Una sociedad sin jerarquías opresoras, donde cada uno cumple su rol con gozo.

Entre los suyos, Liam actúa como consejero. Pero su labor más profunda es con civilizaciones tecnológicas de planos inferiores.


Él guía.

Inspira.

Sopla ideas en el alma de científicos, para que las tecnologías no destruyan, sino sirvan.

Para que los inventos no aíslen, sino sanen.

No se identifica con ningún sistema estelar en particular.

No se llama pleyadiano, ni siriano, ni lirano. Su mundo está más allá.

Pero sabe que asiste a pueblos que habitan esas constelaciones. Y muchas más.


Le pregunté entonces:

— “¿Por qué encarnas en la Tierra desde hace tanto tiempo?

¿Acaso vives miles de años?”


Y me respondió:

— “Sí. Vivimos miles de años. Eso nos permite acompañar nuestras encarnaciones. Hacerles seguimiento. Pero no es cuestión de tiempo. Es cuestión de elección. Ponemos una encarnación donde más se necesita. No importa si fue en el año 680 o en el 2023.”

Y agregó algo más: — “El sistema terrestre, a veces, nos fuerza a encarnar. No siempre es fácil. Pero sé cómo moverme dentro de él.”


Me habló también de su vida cotidiana, allí donde habita.

Tiene una compañera. No una esposa. No una estructura. Sino una aliada de viaje.

Juntos recorren planos, mundos, civilizaciones. No tienen hijos. Tienen misiones.

Se acompañan por temporadas, como las estaciones que no duran, pero regresan.


Me confesó que prefiere la energía masculina, y por eso, la mayoría de sus encarnaciones la reflejan. Aunque no todas.

No quiso decirme con precisión de qué plano proviene. Pero por lo que describió, su pueblo parece habitar la sexta dimensión.

Desde allí, asisten al avance consciente de civilizaciones que se desarrollan en la quinta. Observan. Intervienen suavemente. Son faros.


Le pedí un nombre.

Y no pude comprenderlo. Su verdadero nombre es impronunciable para mí, al menos desde mi forma anclada en lo terrenal.

Así que me ofreció uno más simple, una palabra que lo describe:

— “Liam”, me dijo.— “Significa protección firme.”

Y sí… le queda bien.

Porque eso ha hecho. Eso hace. Eso es.

Guía. Protege. Sostiene.

Y en este momento, sostiene a Osvaldo. Lo acompaña.


Hay algo esencial que quiero compartir, y que descubrí gracias a él.

Cada encarnación, no importa lo pequeña, cumple una función mayor.

Cada vida es un ancla.

Un punto de apoyo dimensional.

Una hebra que permite al Ser Eterno enfocar su luz en un plano específico.

No todas las encarnaciones vienen con grandes misiones.

Algunas solo están ahí… para que la conciencia pueda permanecer.

Y gracias a esas anclas, el alma puede trabajar en un mundo durante mucho tiempo. Aprendiendo. Ayudando. Recordando.

Eso no impide que cada encarnación tenga también su propia misión.

Al menos aquí, en la Tierra, donde el sistema kármico entrelaza vínculos, deudas, aprendizajes, y bendiciones.


Después de todo esto, Osvaldo volvió a escribirme.

Y sus palabras tenían la vibración de un alma que comienza a recordar.

— “Wuaaaw… suena fascinante todo lo que me cuentas de mi Ser Superior Liam en otras dimensiones. Es como si recordara quién soy.”

Y luego preguntó con el corazón abierto:

— “¿Tiene algún mensaje Liam para mí?

¿Cuándo nos reunificaremos todas las encarnaciones fractales?

¿Cuál es el nombre del pueblo, mundo, galaxia o planeta original de Liam?

¿Cuántas encarnaciones o proyecciones tiene Liam?

Cómo hago yo para comunicarme directamente con él y recibir su guía?”


Di-Al-Li-Mur.

El Jardín del Más Allá.

En el siguiente encuentro astral, abrí la puerta con una intención precisa. Invocar a Liam.

No solo como guía, sino como testigo vivo de las preguntas que Osvaldo llevaba en su alma.

Liam no tardó en manifestarse. Como siempre, su presencia era blanca, etérea, suave como el reflejo de la luna sobre agua pura.

Me escuchó. Y respondió sin prisa.

— “Mi pueblo no está dentro del Multiverso que ustedes conocen.”

Sus palabras eran claras, pero no frías.

Transmitían la vastedad de alguien que ha cruzado muchos umbrales y que ya no necesita mapas.

— “No tiene sentido que intentes buscar nuestro lugar en las enseñanzas antiguas de la Tierra. No está allí.”

Y sin embargo, sabiendo que Osvaldo necesitaba una referencia, algo que le permitiera nombrar y acercarse, me ofreció un nombre:

— “Puedes decirle que ahora vivimos en Di-Al-Li-Mur. Significa: El Jardín a los pies del Señor Dios.”


Y al escucharlo, una imagen se dibujó en mi mente.

No era el Edén, pero lo evocaba.

Un jardín sin tiempo, cercano al corazón mismo del Todo.

Un lugar donde la conciencia ya no necesita encarnar, sino solo ser.


En los términos de la Metafísica Matrix, Di-Al-Li-Mur se encuentra más allá del Sistema de Realidad que sostiene a nuestra Matrix.

Más allá de las capas de sueños, más allá de los mundos sólidos. Es una burbuja de realidad, una región no planetaria, fuera del mapa.

Liam y los suyos han salido de nuestro sistema y caminan ahora en otro.


Me contó que antes sí habitaban este sistema, y que en aquel tiempo, eran conocidos como los Nobul.

— “No me gustan los nombres,” —me confesó—

“pero entiendo por qué ustedes los necesitan.”

Y lo comprendo.

A veces, nombrar algo es la única forma que tenemos de tocarlo.


Le pregunté por sus proyecciones. Cuántas encarnaciones aún debía reunir. Y me respondió:

— “Aún quedan unas 1720. Antes eran muchas más.”

No lo dijo con cansancio. Lo dijo con serenidad.

Reunirlas significa recoger el alma de cada encarnación, volver a integrarla.

No se trata de rescatar cuerpos. Sino de llamar de regreso a la luz que fue enviada.

Y eso ocurre de dos formas.

A veces, cuando el cuerpo muere.

Otras… cuando el alma ya no puede florecer allí donde fue sembrada.

En ese caso, la consciencia superior desenfoca su atención.

Y lo que queda es solo un cuerpo sin fuego. Una vida que camina, pero ya no sueña.


Por eso, la preparación para la reunificación es un proceso de desapego.

De resolución de conflictos. De limpieza emocional.

No se puede regresar al hogar cargando con las cadenas de las guerras no resueltas.

El alma, para fundirse con su origen, debe volverse liviana.


Osvaldo preguntaba: — “¿Cuándo ocurrirá la reunificación? ¿Cuándo seré recogido?”

Y Liam, sin decirlo en palabras, me mostró una escena.

Me enseñó que, fuera del plano terrestre, el tiempo no existe como lo conocemos.

No hay espera. No hay demora.

Todo ocurre en el Gran Presente.

Y desde allí, él puede enfocarse en cualquier punto de la línea temporal de Osvaldo.

Puede acompañarlo en su niñez. O en su vejez. O en el momento justo después de su muerte.


Porque, desde su perspectiva, no hay antes ni después.

Hay momentos. Puertas. Escenarios que se abren cuando el alma está lista.


Me explicó que la encarnación no es una trampa, sino un ancla. Un punto de entrada.

Y que cada una de esas anclas le permite trabajar en ese plano. Sentir. Escuchar. Aprender.

A medida que desciende, va dejando rastros de sí mismo. Fragmentos.

Y cada fragmento, es también una voz, una historia, un propósito.


Liam no tiene apuro. No hay urgencia. Pero sí amor.

Amor por cada una de sus proyecciones. Amor por Osvaldo. Amor por el juego sagrado de encarnar.

No le dio un calendario. Le dio comprensión.

Y al despedirse, solo dejó flotando una idea…

— “Todo lo que hagas para sanar, para soltar, para recordar, acerca el momento en que volverás a ti.”


Diálogo con Liam.

La voz que mora en el Silencio.


Me preguntaron cómo se hace.

Cómo puede un ser encarnado —un ego, una pequeña chispa con nombre y cuerpo—comunicarse con su conciencia superior, con aquellos reflejos mayores que habitan otros planos.


La verdad… hay muchos caminos. Pero todos nacen del deseo auténtico de recordar.

A veces es la meditación la que abre la puerta, cuando los pensamientos se aquietan y algo más grande comienza a respirar a través de ti.


A veces es el viaje sutil, la proyección más allá del cuerpo, cuando el alma se suelta y recorre mundos que siempre han estado allí, esperándola.


Y a veces… es la canalización, el arte de escuchar sin forzar, de dejar que una voz más antigua y sabia susurre desde dentro.


Todas estas rutas pueden entrenarse. Y hay senderos que han sido trazados por quienes nos precedieron. Yo los conservo en mi biblioteca como regalos vivos:

— El Método Silva, para despertar el poder de la mente clara.

— La Dinámica Astral de Bruce, para aprender a volar.

— Las enseñanzas de Sanaya Roman, que abren el canal del corazón a la voz del espíritu.


Pero incluso más allá de los métodos, hay algo que no puede enseñarse: el impulso interno, el anhelo de retornar. Eso fue lo que vi en Osvaldo. Y por eso, cuando preguntó por Liam, sentí que debía abrir ese puente.


Liam ya lo esperaba. Desde su mundo no-mundo, me pidió que guiara a Osvaldo en un primer paso:

— “Que invoque a Abdul”, —me dijo.— “Que consagre ese espacio como sagrado. Solo así podré acercarme más, como el Sol que se posa sobre un altar de loto.”

Y así se sembró la intención. No quise extenderme demasiado aquella vez. A veces, al volver, los recuerdos se diluyen, como tinta en el agua. Y preferí guardar intacto lo esencial.


Después, Osvaldo me escribió.

Sus palabras eran un río de asombro:

— “Wuaaaaw… qué revelador el diálogo con Liam. ¡Te agradezco!”

Y con esa alegría, llegaron también las preguntas.

Preguntas sagradas, las que solo se hacen quienes sienten que hay algo más allá del velo.

— “Cada encarnación de Liam tiene su Yo Superior…

¿y a la vez Liam es el Yo Superior de esas 1720 proyecciones?

¿Es como mi Padre Cósmico?

¿Está fragmentado en todos nosotros?

¿Hay otras encarnaciones suyas aquí en la Tierra?

¿O soy el único?

¿Nos conoceremos entre nosotros?

¿Volveré a Di-Al-Li-Mur cuando mi vida termine?

¿Cuál es mi misión?

Son mis hermanos esas otras proyecciones?”


Sus palabras resonaban como campanas en un templo vacío.

Y yo, Kalyna, me senté en silencio para responder desde el lugar más puro de mi corazón.


Sí… puedes llamarlo Padre Cósmico, aunque no es alguien aparte de ti. Liam eres tú.

No es que esté partido en pedazos.

No es una ruptura lo que ocurre.

Es más bien como una copia fiel, como cuando la luz se refleja en muchas aguas, y en cada reflejo brilla el mismo sol.

Cada proyección es completa, no un trozo, aunque algunas, por distintas razones, pueden tener su luz atenuada.

En este mundo, en esta línea del tiempo, Liam solo tiene una presencia encarnada: tú, Osvaldo. Pero en otros mundos, en otras épocas, ha caminado bajo distintos nombres, distintas formas.

Aun así, en todos esos senderos, el deseo de fondo es el mismo. Liam no cambia de anhelo. Solo cambia de traje.


Y sobre tu vida… Él me ha hablado.

— “Estoy complacido con Osvaldo.Él me ha permitido ser. Nada se le reprocha. Nada ha fallado.”

Ahora solo desea que comiences a escucharle con más claridad, que se desvanezcan las separaciones, que fluyan como uno solo.

No hay deuda, ni carga, ni culpa. Solo el susurro amoroso de un ser que te abraza desde siempre.

Y si a veces te sientes abrumado, cansado, perdido… si no ves claro el camino… sigue caminando.

Él va contigo. Él eres tú.

Todo está bien. Nada se pierde. Todo se guarda en la Memoria del Todo.

Aunque el mundo se agite, tú eres roca. Una piedra luminosa en el estanque sin tiempo de la Eternidad.


Por mi parte, yo Kalyna, alzo mi voz para que desde lo Alto desciendan bendiciones sobre ti, Osvaldo, y sobre todos los que caminan contigo.

Gracias por permitirme acompañar este instante sagrado.

Gracias por abrir la puerta.

Gracias por recordar que no estás solo.

Y así cerramos este tramo del camino, como quien deja una vela encendida en la orilla de un sueño compartido.




Escrito por la Maestra, Kalyna Rein.



Nota: versión adaptada APT (apta para todo público).

La versión original se reserva para estudiantes avanzados de la Escuela Satori.

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